Contra la gerontocracia

El viernes pasado, en 220 Cultura Contemporánea, actuó el dúo Flu Os (Ángelo y Benicio Mutti, nietos de Luis Alberto Spinetta), que encabezó una velada trapera donde quedó fuera de lugar cualquier resabio de la estripe del rocanrol a la que ellos estarían condenados a pertenecer.

Por J.C. Maraddón
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SpinettaCuando la fiebre por el rock se desató, hace ya más de 60 años, estaba directamente vinculada al reconocimiento de la adolescencia como una etapa vital independiente de la niñez y de la juventud. La generación de los que habían nacido en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial era una franja de población bastante particular y novedosa, que estaba predestinada a protagonizar un fenómeno cultural inédito. Primero, solo como consumidores y luego como protagonistas, estos chicos y chicas buscarían cortar de raíz el hilo de las tradiciones ancestrales para promover un nuevo comienzo que cambiara esa sociedad donde los conflictos bélicos podían destruirlo todo.

Esta radicalización juvenil se tradujo muchas veces en una ruptura de los vínculos familiares. Hubo padres que no concebían que sus hijos se apartaran de las convenciones, a partir de la influencia de un género musical que predicaba la libertad en el más amplio sentido de la palabra. Tampoco los credos religiosos fueron permisivos con esas voces que cantaban con desenfado y horadaban el núcleo sobre el que la fe construía su poder institucional: la patria potestad. Los años sesenta fueron el escenario en que se desarrollaron estas batallas silenciosas, que alcanzaron su máxima expresión en episodios como los vividos en París en mayo de 1968.

Hasta entrada la década del setenta, se mantuvo incólume la juvenilia rockera, que limitaba deliberadamente su alcance a los nacidos durante o después de la guerra y que consideraba como enemigos (o al menos sospechosos) a quienes peinaban canas. Los adultos, en su gran mayoría, rechazaban la estética y el contenido de los mensajes enviados desde el rock, un procedimiento que no hacía sino fortalecer la empatía entre los fans del género, porque se verificaba así que era algo que sólo les pertenecía a ellos y que estaba a salvo de la decrepitud.



Fue el movimiento punk el que puso las cosas en su lugar, cuando una nueva oleada de jóvenes desplazó a la primera promoción rockera, a la que consideraba ya aburguesada e insípida. Muchos de los pioneros superaban ya la barrera de los 30 años de edad y era lógico que, así como ellos habían hecho en su momento con sus mayores, viniera un vendaval adolescente a echarles en cara que ya no estaban en condiciones de liderar la revuelta. Sin embargo, la punkitud fue efímera, la industria discográfica recuperó el control del circuito y el rock siguió siendo eternamente juvenil, aunque gran parte de su público ya no lo fuera.

Se empezó a ver como algo natural que padres e hijos compartieran su afición por este tipo de música, y esas mismas canciones que antes habían separado a una generación de otra, ahora servían para unirlas. Esta mancomunión fue, además, promovida por el mercado, que recaudaba mucho más cuando conseguía que todos, sin distinción de edades, idolatraran a idénticos artistas o asistieran a los mismos conciertos y festivales. Con el correr de las décadas, también los nietos de los adelantados se sumaron a este ritual, sin que a nadie encontrara ningún problema en eso.

Hasta que apareció el trap. Y todo volvió a separarse otra vez. El viernes pasado, en 220 Cultura Contemporánea, actuó el dúo Flu Os (conformado por Ángelo y Benicio Mutti, nietos de Luis Alberto Spinetta), que encabezó una velada trapera donde quedó muy lejos cualquier resabio de la estripe del rocanrol a la que ellos se supone estarían condenados a pertenecer. Un auditorio predominantemente juvenil invadió las catacumbas que serpentean bajo la Plaza de la Música. Y con su presencia, intimidó a la gerontocracia que medio siglo atrás se espantaba ante la retórica de Almendra.

 

 



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