La vuelta al mundo de un dibujante (Segunda parte)

El viajero y artista victoriano Robert Elwes, en los inicios de un periplo por diversos continentes tomó apuntes sobre sus jornadas de tránsito por el sur de Córdoba, de paso hacia Chile en 1848.

Por Víctor Ramés
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Retrato de Robert Elwes y una de sus acuarelas, una vista de Uspallata (Mendoza).

Visto en perspectiva, el viajero que pronto estaría atravesando el interminable y ardiente desierto de Sahara tuvo una travesía bastante amable por la pampa uniforme del sur cordobés, una llanura extensa con casas de posta a distancia de cuatro leguas entre una y otra. Junto a sus acompañantes, Robert Elwes dejaba la posta de Fraile Muerto (Bell Ville) y encaraba el trecho hasta la siguiente parada.
“Esquina de Medrano era una de las mejores postas que se encontraban en el camino. Se hallaba sobre una planicie extensa, rodeada y punteada por matas de arbustos que le daban la apariencia de un parque, y cerca corría el río – una corriente clara y rápida, bordeada por sauces. La casa era limpia y la habitación de posta amplia y señorial. En suma, era un lugar muy agradable.”
En el itinerario de Elwes se menciona la presencia de algunos inmigrantes británicos radicados en la provincia de Córdoba, a quienes el viajero se proponía visitar.
“El día de Navidad, partí a las seis para Tambito, la residencia de un escocés para quien llevaba una carta, y me propuse dormir en su casa. Fue un largo trecho y mis piernas estaban tan magulladas y doloridas de cabalgar en el recado, que al comienzo no pude montar mi caballo sin la ayuda de Pavón. Llegué a Totoral a la una en punto y como hacía mucho calor -ya que allí estábamos en pleno verano- descansé allí hasta las cuatro. Pero no gané demasiado con esa parada ya que al marchar en dirección oeste el sol nos daba en la cara. El trecho era de doce leguas y la puesta ocurrió antes de llegar a la mitad del camino, por lo que estaba muy oscuro al llegar a Tambito, tras haber viajado ese día en total unas treinta leguas. El país era todo de pasto, sobre un terreno aplanado.”
Otro escocés toma cuerpo en la narración, luego de hacer noche el autor en una pobre posta de Tambito, cuya ciudad de referencia, aunque no tan próxima, era Río Cuarto.
“Me enteré de que las tierras de Tambito pertenecen a un escocés, Charles Stewart, quien tenía a cargo una estancia próxima, pero que vivía en la ciudad de Río Cuarto, a unas doce leguas. Me sentí desilusionado en mi expectativa de un alojamiento confortable, así que tuve que conformarme con una miserable casa de posta, la peor del camino, una casucha con uno de sus lados abierto. Las personas, sin embargo, eran respetuosas, pude comer algo y, luego de colgar mi hamaca de una viga, pude dormir bastante bien. Por la mañana fui despertado cuando recién rayaba el día, por el canto de los gallos haciéndose eco, uno gritaba en el techo justo sobre mi cabeza, otro debajo de mi hamaca, con gritos horribles. Desayuné bizcocho y dos o tres huevos que comí crudos, para asombro de los gauchos. Al amanecer ya estaba de nuevo sobre la montura y, tras cambiar caballos en Chacul, a unas siete leguas, llegué a Río Cuarto a las doce en punto.”
Allí Elwes logra encontrarse con aquel súbdito británico que residía hacía más de una década en la zona.
“Charles Stewart, o don Carlos, como aquí se lo llama, era un diamante en bruto natural de Perth (Escocia). Había permanecido muchos años en este país, habiéndose alejado de las orillas del río Tay cuando era joven, y vino a Río Cuarto. (…) Era educado y hospitalario y me quedé en su casa hasta el día siguiente, en parte para descansar y también para oír sobre los indios, de quienes se decía que estaban cerca de la ciudad. Stewart, sin embargo, no sabía mucho, solo que se hallaban a unas pocas leguas hacia el sur y que últimamente habían hecho algunas incursiones.”
Elwes palpaba el sobresalto que percibía a su alrededor. Su descripción de la hoy gran ciudad meridional cordobesa no era de las más benévolas:
“Los habitantes se hallaban en gran alarma pese a que el número de soldados (unos cuatrocientos) se hallaban en la ciudad, a la que podían fácilmente defender. La ciudad es un lugar miserable, muy caluroso y polvoriento.”
Durante su estadía, el escocés le solicitó a Elwes que tomase dictado de una carta:
“Escribí una carta de Charles Stewart a un amigo en Escocia, ya que estaba muy fuera de práctica, según dijo, tanto en la escritura como en el idioma inglés. No fue una tarea fácil, ya que apenas pudo expresarme lo que quería decir. Pero la concluí, la llevé conmigo y la envié desde Valparaíso.”
El viajero compara esa dificultad de Stewart con lo que oiría más tarde en Chile, sobre un escocés que vivía en las pampas al sur de Buenos Aires: “Apenas hablaba cualquier idioma, ya que casi había olvidado el inglés y no había logrado aprender mucho español, salvo por unas pocas palabras mal dichas”.
En lo de Charles Stewart, Elwes probará el té de cedrón hecho con hojas del jardín del escocés. Luego, a la hora de partir, hará caso de la advertencia de su anfitrión, de quien se despide:
“A la mañana siguiente comencé el trayecto a las 10, de acuerdo con el consejo de Stewart, de no salir nunca temprano ni andar hasta muy tarde, que era lo mejor para evitar a los indios.
Había soldados acuartelados en Achiras y también en Morro, los dos sitios donde debía dormir antes de llegar a San Luis, donde se suponía que el peligro terminaba. También había dos fortines al sur de San Luis.”
El viajero inglés obtiene alguna información sobre los pueblos originarios que creaban esa alarma generalizada. Le refieren que éstos eran desprendimientos de los Araucanos de Chile y algunos de sus hábitos:
“…Viven de la carne de yegua y hacen incursiones a granjas y poblaciones, de las que toman caballos y ganado. Suelen cortar el cuello de los cristianos y se llevan cautivos a sus mujeres e hijos. Son excelentes jinetes, incluso mejor que los gauchos. Sus armas son las bolas y lanzas de cinco metros y medio de largo. Cargan con bravura, dando gritos espeluznantes.”
Elwes, Pavón y el postillón se alejan del peligro y atraviesan el último tramo cordobés del camino. El viajero admira la vista de las sierras, “una larga cadena azul de montañas”, que desaparecían hacia el norte progresivamente dejando otra vez a solas la pura llanura.



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