La interna peronista vuelve a la imberbización política

Las múltiples internas en el peronismo unido se presentan como una amenaza en caso de que el Frente de Todos alcance finalmente el gobierno, recordando las historias de mayo de la juventud de los ‘70.

Por Javier Boher
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Mayo es un mes importantísimo en nuestro país. Es el mes del primer gobierno patrio, el del Cordobazo (que fue más que el principio del fin para el gobierno de Onganía) o el del Día del Trabajador.
El 25 de mayo de 1973 fue el día de la asunción del odontólogo de San Andrés de Giles, Héctor José Cámpora. El hombre, mano derecha de Juan Domingo Perón, supo alcanzar esa posición por no haberse desencantado de las ideas del peronismo como Cooke (que prefirió ir a hacer la revolución a Cuba) ni haber pretendido abrirse del movimiento como Vandor (al que no le dieron tiempo de ponerse en caja porque lo mandaron al cajón).
30 exactos años después asumió Néstor Kirchner, lo que ayudó al simbolismo de la juventud que decidió sumarse a su proyecto, con esa organización que dieron en llamar “La Cámpora”. Esa nueva generación de militantes se referenciaba en aquella otra que fue echada de la Plaza de Mayo el 1° de Mayo de 1974, en ocasión del acto por el Día del Trabajador.
Este breve repaso histórico no es más que un ejercicio pedagógico en la búsqueda de regularidades (en realidad, coincidencias) en los eventos del pasado para proyectarlas en las perspectivas a futuro.
La gran incógnita tras las PASO es qué podría pasar con un peronismo que se ha unido para ganar la elección (cosa que, aunque muy probable, todavía no ha ocurrido) pero sin resolver previamente sus múltiples internas. El kirchnerismo en una posible cuarta etapa se debate entre profundizar un estilo para entrar en un tercer cristinato o arrancar para otro lado con un primer albertinato.
Los desencuentros son claros y evidentes a cualquiera que haga foco un poco más en las diferencias reales que en los discursos de campaña. Las fórmulas vacías de “poner plata en el bolsillo de los argentinos” o “el futuro se construye con todos” no alcanzar a esconder que ese “todos” seguramente excluya a “algunos”.
Hoy el peronismo ha llevado como candidatos más votados a un liberal cavallista como Alberto Fernández, acompañado en su fórmula por Cristina Fernández, formada en la lectura de las obras de Jorge Abelardo Ramos y en la ideología del Frente de Izquierda Popular. En provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof y Verónica Magario, economista autodenominado marxista e hija del tesorero de Montoneros, respectivamente.
Si se piensa en que esta última pareja sería la responsable de conducir el distrito más caliente del país, con más de un tercio de la población del país y los mayores índices de conflictividad, la posibilidad de condicionar al futuro gobierno nacional es más una certeza que una incógnita. La relación se anticipa complicada si antes no se resuelve la forma en la que se tomarán las decisiones para definir políticas duras en lo referente a economía. Si para Kicillof la inflación no es un fenómeno monetario, ¿qué le garantizaría a Alberto que Axel no emitiría moneda provincial en forma de bonos?.
La distancia ideológica que existe entre los distintos sectores del peronismo en su última fase se complejiza si se suma la ortodoxia de un sindicalismo que defiende convenios y prácticas de la era preinformática, junto a organizaciones de derechos LGBT o prolegalización del aborto, y la iglesia (como estructura tradicional y conservadora).
Mientras todos repiten que era necesario ampliar al viejo Frente para la Victoria para incluir a más gente en el nuevo Frente de Todos, no queda claro si lo dicen con alegría (por la ampliación de voces y la disidencia interna) o si lo dicen resignados (como una concesión electoral estúpida). ¿Saben en qué se están metiendo cuando meten a todos en el mismo proyecto?.
Podríamos llamar “imberbización de la política” a ese uso de las fuerzas revolucionarias de la juventud con fines estrictamente electorales y como mecanismo legitimador de las ambiciones personales, para descartarla posteriormente. Así lo entendió Perón en su exilio, y así lo ejecutó Cristina desde su presidencia.
Aquella ambición de Perón -como hoy la de Cristina- por hacerse con el poder generó las condiciones para el caos posterior. Aunque las condiciones hoy son diferentes, la juventud es la verdadera fuerza dinámica tras la fórmula Fernández bis. Es, también, la que puede salir perdiendo si el “salariazo y la revolución productiva” que prometen hoy sucumbe a las directrices de un gobierno más a tono con su presidente y los peronismos ortodoxos que con la vice y la nueva izquierda.
La salida, de no ser negociada, será traumática: acorralar a la líder de una generación que antepone la ideología a la racionalidad y el sentido común ya se ha probado ineficiente. Los conflictos deben procesarse si quieren eliminarse.
Si Cristina ya negoció su paso al costado en busca de impunidad, tal vez pueda usar su liderazgo mesiánico para encauzar a los desencantados por un camino de mesura y resignación. Seguramente, y de triunfar, los 142 días entre el 10 de diciembre y el 1° de mayo se terminarán convirtiendo -por esos caprichos de la historia- en la previa al desenlace de esa interna que hoy amenaza a un gobierno en potencia.



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