Es más fácil pedir perdón que pedir permiso

Finalmente Uber lanzó sus actividades en Córdoba recurriendo a una estrategia que ya le ha rendido sus frutos, la que puede resumirse en aquel viejo dicho.

Por Javier Boher
[email protected]

«Un fantasma se cierne sobre Córdoba, el fantasma de Uber» podría haber sido la frase introductoria a un comunicado de taxistas sobre la tensión previa a lo que ya se perfilaba como algo inexorable, atento a que es una paráfrasis de la oración que abre el Manifiesto comunista de Karl Marx.

La plataforma que se propone conectar a pasajeros y choferes se abre paso ferozmente en todo el mundo y la segunda ciudad del país no podía ser ajena a esa tendencia. Se sabía que iban a venir, pero no se sabía cuándo, como canta Adrián Dárgelos en «Deléctrico».

Tratando de escapar a todas las regulaciones, la empresa norteamericana se rige por la eterna máxima de los esposos dominados: es más fácil pedir perdón que pedir permiso. Hasta ahora le ha resultado favorable en casi todo el mundo, posicionándose con mucha más firmeza al aprovechar las bondades que los usuarios le encuentran a un sistema que rara vez falla.



La lógica de empezar golpeando para luego sentarse a negociar es la que supo caracterizar a numerosos políticos de estas pampas, que hoy se sienten incómodos e impotentes ante el corajudo acto de un anuncio que agarró a casi todos por sorpresa. En el país de los compadritos, parece que llegó un foráneo a hacerse el bravo.

La estrategia, aunque no es nueva, es efectiva por dos motivos. Primero, porque agarra mal parados a políticos poco previsores. Aunque insistan en la ilegalidad, el marco siempre deja lugar para interpretaciones que saldrán de la justicia, con los tiempos que la caracterizan. En esa maraña de regulaciones, la dinámica de la tecnología encuentra brechas para filtrarse.

En segundo lugar, la reacción de los sindicatos, que mostraron otro espasmo de antaño. ¿A quién se le ocurre hacer un paro, cortar puentes, calles y tirar piedras en lugar de disputarle los clientes a los «quitapanes»? Allí radica parte del éxito que cosechó en el mundo: mientras más salvaje el paro, más usuarios (choferes y pasajeros) se suscribieron a la plataforma. Es como que un polirubro deje de vender chucherías porque en la puerta se le sentó un mantero: en esos términos suena más ilógico.

Muchos cordobeses prefieren saludar con algarabía la noticia, especialmente porque es un consumo que le permite a muchos sentirse como si estuviesen respirando aire de primer mundo. Un placebo que ayuda a sobrellevar la larga decadencia cultural de la docta.

Como tantas otras veces, el debate corre riesgo de empantanarse en un lodazal de declaraciones altisonantes y grietas estéticas que dividan entre la realidad que nos toca y aquel mundo al que los gustaría pertenecer. La división probablemente se centre en detalles cosméticos que poco tienen que ver con la realidad de los perjudicados por la innovación.

Paradójicamente, y por la grieta estética que no se retira, los mismos que aplauden la prepoteada de Uber son los que rechazan los puestos de choripan en cualquier calle, las ventas de pollos en los garajes de las casas o los colectivos piratas que van a la cancha mientras la gente hace equilibrio sentada sobre el filo de las ventanillas.

Pese a ello, si sobreviven esos otros emprendimientos gastronómicos de dudoso rigor bromatológico o esas pymes de transporte popular es porque de alguna manera le están resolviendo un problema a la gente.

Quizás las regulaciones para formalizar son un desincentivo a la hora de blanquear. Quizás las necesidades de las personas de obtener un ingreso para llevar a su casa también los impulsa a dedicarse a actividades que -aunque ilícitas o polémicas- no son ilegítimas ni fácilmente condenables. Esa es la clave sobre la que se debe trabajar para resolver estos problemas.

La polémica de Uber está marcando su primer mojón en lo que será un largo y burocrático enfrentamiento. Allí los sindicatos correrán desde atrás (con palos y piedras) a una empresa que ha sabido resolver con efectividad la mayoría de las disputas en las que se ha embarcado, porque a esta altura ya sabe que todo el tiempo que le hubiese llevado para que le den permiso lo puede dedicar a pedir perdón, para así finalmente terminar saliéndose con la suya.



Dejar respuesta