De la genialidad al esnobismo

Por J.C. Maraddón
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Podremos avanzar mucho en la fabricación de artilugios tecnológicos cada vez más sofisticados, que nos maravillan con sus prestaciones y pretenden hacernos la vida menos cuesta arriba. Pero todavía hay ciertos fenómenos envueltos en un aura de misterio, que no permiten ser desentrañados y que, por lo tanto, suelen ser adjudicados a propiedades mágicas, a pesar de que la ciencia nos demuestra día a día que su poder no tiene límites. El proceso creativo, el mecanismo por el cual alguien, por ejemplo, compone una canción, la canta y conmueve a su auditorio, es algo que aún responde a causas donde el azar tiene mucho que ver.
Por supuesto, desde la musicología y desde la psicología se ha abordado esta problemática y se han brindado respuestas que atisban en el intrincado laberinto de la mente de un artista. Se habla de que hay ciertos ritmos, tonos y acordes que resultan más placenteros al oído. Y se menciona la emergencia de capas inconscientes como disparador de versos memorables y de combinaciones sonoras que cautivan al público. Sin embargo, hay ocasiones en que estas fórmulas, en apariencia eficaces, no dan resultados. Y casos en que, sin apelar a esta receta, surgen canciones que alcanzan el éxito inmediato.
En los años sesenta se profundizó en la hipótesis psicologista del asunto y se buscó, como decía Jim Morrison, “pasar del otro lado”; bucear más allá de los límites de la locura, para encontrar allí la fuente de inspiración que alimente los experimentos musicales y los lleve fuera de todo lo previsible. A veces mediante estímulos externos, como las drogas, la vigilia o la velocidad, se procuraba ingresar en un estado superior, como de trance, desde el que los músicos volvían con la idea de una obra trascendente, que luego tomaría forma a través de la interpretación.
Y si bien en tiempos de la psicodelia había cierta predisposición a aplaudir cualquier pieza delirante que surgiera por ahí, la industria exigía cierto cuidado en cuanto a que esa creación tuviera una forma apta para el consumo. Porque, finalmente, ese es el límite de las vanguardias, que su producción sea accesible, aunque esté limitada a una elite cultural. Que tenga una expresión legible, por más que llegar a su esencia implique un esfuerzo extra. El arte conceptual vino a poner en cuestión esos requisitos y, con el correr del tiempo, empezó a recorrer el ínfimo límite que separa la genialidad del esnobismo.
Lo que sucedió con el cantante estadounidense Daniel Johnston en los años ochenta es todavía indescifrable. Diagnosticado con trastorno bipolar, la inestabilidad de su psiquis lo impulsó a componer e interpretar canciones que tanto podían contener momentos geniales como caer en una ingenuidad absurda. En el ambiente musical, muchos creyeron que se trataba de un diamante en bruto y llegó a cosechar elogios de ídolos rockeros que decían tomarlo como referencia. Pero sus brotes psicóticos (que a veces lo llevaban a un delirio místico) y las sucesivas internaciones interrumpían su carrera y lo condenaban a inscribirse como artista de culto.
La muerte de Daniel Johnston, quien falleció el martes pasado a los 58 años, fue el disparador para numerosos escritos apologéticos, destinados a reivindicar su lírica desopilante y a poner de relieve su talento artístico. Para el negocio de la música, sin embargo, se trató de un outsider que no llegó a mover el amperímetro del mercado y que tal vez ahora, según la intensidad del sentimiento que provoque su pérdida, sea objeto de reediciones de lujo. En el documental “The Devil and Daniel Johnston”, de 2005, no se ahorran detalles sobre el calvario que ha sido su vida para él y su familia. Otra vez queda claro que pasar “del otro lado” no garantiza una recompensa digna.



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