Alberto tiene ministerios

El candidato del Frente de Todos sigue de campaña, ahora proponiendo nuevos ministerios para su hipotético futuro gobierno, aunque se sabe que las intenciones suelen no acompañar la realidad.

Por Javier Boher
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ministerioEste espacio que se ha abierto entre las primarias y las generales sigue deparando sorpresas. A todo lo ya mencionado se suman nuevas cuestiones que parecen copiadas de la pulsión massista de anunciar medidas para el país imaginario que preside el candidato a diputado por Provincia de Buenos Aires. Alberto Fernández sigue comunicando sus propuestas a través de los medios, remarcando la inevitabilidad de su triunfo.

El “presidente encargado” (para robar esa forma institucional de la fracturada Venezuela en la que conviven dos presidentes) que ha sido encumbrado por la oposición kirchnerista continúa en la senda de las promesas para el brillante futuro que augura tanto para sus fieles como para el resto de los argentinos.

Ayer se viralizó parte de una entrevista en la que se refirió a cómo serían los ministerios en su hipotético gobierno. Ya no sólo opina -e influye- sobre el rumbo económico o las medidas tomadas por el gobierno en funciones, sino que además se empieza a repartir los cortes de una vaca que aún no ha sido faenada.



No sobran los cuadros “hipoalergénicos” entre los nombres que se barajan, porque la mayoría de los que pueden sonar en un gabinete no son exactamente los que llevan tranquilidad a los votantes (y a los actores externos). Con mucha astucia, evitó pronunciarse sobre los nombres de los que podrían asumir esas funciones, a excepción de que le gustaría sumar a Roberto Lavagna en economía.

Los ministerios de Alberto contemplarían la recuperación de algunos que fueron degradados a secretarías (como salud, cultura, trabajo y ciencia) para remarcar la importancia de esos sectores, aunque el mundo sabe que la existencia de una institución formal no necesariamente se condice con la realidad, como es el caso de la Armada Boliviana.

Además sumaría el ministerio de la vivienda y el de la igualdad (que arrancó como el de la mujer, casi como una recuperación de la mística de la Rama Femenina del Justicialismo, otro caso de declamación alejada de la realidad).

El primero de los propuestos suena exagerado, especialmente porque en el período anterior del kirchnerismo hubo más escándalos de corrupción vinculados a la vivienda (como Sueños Compartidos o la Tupac) que oportunidades de crédito para acceder al hogar, con la sola excepción del Procrear, esa especie de jubilación anticipada que recibieron los beneficiarios que se hicieron la casa con los fondos de la ANSES.

Sin embargo, el último es el más curioso, por ser algo propio de “1984” de George Orwell, que en la estructura burocrática contempla un Ministerio de la Verdad o un Ministerio de la Paz, justo lo que no existe a lo largo de la novela.

Un ministerio de la Igualdad suena casi tan distópico y autoritario como inútil, porque la igualdad se conquista con mejoras palpables, no obligando a que la gente no se desvíe de un ideal impuesto por algún iluminado.

Robert Michels enunció hace más de un siglo la llamada “Ley de Hierro de la Oligarquía”, asegurando que toda organización social derivará inevitablemente en un grupo que domine a otro. Así lo probó el comunismo en todas su versiones, desde la rigidez soviética hasta la apertura china, siempre dejando que algunos disfruten mejores condiciones de vida que otros.

La igualdad es un valor que sólo sirve si va de la mano con la libertad: no se puede ser libre si no se dispone de la igualdad material y de derechos, pero tampoco se puede ser igual si no se tiene la libertad de elegir ser distintos. Así lo entendía la izquierda originaria, surgida de la Revolución Francesa, no su versión soviética, stalinista y estatista.

Puestos a pensar en ministerios de cosas que existen en papeles y en declaraciones, tal vez podría hacer un Ministerio del Pato, ya que nuestro deporte nacional prácticamente existe sólo como exhibición. También podría haber un Ministerio de Libertad de Prensa, para darle forma al sueño kicillofiano de que toda la información esté en manos del Estado por ser un bien público.

Por qué no probar con un Ministerio de Libertad de Conciencia, para garantizar que la obra de coordinación del pensamiento nacional que llevó a cabo Ricardo Forster desde la secretaría creada para tal fin encuentre nuevamente cauce.

Sería importante que se mantengan esos históricos ministerios declamativos, como el de Justicia, el de Educación, el de Defensa o el de Economía, que existen en un organigrama y no se reflejan en los resultados.

Sea como sea, probablemente lo mejor para todos llegue si el funcionamiento de los ministerios efectivamente se contradice con el nombre elegido. Quizás con esa lógica estemos ante las puertas de la reconciliación nacional, al menos si es real aquella historia que contó Carlos Pagni sobre Hugo Moyano, que ya habría reclamado para sí una nueva cartera: el Ministerio de la Venganza.



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