Acelerando el fin de ciclo: una protesta cada tres días

Con al menos siete protestas en tres semanas, los que reclaman por sus derechos alientan el caos creciente, sin importarles el bienestar de trabajadores, comerciantes y vecinos.

Por Javier Boher
[email protected]

En la Argentina de los estertores del macrismo, la vida es eso que ocurre entre protesta y protesta. En la confusión de un gobierno que ha cosechado el rechazo de la mayor parte de la población y una oposición que quiere llegar a la Casa Rosada antes de lo que mandan los tiempos, las bases de este último grupo han empezado a trabajar para lograr su cometido estorbando la vida cotidiana del resto de la población.
Un rápido repaso de los últimos 20 días permite ver que en la ciudad de Córdoba se registraron al menos siete marchas, movilizaciones o protestas de distinto tipo e intensidad, todas en el contexto de reclamos políticos a los distintos niveles de gobierno.
Para arrancar, los habituales caminantes de siempre, los partidos y organizaciones de izquierda que viven en el disconfort perpetuo, aunque sea mayormente por consignas que sólo tienen sustento en su propio microclima político. Esas minorías intensas dispuestas a imponer su propia visión del mundo como la verdad absoluta, tal como emana de las centenarias obras del marxismo clásico, entorpeciendo la vida de los que efectivamente deben salir a trabajar.
Los adoradores del “infame trapo rojo”, según los viejos dichos de la mismísima Cristina de Kirchner, se movilizaron por los procesados por la toma del Pabellón Argentina de la UNC, el primer acto en el plan de victimización permanente. El fracaso de la toma y la vorágine política perpetua ayudan a olvidar que fueron 31 días de intransigencia de unos intrascendentes.
A esa movilización le siguió una del Partido Obrero y el MST contra el ajuste de Macri, los tarifazos, el FMI y toda la tracalada de causas que esgrimen cada vez que salen a cortar calles, como si los asalariados no tuviesen bien presentes los 21 meses de caída del salario real o el más de 50% de inflación anual cada vez que tienen que ir a llenar el changuito.
Cinco días después, la marcha contra el gatillo fácil, otra de las tradicionales rondas de pintura y vandalismo por las calles del centro, hostigando a comerciantes que pasan tantas horas en sus negocios que tendrían serias dificultades para salir a apoyar a los policías que no se miden en el uso de su arma reglamentaria.
Finalmente, el segundo grupo de movilizaciones, mucho menos dogmáticas y con reclamos bastante más puntuales. Taxistas y remiseros salieron dos veces, siendo la del lunes una salvajada irracional e improducente. Es difícil entender un razonamiento tan poco empático con el ciudadano que debe llegar a horario a trabajar o que quiere volver a su casa a abrazar a sus hijos después de un largo día de amargura laboral.
Luz y Fuerza hizo lo suyo, como cada vez que siente que le van a tocar sus privilegios, que pagan todos los abonados que no tienen otra posibilidad que pagar la luz más cara del país para financiar la BAE o la luz subsidiada en los domicilios de trabajadores que los triplican en ingresos.
Ayer, por último, el acampe de grupos piqueteros que reclaman por la situación económica del país, pese a que esos mismos comerciantes que no venden por las protestas o los trabajadores que evitan el centro para ahorrase los disgustos son los que pagan los planes y asistencias con las que luego se financian los manifestantes que lloran por hambre.
Lo que evidencian todas estas marchas, contramarchas, protestas, manifestaciones, reclamos y sinfín de denominaciones es que el Estado brilla por su ausencia, salvo para lo que hace a su propia supervivencia. Con miles de ciudadanos como rehenes de las prácticas abusivas de los que quieren acceder al poder político, los distintos niveles del Estado prefieren ceder a las presiones de las corporaciones en detrimento de la paz de los contribuyentes.
La anomia y anarquía que predominan en el centro de la ciudad son el fiel reflejo de una sociedad de prepotentes, que tiene al conflicto como forma política predilecta. ¿Para qué tratar de buscar el consenso, si con el pecho pueden llevarse todo lo que buscan?.
Es difícil saber hasta qué punto serán capaces de resistir los vecinos que cada vez que salen de su casa se encuentran con postales de la barbarie, sea por los enfrentamientos con piedras y bombas de estruendo o por gente que ocupa el espacio público dejando a la vista de todos la intimidad de su vida cotidiana, alimentándose, durmiendo y deponiendo en cualquier lado.
Si el camino al 27 de octubre mantiene el ritmo creciente de las protestas, nos esperan no menos de 15 días de cortes, acampes o manifestaciones. ¿Será esa una forma auténtica y legítima de reclamar por los derechos? Muy probablemente los vecinos, trabajadores y comerciantes del centro no estén nada de acuerdo.



Dejar respuesta