Aritmética albertista de fracciones

El escenario de tercios que había antes de las PASO se modificó tras las mismas, pero el poder en el Congreso sigue fragmentado en tres partes, de las cuales se necesitan dos (cualesquiera sean) para no gobernar en minoría

Por Javier Boher
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Hasta las PASO muchos pensaban en un escenario de dos tercios hipertrofiados y uno escuálido. Las elecciones aclararon el panorama y determinaron -por si quedaba alguna duda- que el peronismo unido es imbatible, con casi una mitad que le daría el triunfo en primera vuelta. Sin embargo, el largo período hasta las generales de octubre también dejó en claro que el Frente de Todos es una coalición electoral, más cerca de la Unión que de la Unidad. Es muy difícil pensar que allí hay una única y monolítica cosa en lugar de una extraña y tensa amalgama de facciones internas.

Esas divisiones internas se agrupan mayormente en dos grandes polos que han sido oportunamente identificados. El primero es el de los gobernadores, señores de provincia que tienen la llave para que el país funcione. Quizás sus votos en las urnas no son determinantes para una elección presidencial, pero sus votos en el Congreso son fundamentales para cualquier presidente que pretenda algo de éxito a la hora de sacar leyes e imponer agenda. El segundo polo es el de La Cámpora, la organización de jóvenes que ya peinan canas. De fuerte raigambre urbana, su candidato top (y quien eventualmente disputaría el liderazgo del espacio) es Axel Kicillof, virtual futuro gobernador bonaerense. Unos y otros tienen diferentes intereses y ambiciones, lo que seguramente despierte un extraño juego de negociaciones y enfrentamientos.

Si los gobernadores privilegian la gobernabilidad en sus territorios aplicando recetas de paternalismo clásico, los jóvenes sienten aquella revancha generacional de tratar de vengar el pensamiento de sus padres, que vivieron su juventud en los ‘70. Esa tensión será mayor o menor según qué se esté votando, con una Cristina que puede decidir tanto mantenerse al margen como intervenir activamente. Mientras lo último es lo que todos esperan, algunos vaticinan que esta vez sería distinto. Algunos personajes que rondan los espacios de poder sostienen que la situación de su hija Florencia es peor de lo que se dice, lo que la distrae de la política. Además, ya logró transferir sus votos a otro candidato, lo que le valdría la banca a senadora eterna por provincia de Buenos Aires. Si en estos cuatro años Alberto construye una nueva hegemonía, ella ya podría bajar su perfil para siempre, cosechando los frutos de haber trabajado al menos una vez para el equipo. Allí se abriría un hermoso juego de rosca que podría hacer cambiar todo lo que se espera. Esa mitad peronista, si se divide, no podría gobernar. El tercio que se quede con la manija necesitaría, indefectiblemente, de compañeros que la puedan sostener. A estos los podría reclutar en las filas del Lavagnismo (absolutamente minoritario) o en las de Cambiemos, algo que no resulta imposible, al menos desde que Alternativa Federal envió embajadores a cada espacio con la intención de que más tarde entre lobbistas se entiendan. Tal vez ese espejismo de “salariazo y revolución productiva” que llevó a Menem a la presidencia sea más real que lo que se piensa, especialmente porque los gobernadores no quieren volver a la fusta y la chequera del kirchnerismo, a la vez que prefieren a un presidente peronista y no a uno que intentó conducirlos con prejuicios de porteño acomodado y filosofía new age.



Según señalan algunos, la pata política del gobierno -que tiene en su cabeza a Monzó y a Frigerio- estaría dispuesta a negociar el pase, lo que resulta lógico: si a vos no te ponen ni en el banco, vas a salir a buscar un club nuevo para fichar. Además, parte de los pioneros del equipo económico también estaría calentando para sumarse a las filas del albertismo. Por eso en los últimos días sonó con fuerza el nombre de Carlos Melconián, un hombre que cae bien entre los empresarios. Aunque su mayor logro es ser el mejor publicista de sí mismo -ya que siempre logra que lo pida la tribuna- no son pocos los que desean que encabece el giro ortodoxo una vez que Fernández alcance la presidencia. Aquellos tercios de los que hablábamos al principio de la columna parecen haberse transformado antes que desaparecido.

El núcleo duro de votantes macristas no alcanza para ganar elecciones, pero sí para acompañar un proceso político que eventualmente termine marginando el germen autoritario que empuja a La Cámpora. Alberto, como buen armador y operador político, sabe que las mayorías que se necesitan para ganar no siempre son las mismas que se usan para gobernar. Así lo entendió cuando impulsó la transversalidad nestorista para acumular poder, o cuando acompañó la estrategia de puentear a los gobernadores para hacer política directamente con los intendentes. Con esa aritmética del poder en la cabeza, hay que ver cómo reacomoda las fracciones para que la suma de las partes, al llegar al final de la hoja, le dé una nueva mayoría que le permita desarrollar su gobierno.



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