La colección oficial

Para reafirmar la vigencia del legado de Kurt Cobain, en conmemoración de los 25 años de su muerte, ha salido a la venta una línea de merchandising titulada “Kurt Was Here”, que cuenta con la curaduría de Francis Bean, la hija del rockero que supo ser el líder del trío Nirvana.

Por J.C. Maraddón
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En los primeros años sesenta, el sonido rockero contrajo una impronta menos salvaje y más atildada que la establecida en la década anterior, cuando la furia era más importante que cualquier sutileza. En el preciso momento en que los Beatles se disponían a liderar ese proceso, en otro rincón de la cultura tomaba vuelto el arte pop, que con el correr de los años se iba a involucrar de lleno en el movimiento musical, al hacerse cargo de las portadas de los álbumes, un elemento que al principio no merecía mayor atención por parte de la industria, pero que poco después fue considerado crucial.
La imagen, a la que antes no se le adjudicaba demasiada trascendencia, pasó a situarse en un primerísimo primer plano, porque en el mercado adolescente, que consumía este tipo de canciones, era mucho más sencillo hacerse escuchar si, además, el producto entraba por los ojos. Vestimentas, peinados, luces, escenografías y tomas fotográficas se convirtieron en detalles muy sensibles al momento de tratar de imponer un artista y elevarlo a la categoría de ídolo. Y hasta los logos y las tipografías eran el resultado de un estudio de campo destinado a dar en el blanco y conquistar al público.
La audacia de Andy Warhol, que transformó en arte a productos seriales, no iba a pasar desapercibida para la cultura rock, que no sólo se inspiró en esas creaciones sino que además sedujo al propio artista, como mentor de la Velvet Underground y responsable de algunas tapas de discos memorables. En esas idas y venidas entre los sonidos y las imágenes, se selló para siempre un pacto que amplió sus límites al extenderse el negocio del merchandising, donde lo más valorado eran precisamente esos diseños, ilustraciones y fotos que eran identificados como representativos de un intérprete famoso.
Desde entonces, las remeras, los buzos, las camperas, las mochilas, los pósters, las gorras y los tatuajes han servido para que los fans puedan demostrar cuán lejos llega su fidelidad, tanto en un concierto como en cualquier otra circunstancia de la vida. La oferta de estas mercancías se multiplicó hasta el infinito y reportó ganancias que le agregaban ceros a las obtenidas por las ventas de discos y por las entradas de los shows. A veces, los íconos que se reproducían eran de personajes no vinculados a la estética rockera, como el Che Guevara o Mao, pero su utilización era asimilada a la de las rock stars.
Quizás la última gran figura de esta estirpe a cuya veneración contribuyó la abundancia del merchandising, haya sido Kurt Cobain. Que el líder de Nirvana se haya suicidado a los 27 años, alimentó una leyenda que terminó trasfiriendo su legado a las generaciones posteriores, a pesar de que no llegaron a disfrutar de su talento cuando estaba vivo. Un cuarto de siglo después, es habitual que un adolescente apele a recuperar el rostro de Cobain como referencia de una postura rebelde, ya que durante las últimas décadas esta clase de héroes no han abundado.
Y para reafirmar esa vigencia, en conmemoración de los 25 años de su muerte, ha salido a la venta una colección titulada “Kurt Was Here”, que cuenta con la curaduría de Francis Bean Cobain, la hija del rockero fallecido en 1994. Pero lo novedoso de este lanzamiento es que las prendas llevan impresos los diseños originales elaborados por el propio Kurt Cobain en su menos conocida faceta de artista plástico. Frente a aquellos que califican a esta iniciativa como un emprendimiento exclusivamente comercial, sus promotores aducen que, ante a la abrumadora avalancha de merchandising ilegal, que la heredera pretenda imponer una línea de productos oficiales no deja espacio a la crítica.



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