La República laica no carga con los pecados de la Iglesia

Ver al presidente aceptar las críticas de un cura deja en claro que no hay que bajar la guardia ante los que se olvidan que la religión está subordinada a la república.

Por Javier Boher
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Hoy es un gran día, amigo lector. Es que las elecciones me tuvieron tanto tiempo ocupado que me olvidé de tocar ciertos temas durante algún tiempo. Es como esto del Mundial de Básquet, que por quince días todos estábamos con más ganas de picar la naranja que de patear la de cuero. Con la cosa más o menos empantanada, puedo volver un poco a mis andanzas habituales.
Ayer, mientras buscaba tema para escribir algo (cosa que por momentos es más complicada que encontrar el litro de leche a menos de $40) me encontré con uno de esos eventos absolutamente intrascendentes, salvo para algunos que tenemos todavía algunos tics adolescentes de pelearnos con ciertas corporaciones. Es por lo que suelo tener algunos fieles comentaristas que me atacan cuando les toco a los sotana boys.
Resulta que ayer, en un acto que deja expuesta la fe que se tiene Gatricio para dar vuelta la elección, hizo una como la de los campeones del 86 que deben la visita a la virgen de Tilcara, y se fue a participar de la Fiesta del Milagro, algo que parece que es muy importante para los fieles católicos en aquel espacio virreinal que queda más allá de la frontera civilizatoria que marca Jesús María.
Ojo, que yo contra la Fe no tengo nada, porque es algo que le envidio a los creyentes de cualquier credo. Es muy difícil la apatía y el pesimismo de los que prefieren abrazar el canon científico antes que las sagradas escrituras, pero finalmente paga con una vida miserable aunque no se viva en la pobreza, justo al revés de lo que le pasa a la gente que prefiere la literatura fantástica.
Mientras veía algunas imágenes de la celebración, apareció ante mí como una revelación algo que me cuesta creer que siga existiendo, tal como me pasa con las bolsas de agua caliente con funda tejida. Esa cosa de un presidente sentándose a que le baje línea un señor con un vestido blanco que parece el mismo que usan los del Ku Klux Klan es algo que no entiendo en una república laica.
Mientras escuchaba las palabras que el señor de sotana (del que sabrá disculpar que no me sepa la jerarquía, ya que me es irrelevante) dedicaba a los pobres, no podía dejar de pensar en el doble estándar habitual que usan las religiones, señalando en los otros lo que no les gusta en los propios. Me hizo acordar a lo que pasó el otro día en Tucumán, que mientras pedían por la emergencia alimentaria se atoraban con cientos de kilos de carne. Quizás la emergencia haya sido porque estaba complicado para repetir.
La cosa es que eso de ver al poder de la república sometido al poder religioso me hizo acordar de los pecados capitales, porque si o si un cura que te baja línea está jugadísimo con alguno de la lista. Total, después hacen como los jueces del poder judicial, que se perdonan entre ellos y santo remedio.
Aunque yo no crea en el señor que habita los cielos (salvo que hablemos del Comandante Fort, que ahí sí es para ponerse serios) fui criado en una sociedad cristiana, así que me los sé de memoria. Se los cuento.
La lujuria: es eso de los pensamientos impuros o el deseo sexual desenfrenado. En los últimos 20 años hubo por lo menos 63 religiosos denunciados por abuso, aunque está claro que lo peor es lo de los chicos sordomudos del Próvolo, a los que no les enseñaban la lengua de señas para no denuncien. Pero ojo, que lo inmoral es la homosexualidad, eso está claro.
La gula: este es un poco más complicado, pero me acordé de las monjitas de Salsipuedes, que todos los días comían más asado que Samid, aunque te retaban si les robabas los duraznos que asomaban por arriba de la verja.
La avaricia: acá es algo que afortunadamente se está terminando. Aunque Mugri siga bajando la cabeza cuando le habla uno de estos disfrazados, consiguió que la iglesia renuncie a aquel favor que le hizo la última dictadura de pagarles los sueldos jerárquicos. No renunciaban al privilegio porque la plata les gusta más que a Mariana Nannis.
Me acuerdo del cura de la iglesia de mi cuadra, que en la rendición de gastos de la limosna ponía lo que gastaba en nafta para el R12, todo porque el playero le dio la cana porque cargaba con mucho cambio.
La pereza: este está clarísimo y hasta me da un poco de envidia, porque es como dice el chiste: trabajan una vez por semana y tomando vino. El único que trabaja menos que eso debe ser el Indio Solari, que toca una vez al año.
La ira: ¿se acuerda de las veces que se la agarraron contra las obras de arte que no les gustan, o cuando algunos diputados insinuaron que iban a votar por la legalización del aborto? Acá en Córdoba tuvimos varias de esas muestras de afecto, y ahí quedó bien en claro que se enojan con los que no creemos. Son como mi señora cuando le dije que no me gusta el helado. Por suerte ya me dejó volver a dormir adentro.
La envidia: para mí los curas le tienen envidia a los famosos, a los empresarios y a los políticos. Por eso critican el tren de vida de los primeros, llaman codiciosos a los segundos y les bajan línea a los últimos. Es lógico: durante mucho tiempo disfrutaron de todo eso de canuto, cosa que ahora se les complica.
La soberbia: Esta es la mejor. Es que los que no tienen hijos te dicen cómo hay que criarlos. Los que no tienen familia te dicen cuáles son las únicas que están bien. Los que no invierten te dicen que el capitalismo es malvado. Los que no se presentan a elecciones te dicen cómo hay que gobernar. Sólo Maradona se la cree más que estos tipos, pero por lo menos es él solo.
Ya le digo, amigo lector, esta catarsis cada tanto viene bien. Porque usted sabe muy bien hacia dónde apuntan esas críticas del cura salteño y desde dónde vienen. Si, desde el mismo repartidor de rosarios que siente orgullo por las guapeadas de su monaguillo zapatista. Hay que estar atentos, porque desde esos que se visten de blanco, sólo salen épocas negras. Amén.



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