Emergencia alimentaria, la renovación de un emblema del fracaso

Por Javier Boher
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Por esas rarezas propias de Argentina, el país del bife prorrogó hasta 2022 la emergencia alimentaria que tanto reclamaba la oposición. Como si poco más de dos centenas de señores sentados en sillones de cuero pudieran resolver el hambre con discursos muy sentidos, sin nada de debate decidieron darle media sanción a un proyecto absurdo.
No hay ninguna duda respecto al profundo impacto de la crisis en la vida de los que menos tienen, que sufren con mayor intensidad la persistente inflación que asola a la economía argentina de los últimos quince años. Pese a ello, es difícil asegurar que un puñado de bellas intenciones sea suficiente para resolver algunos de los males endémicos de la nación.
Siendo sinceros, cuesta creer que el decreto que Eduardo Duhalde firmó en 2002 para hacer frente a la catastrófica situación de la salida del 1 a 1 sirva en el contexto actual, no solo porque no hay alrededor de un 60% de pobreza como entonces, sino que en casi dos décadas desde aquella decisión sólo se logró bajar ésta a la mitad, su piso histórico desde la hiperinflación de Alfonsín. En todo este tiempo no alcanzaron los años de bonanza económica con commodities por las nubes, tasas de crecimiento chinas y superávits gemelos.
Aunque los comedores sociales cumplan una función importantísima en la lucha contra el hambre, su función es absolutamente paliativa y -a la luz de los resultados de una política de casi dos décadas- ineficiente. No hay mejor política de lucha contra el hambre y la pobreza que trabajo digno y bien remunerado. No haberlo logrado después del crack de 2001 demuestra la inoperancia, falta de empatía y mediocridad de una clase dirigente que contribuye enormemente a lo que a esta altura es el mayor fracaso colectivo de la Argentina post 1983.
Los fondos que se destinarán a los comedores serán la forma de financiar la actividad de punteros y piqueteros, de allí la importancia que los hoy opositores depositan en una ley que les va como anillo al dedo. Solo así puede entenderse que aplaudan una medida como esta y rechacen una como la baja del IVA a los alimentos de la canasta básica, de un costo fiscal que se calcula aproximadamente en los mismos montos. La segunda deja la plata en las manos de los consumidores; la primera, en las de los punteros.
Además, el texto aprobado por diputados aumenta la discrecionalidad y periodicidad con la que la jefatura de gabinete podría administrar los fondos, algo a lo que el kirchnerismo nos acostumbró durante la prórroga infinita de la emergencia económica con la que pudo redirigir partidas para hacer política pura y dura, la probada estrategia del látigo y la chequera con la que pudo comprar y administrar lealtades durante años.
Es llamativo, y agudiza el absurdo, que los que reniegan de que Argentina haya sido o quiera volver ser “el granero del mundo” se quejen por el hambre, cuando sólo la voluntad de producir más alimento y a menor costo puede ser una política verdaderamente efectiva para lograr la accesibilidad de mayores sectores de la población a una dieta balanceada y con productos de calidad. Eso se logra con certezas para los que producen, que se traducen en mayores inversiones, más empleo y baja de los precios, algo que nuestro país perdió de vuelta hace demasiado tiempo, asfixiado por regulaciones estatales ridículas que multiplicaron kioskos y cajas chicas.
Nuestra clase dirigente parece seguir sin rumbo y sin ideas para resolver los verdaderos problemas que tiene la gente, solo conteniendo de manera cosmética la situación a través de leyes, declaraciones y demás artilugios retóricos. La persistencia en prácticas estatistas de corto plazo y probada ineficacia sólo terminará cosechando más pobreza, que hará cada vez más difícil resolver la principal fuente de desigualdad en una sociedad fragmentada en la que -inexplicablemente- sobrevive la inmoralidad del hambre.



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