El dilema de abandonar la neutralidad schiarettista

El peronismo ha sido pionero en el arte de la neutralidad. Todavía se recuerda que, durante la segunda guerra mundial, el régimen surgido tras la revolución de 1943 (del cual Juan Domingo Perón fue parte activa y principal beneficiario) hizo de aquella condición una verdadera política de Estado que, en realidad, ocultaba una decidida simpatía por el Eje.

Por Pablo Esteban Dávila

El peronismo ha sido pionero en el arte de la neutralidad. Todavía se recuerda que, durante la segunda guerra mundial, el régimen surgido tras la revolución de 1943 (del cual Juan Domingo Perón fue parte activa y principal beneficiario) hizo de aquella condición una verdadera política de Estado que, en realidad, ocultaba una decidida simpatía por el Eje.
Salvando las enormes distancias con el precedente, Juan Schiaretti hizo también campaña detrás de la bandera de la neutralidad durante las PASO, reclamando el voto para su lista corta de diputados nacionales. No obstante que su discurso de prescindencia no tuvo, en general, fisuras, muchos analistas sospechaban que, en el fondo, las preferencias del gobernador se inclinaban por Mauricio Macri antes que por su nominal compañero Alberto Fernández. Para muestra, basta comparar la fría recepción que le prodigó a este en el Centro Cívico con la cena pública obsequiada al presidente en El Papagayo.
Las razones eran evidentes y no revestían secreto alguno. Los Kirchner cometieron mil y una tropelías en contra de la provincia, que sufrieron los cordobeses en general y José Manuel de la Sota y él mismo en particular. Además y después de diciembre de 2015, la administración macrista se preocupó genuinamente por mantener los mejores vínculos con el gobierno mediterráneo, aportando buenos modales y promesas de asistencia financiera para los proyectos que se encontraba ejecutando el gobernador. Aunque la mayor parte de aquellos fondos nunca llegaron, el contraste con las gestiones de Cristina no podría haber sido mayor.
Todo esto se derrumbó tras los resultados de las elecciones primarias. Luego de la sólida victoria del Frente de Todo a lo largo y ancho del país, la previsible preferencia de Schiaretti por Macri devino abstracta y deberá ser, en los sucesivo, motivo de especulaciones académicas. Lo incontrastable es que la neutralidad militante del peronismo local se encuentra ahora en jaque, amenazada por diferentes tensiones dentro del propio oficialismo.
En efecto, son muchos los dirigentes que sostienen que es hora por proclamar el apoyo a los Fernández antes de que sea demasiado tarde. Sus argumentos son, en líneas generales, comprensibles. Una manifestación del gobernador en este sentido sería un golpe demoledor para Juntos por el Cambio y dejaría a la coalición oficialista sin chances de cara a octubre. En este razonamiento, el próximo presidente no podría menos que elevar a Schiaretti al podio de los héroes, dándole con todos los gustos. De igual manera la provincia tendría, pese al cambio de gestión, el mismo estatus del que supo gozar bajo el gobierno de Macri, y el justicialismo cordobés recobraría la influencia perdida dentro del partido nacional.
Antes de las PASO esta era una posición minoritaria. Con la sola excepción de Carlos Caserio y algún intendente, casi ningún otro referente se atrevía a postular abiertamente un alineamiento con el Frente de Todos especulando, previsiblemente, con la paridad que anunciaban las encuestas. Pero la contundencia de los resultados ha despejado aquellas prevenciones y el clamor por el fin de la neutralidad se hace cada vez más fuerte. La conversación que mantuvo el candidato con el gobernador (conocida ayer por boca de Alberto F.) alienta estas esperanzas.
Decirlo es fácil, pero hacerlo es otra cosa. El 47% de apoyos que recibió Fernández en el país tiene su exacta contracara en el 48% que votó por Macri en la provincia. Schiaretti comparte muchos de esos electores con el presidente, lo que lo obliga a andar con cuidado. Aunque, como se dijo ayer en esta columna, el gobernador no los necesitará en lo inmediato, a los cordobeses parece no darle lo mismo lo que hagan sus representantes, especialmente en la relación que mantengan con el kirchnerismo. Basta releer los chats de WhatsApp que ensalzaron el particularismo provincial luego de conocida la votación para comprobar que un viraje de 180° no sería inocuo para su imagen.
En pocas palabras: abandonar la neutralidad a favor de los Fernández supondría quedar bien con la mayor parte del justicialismo y mal con la mayoría de los cordobeses. Este es el dilema que afronta el gobernador, aunque comprenda cabalmente las ventajas de un pronunciamiento taxativo en las presentes circunstancias. Es un balance que debe realizar in péctore, so riesgo de democratizar una decisión que fue presentada como inapelable.
Existe, además, otro motivo para obrar con cautela. Schiaretti pronto será afectado por el síndrome del Pato Rengo, una patología que afecta a los gobernantes sin reelección. Parte de su sintomatología consiste, precisamente, en la aparición de fisuras en los aparatos de poder ante la perspectiva del inevitable recambio institucional. Si cediese, en este momento, ante quienes le urgen una definición presidencial, daría un paso en el sentido de su propio debilitamiento. Va de suyo que obrar de tal manera no sería conveniente, especialmente cuando ha desplegado una inteligente política de contrapesos internos para evitar la aparición de alguna figura excluyente que dispute su liderazgo.
Esto se ha visto claramente con el exitoso experimento de Martín Llaryora en la ciudad de Córdoba. El sanfrancisqueño, amén de las prevenciones que existían en su contra, fue electo intendente de la capital y será el primer peronista desde 1973 en gobernarla. Sin embargo, el diseño político de Schiaretti fue más allá, nominando al experimentado Daniel Passerini como viceintendente y virtual relevo de su propio compañero de fórmula. Algo similar ha ocurrido con Manuel Calvo quién, un tanto sorpresivamente, fue escogido como su vicegobernador para el mandato que comenzará el próximo diciembre, sumando su nombre a la lista de quienes pugnarán por sucederlo dentro de cuatro años.
Este empeño en estructurar relaciones de equilibrio dentro de la fuerza denota una vocación por ejercer el poder efectivo hasta último momento, todo un mandato del arte de la política. Acceder a generar un debate sobre la conveniencia de mantener la neutralidad decretada oportunamente podría ser contrario a tal principio, generándole un problema que hoy no tiene. Esto no significa, sin embargo, que no pueda aflojar el lazo de quienes están ansiosos de trabajar por Fernández dentro de un planteo orgánico. La dosis de flexibilidad que ponga de manifiesto en lo sucesivo será una muestra de hasta donde está dispuesto a poner a prueba la firmeza de su conducción.



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