Populistas somos todos

El neopopulismo de Macri tiene otro efecto paradojal. En la práctica significa hacerle un corte de manga al programa acordado con el FMI por el propio gobierno, lo que significa una renegociación de facto.

Por Pablo Esteban Dávila

A juzgar por los resultados de las PASO del domingo pasado, un tercio del del país tiene terror de regresar al populismo y, medida con la misma vara, igualmente la mitad de la provincia de Córdoba. Si a esta certeza se le suma la disparada del dólar, debe asimismo concluirse que los mercados piensan de la misma manera. El propio presidente Mauricio Macri agita el fantasma populista para acicatear a sus votantes y recuperar los que ha perdido. No es aventurado pensar que, en octubre, la campaña oficialista pivoteará sobre este eje temático.
Acicateada por este pavor, no sorprenden las reacciones de la parte del país que, pese a la crisis, renovó su confianza en el gobierno. Los antecedentes institucionales y económicos del kirchnerismo no son, precisamente, alentadores, y el 47% de los votos obtenidos por el Frente de Todos presagia nuevos intentos hegemónicos. La moderación de Alberto Fernández se encuentra, todavía, dentro del campo experimental; no es ninguna garantía para los que se atormentan pensando, con total sinceridad, en que la Argentina puede volver a los excesos K tan pronto como en diciembre.
Lo paradójico del asunto es que Macri se encuentra trabajando para evitar este retorno apelando, precisamente, a recetas populistas. Y, aún más extraño, es que los mercados y sus propios votantes ven con agrado esta metamorfosis política como si, en el fondo, el populismo fuera aconsejable cuando se trata de ganar elecciones o torcer un proceso electoral adverso.
No hace falta apelar a ninguna ironía para desenmascarar la verdadera naturaleza de las medidas económicas anunciadas por el presidente en las últimas horas. Aumento del mínimo no imponible de ganancias para la clase media, dos mil pesos de descuento para los aportes jubilatorios de los asalariados que no pagan aquel impuesto y mil pesos de incremento para los beneficiarios de la AUH, como si cada sector social tuviera su precio. Son iniciativas destinadas a poner más dinero en los bolsillos de la gente a costa de incrementar el déficit fiscal, la raíz de todos los males argentinos.
Estas medidas se complementan con otras todavía más opinables. En este sentido, el congelamiento de las tarifas de los servicios públicos -aunque dispuesto antes de las PASO- y del precio de las naftas (una variable que, en teoría, es libre) se inscriben dentro de las mejores tradiciones intervencionistas. En este último caso, y dada la previsible resistencia de las petroleras, el gobierno ha amenazado, inclusive, con recurrir a la inservible ley de desabastecimiento sancionada en 1974 y blandida en más de una ocasión por Guillermo Moreno -ahora aparentemente reivindicado- ante temblorosos empresarios. Debe recordarse, al respecto, que el exministro de Energía Juan José Aranguren se hizo famoso, en los años del kirchnerismo, por resistirse a la aplicación de este tipo de imposiciones cuando fungía como el mandamás de Shell Argentina.
Algo similar sucede con las cuotas de los préstamos UVA que, para cierto tipo de deudores, también permanecerán sin variaciones hasta fin de año. El Estado subsidiará la diferencia entre lo que pagarán y lo que deberían pagar a los bancos, lo que equivale a decir que quienes no tomaron este tipo de créditos deberán “colaborar” a través de sus impuestos para beneficiar a los que sí lo hicieron. Es inevitable sentir un déjà vu al reflexionar sobre este tipo de políticas.
El paquete post-PASO de la Casa Rosada avanza, asimismo, sobre temas considerados tabúes por casi todos los economistas de peso. La exención del IVA a cierto tipo de alimentos es uno de ellos. No obstante que el anuncio es fuerte (y que también contribuye a profundizar el déficit), sus efectos en la economía real puede que sea bastante relativo. Nada garantiza que los productores ni los comerciantes reduzcan los precios en la proporción del impuesto eximido, ni que el Estado pueda controlar el cumplimiento de esta promesa góndola por góndola. El rebrote inflacionario, para hacer más complejo el panorama, impedirá un cotejo efectivo del impacto final de la medida dado que, en términos simples, la inflación destruye el sistema de precios relativos independientemente del componente impositivo dentro de cada producto.
El neopopulismo de Macri tiene otro efecto paradojal. En la práctica significa hacerle un corte de manga al programa acordado con el FMI por el propio gobierno, lo que significa una renegociación de facto. Es lo mismo que quería Alberto F. y Roberto Lavagna, ni qué decir de la Nicolás del Caño. Aunque no es la primera oportunidad que la Argentina incumple con el Fondo -en realidad, casi nunca lo ha hecho- sorprende un tanto el advertir que es la segunda vez en un año que la Casa Rosada utiliza a esta institución financiera como variable de ajuste de la economía doméstica y no al revés, que es lo que siempre pregona la izquierda.
Todas estas novedades, que borran de un plumazo tres años de postular lo contrario, están siendo aceptadas como naturales por los mismos actores que, antes de las PASO, las hubieran descalificado como demagógicas e irresponsables. Así, los mercados aparentan tranquilizarse y muchos sectores de la clase media, disgustados por los incesantes ajustes y la crisis económica, comienzan a hacer cuentas y razonar que, en el fondo, el presidente puede que no sea tan malo. El inicio de algún diálogo civilizado con el ganador del domingo pasado es, asimismo, una señal auspiciosa de que, al menos, existe algún puente para evitar males mayores.
La novedad de que Macri se esté traicionando a sí mismo habla de improvisación pero también de un sano instinto de conservación. Antes de las elecciones, y considerando los datos proporcionados por las consultoras (hoy parte del museo de las más colosales pifias predictivas) podía ufanarse de ser el único presidente no peronista en la historia con chances de reelección en medio de una recesión, verdadera rara avis dentro de la historia política nacional. Sin embargo, este supuesto resultó ser mortalmente inexacto, lo que supuso adoptar criterios que, de no haber existido la debacle, seguramente no habrían sido considerados. Después de todo, el poder no perdona a quien decide inmolarse sin haber agotado todos los recursos disponibles para permanecer en él.
El hecho es que, en las próximas semanas, habrá 40 mil millones de pesos que contribuirán a paliar las consecuencias que dejó el triunfo kirchnerista y, tal vez, a cimentar las chances del gobierno por forzar un balotaje, hoy decididamente lejanas. La situación es tan grave que el macrismo está dispuesto a aceptar la emergencia de su propio ideario con tal de privar al Frente de Todos de una victoria en primera vuelta, una sensación que se homologa a los agentes financieros, súbitamente keynesianos. Una sola cosa se ha vuelto segura en un país en el que nada puede darse por sentado: por convicción o por espanto, populistas somos todos. Es una batalla cultural que, cada vez que se ha intentado librar, se ha perdido por goleada, con las consecuencias a la vista.



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