La senadora las ve negras

El imaginario racial sobre el que se construyeron el peronismo y el antiperonismo parece mantenerse vivo, incluso entre quienes dicen no compartirlo.

Por Javier Boher
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El mundo está en una cruzada contra el racismo desde hace décadas. El promocionado caso sudafricano, en el que se trató de construir una “nación del arcoiris” que incluya a todos es el mejor ejemplo del optimismo que se convirtió en espíritu de la década del ‘90. El fútbol de esa época se preocupó de decirle “NO al racismo” en las canchas y campañas.
Nuestro país, de larga historia migratoria, siempre supo aprovechar la diversidad cultural y étnica de su pueblo. Europeos, asiáticos, africanos o latinoamericanos, todos llegaron acá con las mismas ilusiones y a sufrir los mismos imprevistos que los que estaban desde antes.
Sin embargo, pese a la universalidad de la escuela pública o la acción homogeneizadora del servicio militar obligatorio, la cuestión racial siempre estuvo presente en Argentina. Las ideas de parte de esos inmigrantes, sumado a los preconceptos de los criollos que se sentían mejores que los que llegaban después, transmutando en una cuestión clasista de la blanca aristocracia porteña frente a la morena población del interior.
En la construcción de esa antinomia pueblo-oligarquía, el peronismo construyó un curioso imaginario racial que fue abrazado por sus rivales de entonces. La grieta entre peronismo y antiperonismo expresó también -para algunos sectores- una cuestión racial de aristocracia europeísta frente a un nacionalismo de raíz popular y cabecitas negras.
Esa absurda idea, sin embargo, existe bastante distribuida en la población. No son pocos los que, sin nombrarlo, parecen acordar con tal afirmación. De hecho, gran parte de la militancia progresista de la última década ha adoptado esa postura, como si se tratara de que ellos (blancos civilizados que tuvieron otras posibilidades por su origen social) son los que pueden entender el sentimiento del vulgo, las preocupaciones y problemas que “los otros que vienen del mismo lugar que nosotros” no entendieron.
Tal afirmación, que suena exagerada, se materializó en las celebraciones tras las elecciones el domingo. Mientras los bombos y las banderas hacían de marco litúrgico a la reunión del festejo por el triunfo peronista, la senadora rionegrina Silvina García Larraburu miró a su alrededor y tomó el micrófono para dirigirse a la militancia patagónica.
“Quiero agradecerle (…) a mi padre, que me enseñó lo que era el peronismo”. Cuando todos se emocionaban por la voz entrecortada de la barilochense, siguió: “aunque a veces el aspecto me juegue en contra, porque esto de ser rubia, un poco alta… pero soy peronista hasta el hueso”. La cara de la ex reina de la nieve 1986 se transformó en ese mismo momento, tomando conciencia de la barbaridad que estaba diciendo.
En una ciudad con un oscuro pasado nazi como Bariloche, más las actuales tensiones entre mapuches con reivindicaciones étnicas y los propietarios de las tierras, sumado a una dictadura internacional de la corrección política, eso es mínimamente llamativo. Que los abanderados de los humildes y los marginados digan cosas de ese tenor no debería pasarse por alto.
Por supuesto que en el contexto actual del país esas cosas son minucias que difícilmente afecten al único color que parece importar desde el lunes, el verde del dólar. Sin embargo, no parece un detalle menor cuando hace poco más de un año salieron a pedir una rectificación presidencial y un juicio de Nüremberg por decir que los argentinos éramos descendientes de europeos.
¿Qué habrá pasado por la cabeza de la senadora para decir eso en ese momento? ¿Habrá sentido algo de pena por el derrotado presidente de ojos claros? ¿No sentirá nada por la prisión de Milagro Sala? ¿Qué hará después de los actos con la militancia que contrasta con su autopercepción racial?. Son demasiadas preguntas que es mejor ni siquiera intentar responder.
La doble vara con la que se miden los exabruptos de unos y otros vuelve a aflorar para condenar o perdonar según quién sea el que se pronuncia. Los imaginarios sobre los que se construyeron las identidades políticas parecen mantenerse incólumes, aunque ocasionalmente puedan despertar reacciones.
Lo folklórico del choripán, el colectivo o el clientelismo tiene la particularidad de no hacer distinciones raciales, sino justamente universalizar a todos en un conjunto de prácticas políticas (que además existen en casi todas las fuerzas políticas).
Ese tipo de discursos como el de la senadora, en un mundo en el que florecen la xenofobia y el racismo de mano del populismo barato y universalizante, se pueden convertir en un peligro por su transversalidad, atravesando todo el arco ideológico. Como están las cosas, no sería el mejor combustible para echarle a este incendio.



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