Itinerario del Inspector General de Minas (Primera Parte)

Por Víctor Ramés
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En abril de 1862, el ingeniero irlandés Ignacio Rickard llevaba cinco años y medio lejos de Inglaterra, se hallaba radicado en Chile y sentía el deseo de retornar a su patria. Fue entonces que recibió una comunicación del Gobierno Argentino -que presidía Sarmiento- ofreciéndole el cargo de Inspector General de Minas. Debía recorrer y analizar esa actividad extractiva con el fin de producir un inventario de la minería argentina. En lo inmediato, estaría a cargo de examinar las condiciones en que se trabajaba en un distrito minero recién descubierto en la provincia de San Juan. Rickard visitará la mina del Tontal, entre otros yacimientos, estudiandolas condiciones necesarias para su explotación. Cumplirá sobradamente con su compromiso y en suma permanecerá en la Argentina hasta diciembre de 1862, en que se embarcará de regreso a Europa. Los resultados de sus observaciones serían elaborados por el ingeniero Rickard en los años siguientes y le serían entregados al gobierno argentino en 1868.
Como producto de su experiencia de viaje surgirá asimismo el libro A Mining Journey across the great Andes, cuya traducción al castellano se titula Viaje a través de los Grandes Andes. El libro de Rickard se editó en Londres en 1863. Aquí traducimos del original inglés algunos párrafos que involucran a Córdoba. Esta provincia aparece apenas como un lugar de paso, esta vez en sentido contrario a la mayoría de los viajeros, yendo desde San Juan hacia Buenos Aires.
Rickard tenía en común con otros viandantes que lo precedieron, la atención puesta en los minerales sudamericanos y la representación de los intereses británicos en la explotaciónde esariqueza, como fue el caso de las visitas en los años veinte del siglo XIX de Joseph Andrews, Edmond Templey el Capitán Head, entre otros.
Un apunte interesante de Rickard, antes de su cruce de la Cordillera hacia el lado argentino, tiene que ver con su aprecio por esa prenda típica sudamericana que es el poncho.
“El poncho es una prenda hecha por los nativos en casi todas partes en Chile, Perú, Bolivia y la Confederación Argentina. Los más pesados no son sino unas mantas ásperas de algodón con un tajo en el centro lo suficientemente largo para pasar la cabeza. Y le aseguro al lector que es una prenda de lo más confortable y conveniente para expediciones ecuestres en Sudamérica, ya que sirve para proteger del polvo y la lluvia durante el día y es una manta excelente por la noche. Los ponchos más livianos son una vestimenta fresca y agradable, por no decir elegante, para la época calurosa. Es por lejos preferible a cualquier prenda de montar inglesa o europea actual.”
No nos detendremos a acompañar a Rickard en la tarea específica que le había sido encomendada por el gobierno de Sarmiento, un tiempo en el que, entre otras cosas, pudo testimoniar en Mendoza los efectos devastadores de un terremoto al que le dedica todo un capítulo en que describe la destrucción y ruina de la ciudad, los efectos del sismo en edificios como el teatro y las iglesias, y las escenas terribles que hubo de presenciar.
Los pasajes de nuestro interés comienzan cuando el minero irlandés da inicio a su viaje hacia Buenos Aires, con el fin de embarcarse hacia Gran Bretaña. Una postal de valor paisajístico en su cuaderno, señala la despedida de los Andes:
“Por los siguientes dos días atravesamos la llanura, los grandes Andes quedaron a nuestras espaldas, esfumándose gradualmente al fondo, y los picos nevados distantes parecían confundirse con el color del cielo: los más altos parecían unas meras colinas en el horizonte.”
En la posta sanluiseña de San José del Morro, el viajero narra el encuentro con un coche que venía del Rosario, en el que viajaban cuatro pasajeros. Uno de ellos era un conocido suyo, quien le refirió que había escapado por poco de ser muerto por los indios, en el viaje de ida, a solo veinticinco leguas de la capital santafecina. Quince jinetes originarios los habían dejado desnudos, maniatados y amordazados a él, único pasajero en ese momento y al conductor del coche, tras robarse el equipaje y la carga. Aquí Rickard llama “pieles rojas” a las personas originarias.
La preocupación quedó sembrada en el ánimo de los viajeros que se dirigían hacia Rosario, mientras recorrían la distancia hasta la posta de Achiras, ya entrando en Córdoba.
“La noticia no fue de lo más agradable para nosotros. Sabiendo que una pequeña partida de indios raramente, por no decir nunca, se atrevía a internarse tan próximo al territorio del hombre blanco, concluimos que debía haber un número mayor de ellos cerca de donde había ocurrido el asalto. No servía de mucho, sin embargo, demorarnos, por lo que enviamos exploradores delante nuestro, ya que sólo dependíamos de la agilidad de nuestros caballos para escapar en caso de encontrarnos con un grupo grande. Llegamos a Achiras a la noche, sin haber visto un ser viviente en estas planicies. Creo sinceramente que, si un hombre quiere encontrar el desconsuelo y la soledad, solo necesita ir a la pampa y quedará satisfecho.”
En esta parada en territorio cordobés, muy cerca de la frontera con San Luis, Rickard hace un apunte sobre la posta:
“Había una casa de postas limpia y muy decente en este lugar, que apenas consiste en unas pocas casas en el medio de la pampa. No puedo entender en absoluto porque hay gente que vive allí; no obstante, vi allí a un panadero francés y a un barbero francés, quienes se veían muy contentos y felices con sus pipas negras y no perdiendo ocasión de glorificar a ‘La belle France’.”
Dejando esa posta y con caballos descansados, prosigue el viaje de Rickard hacia el este.
“De Achiras, al día siguiente, hicimos el trayecto hasta la segunda mejor ciudad entre San Juan y Rosario. Río Cuarto. Está muy por encima de San Luis, pero no es la mitad de buena que San Juan. Está ubicada en la provincia de Córdoba, a unas treinta leguas al sur de la ciudad capital. En este lugar la ruta se abre hacia Córdoba y nuestro trayecto seguía en dirección al este, a Rosario.”



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