Toma revancha

Al computar las ventas de unidades en los Estados Unidos durante el primer semestre de 2019, los discos de vinilo reportaron ganancias por 224 millones de dólares, muy cerca de los 247 millones que se recaudaron por ventas de discos compactos, el formato que los desplazó hace más de 30 años.

Por J.C. Maraddón
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Desde por lo menos el siglo diecinueve, tenemos una concepción del progreso que lo representa como un vector que va hacia adelante y que no tiene vuelta atrás. Es la fuerza que arrastra a la humanidad hacia el futuro, para dejar a su espalda todo lo que signifique la posibilidad de aferrarse al pasado o la tentación de retroceder. Por supuesto, esa imagen supone que lo próximo siempre será mejor que lo previo y que, en razón de esa ley no escrita, debemos avenirnos a recibirlo con los mejores augurios, porque traerá beneficios que repercutirán en nuestra calidad de vida. Más de una centuria perduró ese mito, al que la ciencia alimentó a través de una renovación tecnológica constante, que se hizo más vertiginosa en las últimas décadas del siglo pasado, cuando se dieron a conocer prodigios que cambiaron por completo nuestra existencia. Fue precisamente en ese momento, que empezaron las advertencias acerca de los efectos negativos que esas sorprendentes novedades podían acarrear, ya que muchas veces ocurría que era peor el remedio que la enfermedad. En coincidencia con el arribo a la luna de las primeras naves tripuladas, uno de los mayores logros jamás soñados, se hicieron escuchar las protestas de los ambientalistas, cuyo pregón buscaba resguardar el equilibrio ecológico aquí en la Tierra. En esos mismos años se abrieron paso los planteos críticos sobre el progreso, al que ya no se vislumbraba como la salvación de nuestra especie, sino por el contrario, se lo empezaba a sindicar como el principal culpable de un hipotético apocalipsis. La carrera armamentista, que también incrementaba su ritmo al calor de los desarrollos científicos, ponía al mundo al borde del desastre atómico, mientras que las centrales nucleares que prometían reservas energéticas inagotables, soportaban accidentes que causaban muerte y contaminación en las zonas adyacentes a su emplazamiento. El sueño de la hiperconexión y la hipercomunicación, que asomó como la gran epopeya de este tercer milenio, también ha comenzado a ser juzgado como una pesadilla, a la que se retrata en series y películas que enfatizan el costado pernicioso de aquello a lo que se creía una panacea universal. No en vano, en paralelo, se desplegó la moda de lo vintage como una contra corriente que, después de tanto tiempo de correr en busca del horizonte, nos propone volver en sentido contrario. Tal vez, entre todo lo ya vivido, haya cosas que merezcan ser rescatadas. Uno de esos objetos perimidos que abandonó la oscuridad del olvido para volver a brillar, es el disco de vinilo, que había perdido su batalla contra los discos compactos unos 30 años atrás, en una época en que todavía se pensaba que pasar al siguiente nivel era lo óptimo. Aunque su calidad sonora no dejara satisfechos a los oídos más exquisitos, los CD fueron adoptados rápidamente por la mayoría de los consumidores, debido a otras cualidades que en aquel momento parecían compensar sus carencias. De un tiempo a esta parte, con la irrupción las plataformas de streaming, el regreso de los long plays no podía ir más allá de los límites de la nostalgia. Sin embargo, desde la usina informativa de la industria discográfica ha llegado un llamado de atención que, más que alertar sobre un peligro inminente, da cuenta de la magnitud de una revancha que nadie se imaginaba. Al computar las ventas de unidades en los Estados Unidos durante el primer semestre de 2019, los vinilos reportaron ganancias por 224 millones de dólares, muy cerca de los 247 millones que se recaudaron por ventas de discos compactos. De mantenerse las tendencias, muy pronto los viejos LPs sobrepasarán los ingresos facturados por el formato que vino a desplazarlos. Aunque usted no lo crea.



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