Dos misas distantes con significados distintos

La misa en la Catedral también ofició, de paso, como un recordatorio de que el escenario político podría haber resultado bien distinto si De la Sota no hubiera sido víctima de tan trágico final, quizá ocupando el lugar de Alberto Fernández como presidenciable.

Por Pablo Esteban Dávila

Consistentemente con la marcada secularización de la política argentina desde 1983 a la fecha, la religión tiene cada vez menos protagonismo en las batallas electorales. Más allá de que la iglesia católica (también las evangélicas) luchen exitosamente, de tanto en cuando, por causas que hacen a sus respectivas cosmovisiones -como, por ejemplo, contra el aborto- lo cierto es que sacerdotes y pastores influyen poco al momento de la votación. No se advierte en el país una coalición religiosa al estilo de la que llevó a Jair Bolsonaro a la presidencia del Brasil, como así tampoco un think tank de inspiración cristiana a la usanza de los que respaldaron a los neoconservadores estadounidenses durante las dos presidencias de George W. Bush.
Esto no quiere decir que los políticos practiquen la prescindencia en lo que a la religión respecta. Prácticamente sin excepciones tratan de mantener diferentes vías de comunicación con los distintos credos que enriquecen la vida espiritual del país y ninguno, en los últimos tiempos, se ha enfrentado abiertamente con los hombres de fe. Incluso el Papa Francisco, que produce tanto desconcierto en los católicos de clase media, goza de una cierta indemnidad en lo que a críticas refiere. Casi no hay dirigentes, especialmente entre los macristas, dispuestos a afirmar en público aquello que dicen en privado sobre el Sumo Pontífice.
Esta relación entre política y religión es, en nuestra opinión, mucho más sana de la que mantiene el presidente de Brasil con las diferentes confesiones que lo sustentan y permite que, de tanto en cuando, los políticos argentinos incursionen en asuntos religiosos sin que esto sea visualizado como una interferencia ilícita en una esfera que, por definición, debería esta completamente separada de las cuestiones mundanas.
La participación del presidente Mauricio Macri en la homilía central de la festividad del Señor y la Virgen del Milagro debe ser leída en esta clave. Aunque difícilmente se haya convertido en un devoto penitente, la multitudinaria participación popular en la tradicional celebración salteña (se festeja desde hace 327 años) resultó ser un motivo poderoso para concurrir y mostrarse cercano a la multitud, especialmente en estas épocas de tanta carestía electoral. Para Macri Salta bien vale una misa, del mismo modo que París la merecía a los ojos de Enrique IV.
Pese a que un prestigioso sacerdote salteño, el padre Raúl Méndez, señaló que la visita del presidente era una “provocación”, Macri fue recibido correctamente tanto por los fieles como por las autoridades religiosas. Pero no fue inmune a la pública filípica del arzobispo de Salta, monseñor Mario Cargnello, en los momentos finales de la homilía. “Cuando empezó usted (su mandato) dijo que iba a luchar por la pobreza cero. ¿Qué puede decir Salta ahora? Le da los rostros de la pobreza”. No obstante que el tono fue respetoso y casi paternal, la mención a una explícita promesa de campaña -claramente no cumplida- fue un recordatorio doloroso del vía crucis en el que se ha convertido el mandato presidencial en cuestiones socioeconómicas.
Mil kilómetros al sur de la capital salteña y con un intervalo de ocho horas, se llevó a cabo otra misa muy distinta. En la Catedral de la ciudad de Córdoba, lo más granado del peronismo se dio cita para rendir tributo a la memoria de José Manuel de la Sota. Alberto Fernández, el candidato más votado en las PASO, fue el primer dirigente extraterritorial en anunciar que presentaría sus respetos al recuerdo del exgobernador.
En un principio, la familia del difunto había señalado la iglesia de Santo Domingo como el lugar adecuado para la conmemoración. Este templo es el más “peronista” de los que hay en Córdoba, debido a que las misas en recuerdo de Eva Perón o de Obregón Cano generalmente se celebran allí. Pero la sugerencia de Juan Schiaretti de llevarla a cabo en la Catedral finalmente se impuso. La entidad adquirida por De la Sota en su vida pública y la estatura política que cobró después de muerto así lo aconsejaba.
La Catedral tiene un peso simbólico insoslayable. No sólo por su calidad de sede del obispado, sino también porque allí descansan dos próceres cordobeses, José María Paz y Juan Bautista Bustos, ambas figuras representativas de la grieta decimonónica entre unitarios y federales. Como se recuerda, fueron gestiones personales de Schiaretti en 2009 y en 2017 para que los restos de Bustos descansaran en cercanías de su antiguo adversario, una forma de sugerir que no deberían existir divisiones eternas entre los argentinos.
El hecho de que De la Sota haya sido honrado en la última morada de Paz y de Bustos señala la vocación del justicialismo cordobés de canonizarlo como el líder de la concordia democrática, alguien que, más allá de su jamás negada pertenencia partidaria, supo transformarse en una suerte de cordobés arquetípico, mezcla de orgullo local con la tradicional ambición nacional que ha caracterizado a los grandes caudillos mediterráneos desde los tiempos de la organización nacional.
La misa en la Catedral también ofició, de paso, como un recordatorio de que el escenario político podría haber resultado bien distinto si De la Sota no hubiera sido víctima de tan trágico final, quizá ocupando el lugar de Alberto Fernández como presidenciable. En el santoral peronista, este tipo de dirigente – síntesis es el prerrequisito de la imaginaria unidad justicialista, una etapa supuestamente imprescindible para garantizar la siempre esquiva gobernabilidad argentina. Incluso muchos no peronistas participan, desde un laicismo partidario, de tal creencia dogmática.
Dos misas muy distantes, tanto en significado como en sus propósitos, señalan el comienzo de una nueva semana política, ya formalmente en campaña de cara al 27 de octubre. La primera con un presidente puesto en apuros, no obstante que en términos muy civilizados, por un arzobispo preocupado por los pobres; la segunda, recordando a un líder que podría haber reunificado a un peronismo que, precisamente en Córdoba, todavía se encuentra en un modo cismático. Pese a la bienvenida distancia que la política ha puesto con la religión, las bendiciones todavía cotizan bien en la Argentina, aunque estas lleguen por los caminos inescrutables del Señor.



1 Comentario

  1. Una misa no se le niega a nadie, pero la Iglesia está peligrosamente jugando PARTIDARIAMENTE, cuando debería actuar como moderadora espiritual teniendo como centro a SU FELIGRESIA, sin diferenciar la pertenencia partidaría de ellos. Salvo que sea caiga en la ingenuidad, está claro que este tipo de actos RELIGIOSOS, se convierten en ACTOS POLITICOS PARTIDARIOS. La IGLESIA, bien podría haber puesto condiciones para la celebración de esa misa para evitar que fuera un esceneario politico partidario.
    ¿Qué va a decir la cúpula de la Iglesia si estos que hoy se proponen para «gobernar», terminan saqueando para si los fondos del Estado? ¿Van a actuar mirando para otro lado, «despegandose» como lo hicieron de la ORDEN fundada por el fallecido Obispo Di Monte y en cuyo convento de Gral Rodriguez, José López dejaba los famosos bolsos con dinero y joyas? El OBISPO era «legal» pero el convento no a los ojos del Vaticano? ¿Acaso los otros obispos y curas DESCONOCIAN de la existencia de ese «convento» y de esa «orden»? ¿Acaso el VATICANO impulsa el «emprenderurimo clerical» en su organización? ¡VAN A TENER QUE HACERSE CARGO ALGUNA VEZ DE SUS PROPIOS PECADOS QUE CAEN EN LA SOCIEDAD….Y ESPEREMOS QUE HAYA ARREPENTIMIENTO SINCERO PARA CONTAR CON LA MISERICORDIA DE LOS FELIGRESES Y LA DIVINA!

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