La deuda con Sarmiento… Avellaneda y Roca

En el Día del Maestro, el recuerdo de Sarmiento, Roca y Avellaneda debe ayudar a pensar la educación del siglo XXI, que debe volver a ser el gran factor que garantice la igualdad de oportunidades.

Por Javier Boher
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Pese a que hoy las escuelas están cerradas para recordar a Domingo Faustino Sarmiento, resulta muy difícil escribir sobre educación en Argentina. Con el “padre del aula” virtualmente proscrito por el revisionismo adolescente que se aferra de frases de época para denostarlo, defender su legado y su visión sobre la educación es un acto de rebeldía que aún así no le hace honor a la tozudez y perseverancia del cuyano.
Las ideas de Sarmiento, revolucionarias para su época, contaron con dos aliados que las sostuvieron cuando les tocó hacerlo. Nicolás Avellaneda (primero como ministro y luego como presidente) y Julio Argentino Roca le dieron continuidad a una visión de desarrollo que necesitaba de una población educada.
La ley 1420 de educación universal, laica, pública y obligatoria -sancionada bajo el gobierno de Roca- convirtió a la “instrucción pública” en prioridad estatal. Contrariamente a lo que se sostiene desde múltiples perspectivas intelectuales de moda en las facultades de ciencias sociales, el liberalismo de nuestros padres fundadores entendió al Estado como un verdadero agente de cambio.
Ese tándem inicial encontró continuidad a sus 18 años de gobierno en diversos pensadores y políticos que abrazaron el legado recibido y se esforzaron por pasar el testimonio. Sin embargo, la incapacidad de interpretar el corazón del pensamiento sarmientino llevó a que se adoptaran reglas fijas sobre los métodos de enseñanza, en lugar de explorar nuevas didácticas que sean más adecuadas para contener a un alumnado cada vez más diverso.
Las recetas pedagógicas válidas para el siglo XIX no se acomodan al XX o al XXI, y pese a ello en algún momento todo mutó en rígidos dogmas, lo que condujo a que nos sintiéramos orgullosos de un sistema educativo deficiente. La educación argentina lleva demasiado tiempo en crisis -incapaz de acomodarse a los cambios sociales y tecnológicos- y durante mucho tiempo nadie pareció verlo.
Sin embargo, algunos entendieron que hace falta saber cómo está la cosa para luego transformarla. Allí encuadra el Operativo Aprender, que en los últimos años encontró una continuidad como nunca desde que se empezó a relevar el rendimiento académico de los alumnos argentinos.
La voluntad del gobierno nacional de evaluar a todas las escuelas del país fue resistida desde sectores que esgrimieron justificaciones “antineoliberales” para esconder la pésima política educativa del gobierno anterior, que confundió entregar netbooks con enseñar capacidades. No regalaron pescado, ni enseñaron a pescar: regalaron cañas, que no llenan la panza si no saben usarse.
Hace un tiempo que algunos pocos distritos han entendido que la verdadera inspiración en la obra de Sarmiento es la voluntad de alcanzar la educación de la mayor cantidad de gente, igualando posibilidades y permitiendo el desarrollo del potencial humano, generando además ciudadanos plenamente conscientes y responsables de ellos mismos y de sus decisiones. Saber qué saben fue una parte fundamental de ello.
En Córdoba, por ejemplo, las pruebas de 2016 dejaron claras las grandes disparidades entre tipo de gestión y nivel socioeconómico. Mientras que alrededor del 20% de los alumnos de nivel socioeconómico alto que asisten a escuelas de gestión privada obtuvieron un rendimiento avanzado, apenas 1,03% de los alumnos de bajo nivel socioeconómico que asisten a escuelas públicas tuvieron el mismo rendimiento. La brecha es muy grande, especialmente cuando alrededor del 55% de los alumnos de esa última categoría evaluados entonces no alcanzaba el nivel básico.
Esa foto (que igualmente dejaba a nuestra provincia por encima de otras jurisdicciones) significó el envión por el cual se decidió encarar una profunda pero silenciosa reforma educativa, poniendo el foco en las capacidades de los alumnos y en la flexibilidad de las formas, dando pequeños pasos, pero muy pensados, medidos y estudiados. En un país en el que hay distritos que pierden más de 30 días de clases al año por paros, la diferencia en las prioridades es abismal.
La visión de quienes hoy conducen los destinos de la política educativa provincial ha sabido rescatar el verdadero espíritu de la obra de Sarmiento y de la gestión de sus coetáneos, pagando parte de la deuda que tenemos con ellos. Sin lugar a dudas, los responsables educativos se mueven con la intención de acortar la brecha entre alumnos y escuelas, tratando de alcanzar aquel sueño de una población ilustrada, libre e igualitaria que tuvieron los padres fundadores de la Argentina moderna.



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