Un animal político que marcó la isla cordobesa

Con una figura que se acrecentó desde su repentino fallecimiento, el tres veces gobernador dejó un legado imborrable en la memoria de los cordobeses.

Por Javier Boher
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Aristóteles definía al ser humano por su capacidad de relacionarse con otros y hacer política. El «zoon politikon» era el ser vivo que, además de integrarse en comunidades, podía definir estrategias, rumbos y prioridades políticas. Si la traducción literal de aquella expresión aristotélica es «animal político», José Manuel De la Sota supo encarnar todas las posibles acepciones del concepto.

Supo enamorar a los cordobeses por su capacidad de entenderlos y hablarles en su idioma, con un carisma poderoso y una personalidad magnética que lo ayudaron a sobreponerse a los cánones de belleza tradicionales.

Aunque lad apreciaciones estéticas pueden sonar superficiales, no lo son en tiempos en que la imagen suele ser todo. En esa dimensión fundamental y estructurante de la política moderna, el tres veces gobernador supo adelantarse a sus contemporáneos mediterráneos, contratando a consultores que supieron aportar fundamentos técnicos a lo que él ya intuía cuando se lanzó a la captura del peronismo cordobés, primero, y de la gobernación, después.



Esa capacidad de leer el terreno antes que nadie fue un símbolo distintivo de su ejercicio político, adelantándose a las situaciones y reacciones del entorno. Aunque careciera de un perfil frío o calculador, rara vez se le escapaban del radar las ventanas y oportunidades que se le abrían, con un olfato y una racionalidad que se contraponían a la imagen descontracturada que intentaba proyectar.

Su perseverancia lo llevó muy tempranamente a aspirar por la presidencia, con la intención de ser el elegido por Eduardo Duhalde para sucederlo como presidente tras las elecciones del postapocalíptico 2003. Esa imagen un tanto informal -que no parecía encajar con las exigencias de un país devastado y sobrepolitizado- se combinó con el difundido estereotipo del cordobés que prefiere la fiesta y la alegría antes que al trabajo y la dedicación, el techo de cristal que encuentran nuestros coterráneos cuando quieren tomar por asalto la capital del país.

Sin embargo, nunca dejó de intentarlo, primero como aliado de Sergio Massa en 2015. El agotamiento del ciclo kirchnerista, sumado a la fragmentación del peronismo volvieron a dejarlo al margen.

Octubre de 2019 asomó entonces en su horizonte, como una revancha que lo encontraría más maduro, a dos décadas de llegar a la gobernación.

Fue el primero en entender que la unidad era garantía del triunfo frente a un macrismo que no había logrado enderezar el barco en la economía ni generar una épica política que le garantice la reelección. Él quería ser el constructor de ese espacio reunificado que hace un año parecía una utopía imposible.

Su súbito y sorpresivo final privó a los cordobeses de verlo utilizando todas sus capacidades políticas, su instinto ganador y su experiencia para descifrar los códigos y trampas de la facción kirchnerista del justicialismo. Incluso con un pasado de tensión en la relación (que llegó a su pico por el abandono de nación ante el motín policial de diciembre de 2013) supo dejar todo atrás para proyectarse hacia adelante.

Todo lo que se diga ahora sería un ejercicio contrafáctico en el que habría diversas interpretaciones sobre el desenlace final al que hubiese llegado la unidad de las distintas ramas del peronismo.

Muy probablemente, por su peso específico como exgobernador del segundo distrito del país, con su histórico socio político al frente de la provincia, con una historia de buena relación con los empresarios cordobeses y con una llegada directa a la mayoría de los dirigentes peronistas y de la oposición, De la Sota hubiese sido un rival de mayor peso para la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su vocación autoritaria que Alberto Fernández.

Un capricho del destino hizo que a poco más de un mes de las elecciones presidenciales del próximo 27 de octubre estemos dedicando este espacio a recordar su figura, en lugar de analizar sus chances de convertirse en presidente, sus probables ministros o sus posibles medidas.

Córdoba volvió a quedarse con las ganas de mostrarle al resto de los argentinos que hay otra forma de hacer las cosas, la del cordobesismo que él nominó en 2011 aunque no le perteneciera. Con aciertos y errores, contribuyó a la idiosincrasia de una provincia que supo recibir el mote de isla, y se encargó de aportar al orgullo de un pueblo que, por todo lo que hizo durante sus mandatos, difícilmente pueda olvidar su legado.



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