Los intereses en juego acercan a Schiaretti y Fernández

La neutralidad previa a las PASO, otrora una decisión inteligente y, hasta cierto punto, inevitable, puede transformarse con el correr de los días en un empecinamiento sin ventajas evidentes, máxime cuando las últimas medidas de la Nación, lejos de ayudarlo, contribuyen a desfinanciar las cuentas propias.

Por Pablo Esteban Dávila

El batacazo electoral de los Fernández ha puesto en apuros a Juan Schiaretti. Aunque el gobernador logró, dado el contexto, una elección razonable de su lista corta en la única provincia que se mantuvo firmemente macrista, el futuro luce sombrío para su neutralidad presidencial.
Detrás del 47% de Alberto Fernández no sólo aparece el rechazo a las políticas económicas del gobierno nacional sino también la unidad del peronismo. Este es un dato insoslayable y constituye, probablemente, el mayor acierto estratégico de Cristina al declinar su propia candidatura y favorecer la de su ex jefe de gabinete. Con la expresidenta al frente, difícilmente el justicialismo se hubiera alineado; Alberto resultó el salvoconducto que buena parte del partido esperaba para retomar su eterno romance con el poder sin complejos ideológicos.
Si, como señalaban las encuestas previas, las PASO hubieran terminado en algo parecido a una paridad, Schiaretti no tendría el problema que tiene entre manos. El presidente Macri conservaría sus iniciales chances de ser reelecto y, con tal posibilidad, la prescindencia del gobernador se cotizaría más que nunca. Pero, en el actual escenario, esta opción se encuentra devaluada. Desde el punto de vista del más crudo interés político, un potencial alineamiento con Fernández se hace cada vez más atractivo.
Dar un paso semejante tiene, como es natural, un costo. Los votos de Schiaretti provienen de diferentes canteras y, entre ellos, sobresalen los que comparte con el presidente. Es obvio que a este segmento de apoyos no le gustaría en absoluto que se desdijera de sus anteriores prevenciones sobre el kirchnerismo. Sin embargo, y siempre desde una perspectiva local, estos votantes han dejado de ser lo relevantes que solían ser. El Centro Cívico no tiene compromisos electorales hasta 2023 y, para aquel entonces, el gobernador no podrá ser reelecto. La partida provincial se ha saldado hace tiempo conforme a sus planes.
Esta holgura política permite suficiente flexibilidad como para que muchos dirigentes del PJ especulen con la conveniencia de pronunciarse antes del compromiso de octubre. El cálculo es simple: cuanto antes cumplan con el ritual del besamanos más rédito obtendrán cuando Alberto F. se calce la banda presidencial. Además, ninguna de estas expresiones de lealtad tendría que ser acompañada, forzosamente, por un simétrico compromiso de militar a favor del tramo a diputados que encabeza aquel otro Fernández, Eduardo, por completo ajeno a la historia del justicialismo. La apuesta por la lista corta del peronismo cordobés continuaría siendo intangible así se optase activamente por el candidato del Frente de Todos.
La posibilidad suma presión al gobernador. Aunque sus dirigentes se mantienen unidos en torno a los diputados de Hacemos por Córdoba, las crecientes manifestaciones internas de apoyo a Fernández pueden tener el efecto de transformar su neutralidad en un islote cada vez más irrelevante dentro del archipiélago peronista.
Existe otro aliciente para definirse y que excede lo político. El gobierno provincial es una de las víctimas silenciosas de la crisis económica que ensombrece el actual panorama. Amén de sus obras (claves en el triunfo del 12 de mayo pasado), el precio que ha debido pagar por su concreción es el incremento de la deuda nominada en dólares. Cada devaluación del peso es letal para la salud financiera de la jurisdicción que, para colmo de males, advierte que la recaudación propia no crece al ritmo que se necesita, producto, precisamente, de la caída de la actividad. Este panorama aconseja abrir el paraguas antes de que se desate el aguacero.
No se trata de una simple figura retórica. En los dos próximos años Córdoba deberá contar con recursos frescos, provengan de su propio tesoro o desde el gobierno nacional. La buena sintonía con Macri, a este respecto, no ha significado mucho. Pese a sus múltiples promesas, los fondos federales se han hecho rogar y llegado a cuentagotas, cuando efectivamente lo han hecho. El ministro Osvaldo Giordano se queja amargamente por lo que, señala, son los incumplimientos seriales de la Casa Rosada para con obras de financiamiento conjunto. Si Fernández asumiera efectivamente la presidencia, Schiaretti dependería enteramente de su arbitrio para que hiciera efectivos los compromisos asumidos por su antecesor. Es mucho dinero el que está en juego y es vital para transitar su tercer mandato no consecutivo en paz.
Desde el campamento del Frente de Todos se persigue, aunque con sigilo, el efectivo apoyo del gobernador. Fernández no ha dejado de insistir, por todos los medios a su alcance, que su eventual gobierno no cometería los errores del pasado en su relación con la provincia.
Córdoba sigue siendo un bastión macrista a despecho de su voto local por el peronismo y, como tal, una potencial fuente de resistencia. La historia reciente indica que la política del látigo, lejos de doblegarla, no hizo otra cosa que potenciar el particularismo mediterráneo, por lo que es imprescindible probar con estrategias de seducción.
Existe otra pulsión que, en el cálculo de largo plazo, motivaría a Fernández a extremar sus intentos de acercarse a Schiaretti. Si lo que se observó en las PASO efectivamente se concretase en octubre, Axel Kiciloff asumiría como gobernador de Buenos Aires, lo cual sería una noticia con lecturas ambiguas. El camporista no forma, en la actualidad, parte de sus potenciales leales ni, en el futuro, le tributaría el reconocimiento que un presidente clásico debería concentrar espontáneamente. No puede soslayarse que el faro de Kicillof es Cristina, no Alberto. Este hecho lo obligaría a construir un eje entre el electo gobernador de Santa Fe, Omar Perotti, y su colega cordobés, de modo tal de cohonestar la falta de organicidad que podría sospecharse del exministro de economía ya instalado en La Plata.
Las grandes tendencias sugieren, por lo tanto, que un acercamiento entre Fernández y Schiaretti sería mutuamente conveniente, especialmente ahora que la estrella de Mauricio Macri parece extinguirse sin remedio. La neutralidad previa a las PASO, otrora una decisión inteligente y, hasta cierto punto, inevitable, puede transformarse con el correr de los días en un empecinamiento sin ventajas evidentes, máxime cuando las últimas medidas de la Nación, lejos de ayudarlo, contribuyen a desfinanciar las cuentas propias. El sistema vascular que lo mantenía próximo a la Casa Rosada parece estar ingresando, inexorablemente, en una fase de insuficiencia.



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