Un negociante francés pasó en 1812

Jullien Mellet no era como los viajeros cultos y distinguidos que solían visitar esta región en el siglo XIX. Este francés más bien sencillo y con instrucción básica, visitó Córdoba, entre otras provincias, y luego publicó sus apuntes.

Por Víctor Ramés
[email protected]

Portada y firma impresa de Jullien Mellet en su libro de 1824: “J. Mellet, dit L’Americaine”.

En 1824 se publicó en Paris un volumen firmado por Jullien Mellet, titulado Voyages dans l’intérieur de l’Amérique Méridionale. Allí su autor relataba doce años de viajes por América del sur, a partir de 1808 en que desembarcó en Montevideo y luego su recorrido por la Argentina en 1812, seguido de otros viajes por la región. Junto a la firma impresa que acompañaba la edición del libro, Mellet ponía “dit l’Americain”, o sea que era conocido como “el Americano”, probablemente por sus compatriotas.
Poco se sabe sobre quien lo escribió. Jullien Mellet -se lee en los Anales de la Universidad de Chile de 1882- fue “un negociante francés que recorrió una parte de la America del Sur, Montevideo, el Paraguai, las provincias Arjentinas, Chile, el Perú, Guayaquil, Quito, Nueva Granada, Jamaica i Cuba. Aunque observador poco atento, i al parecer de mui escasa instrucción, ha consignado algunas noticias útiles para la historia de la revolución hispano-americana”.
En la introducción explica Mellet que se vio obligado a trasladarse sin pausa “por las diferentes provincias de esta vasta parte del nuevo mundo”, lo cual le permitió “estudiar las costumbres, el carácter y los usos de sus habitantes”. Parte de su narración se interesa por “la manera de viajar en estos climas, el peligro que se corre en ciertos parajes, las distancias que separan a las ciudades de las aldeas y villorrios, su población diversa, la rica producción del suelo, las artes que pueden allí florecer y, en fin, las diversas ramas del comercio que se realiza.”
Partiendo desde Buenos Aires, Mellet tomó en 1812 el camino de postas hacia el oeste, iniciando una travesía que lo llevaría por las provincias del centro hacia el noroeste argentino, en que recorrió Córdoba, Tucumán, Salta, La Rioja, San Juan y Mendoza, antes de cruzar la cordillera hacia Chile.
Lo que sigue son los párrafos correspondientes a su pasaje por Córdoba.
“De Punta de San Luis seguí a Córdoba, situada a 128 leguas al S. O. de San Miguel de Tucumán y a 150 N. O. de Buenos Aires. Debo aquí observar que, desde la pasada del río de los Saladillos, me había apartado de mi dirección; como mis negocios me llamaban a estos lugares, me decidí a recorrerlos, aunque opuestos a mi primer destino. Creo deber hacer esta observación a fin de evitar toda mala inteligencia. Córdoba, ciudad muy hermosa y muy aseada, es también muy agradable porque goza de excelente temperatura. Está gobernada por un coronel, que tiene el título de gobernador civil y militar, y por dos alcaldes mayores; además tiene un obispado. Todas las casas son de una blancura tal que a cierta distancia se las tomaría por montones de nieve. Hay varias iglesias y muchos conventos religiosos muy ricamente adornados. Su principal comercio consiste en una especie de género llamado bayeta semejante al fustán de España. También se fabrican allí muchas telas de algodón, que llaman tocuyo, el que no se diferencia de nuestras telas de ropa interior sino en que no son de hilo. Esos dos artículos de gran interés para la ciudad son solamente trabajados por las mujeres, pues los hombres tienen los mismos defectos que los de Punta de San Luís [se refiere Mellet a que son perezosos]. Las campiñas que rodean esta ciudad están cubiertas de toda especie de vacunos, caballos, mulas, asnos etc. Los animales lanares son también muy numerosos y se hace gran comercio con Mendoza. La caza es aún muy común, pero las frutas son muy escasas, aunque hay árboles en abundancia. En los alrededores se encuentra un mineral que tiene gran semejanza con el vidrio y no dudo de que, trabajado, se le podría emplear en el mismísimo uso. Hay también una especie de animal que se llama zorrilla [se refiere al zorrino], y tiene el aspecto de la comadreja, pero cuando se irrita, con los pelos se forma una especie de cuernos en la cabeza. Un día que pasaba a caballo cerca de uno de esos animales, sin saber lo que era, bajé del caballo para tratar de atraparlo, ya que lo encontraba curioso; me miró sin moverse y lo tomé sin la menor resistencia de su parte. Satisfecho de haberlo atrapado, comencé a acariciarle sin esperar para nada lo que iba a suceder. De repente exhaló un olor tan fétido que me sofocó por un instante. Arrojé al animal con tanta violencia que no volvió a levantase. Creía que lavándome se iría el insoportable olor; pero mientras más me lavaba, más se acentuaba la hediondez hasta el punto de que durante cinco o seis días nadie pudo acercarse a mí. Era tan fuerte el olor que yo mismo no podía soportarme. Supe por algunas personas a quiénes referí lo que me había sucedido, que era la orina que ese animal me había arrojado mientras lo acariciaba lo que producía ese efecto. Se caza este animal para obtener su piel con la cual se hacen gorros. Como no tiene ningún medio de defensa, lanza su orina al aproximarse el cazador, y con eso lo detiene.
(…)
Los mercaderes y artistas, de que he hecho mención, son muy buscados en Córdoba y ahí encontrarían el fruto de sus trabajos e industrias. Observaré que en esta provincia como en muchas otras, cuando uno o muchos viajeros llegan y tienen necesidad de tomar algún alimento, se ven obligados, a causa de la falta de hoteles, a dirigirse a las casas particulares donde se les da de comer lo que piden, excepto bebida, que no se les puede ofrecer, ya que es ahí muy escasa. Si los viajeros la desean se ven obligados a mandar buscarla con algún comisionado que pagan a su costa. Esas gentes no exigen nada por los gastos que se hacen en sus casas. Si se les ofrece dinero no lo admiten; pero si se les da de beber, aceptan este ofrecimiento con placer: es una atención que ningún viajero debe vacilar en hacerles. Se podría quedar en casa de ellos a voluntad sin ‘ hacer el menor gasto. Los viajeros, aún, cuyos caballos están heridos o fatigados pueden cambiarlos por otros en las mismas partes donde han tomado sus alimentos, Instruido por los habitantes de ese país, de que el viaje a Tucumán podría ser favorable a mis intereses, no vacilé en emprenderlo.”



Dejar respuesta