Paolo Mantegazza cruza la monótona pampa (Segunda Parte)

El joven antropólogo respira su viaje hasta el tuétano. Describe la travesía de la llanura con páginas notables, describe los incendios cordobeses, y con su mirada también abarca la impronta religiosa local.

Por Víctor Ramés
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Retrato de Paolo Mantegazza en Italia, ya un científico reconocido hacia fines del siglo XIX.

Paolo Mantegazza construye una mirada sobre la provincia y la ciudad de Córdoba en base a una serie de recuerdos superpuestos de sus viajes, de entre 1826 y 1863, aproximadamente. Sin duda tomaba apuntes que le fueron de provecho en la redacción final del libro, en 1866-67. Si nos aproximamos a sus páginas sobre la travesía pampeana, Córdoba adentro, notamos la autoridad de sus observaciones y descripciones a la vez de hechos, sensaciones, sentimientos.
“¡Cuántos profundos suspiros arranqué del corazón, cuando en medio de la Pampa, al caer el mediodía, me echaba a tierra y contemplaba a mi caballo que, con la cabeza entre las piernas, chorreando sudor, enervado por el largo viaje, no movía ni un músculo, como para armonizar con esa naturaleza de plomo que petrificaba todas las cosas en el silencio y la inmovilidad! ¡Cuántas veces me he preguntado si los indios pampas reflejan, en la sombría expresión de sus rostros, la naturaleza que los circunda! ¡Cuántas veces he sentido en medio de esos desiertos de hierba, que el hombre ha sido hecho para la vida civilizada, para el tumulto locuaz, para las luchas multiformes de la pasión y de la mente!”
Y, en medio de esos apuntes contemplativos y reflexivos, el joven antropólogo y también el científico ya encarrilado, refiere un drama que aún está próximo a nosotros: el de los incendios. Dice Mantegazza:
“La Pampa, sin embargo, no está muerta: también forma parte del gran todo que se agita y se mueve en la gran vida del Cosmos. Reverdece bañada por las lluvias de invierno, y en la pobre variedad de sus hierbas muestra con todo algunas flores, y eleva a la primavera sus bosques de cardos, que en la superficie apenas pubescente sobre la cual se levantan, parecen gigantescos, pero desaparecen bajo los rayos abrasados del estío, que arde todas las cosas y da a la Pampa un aspecto polvoroso que asusta. Es, entonces, cuando el peregrino que enciende un fueguecillo con excrementos secos, arroja sin saberlo la chispa de un incendio general, que puede durar días y semanas. Desde lejos pueden verse varias líneas paralelas de fuego, como vivaques de un campo de batalla. Contemplé una vez, en la provincia de Santa Fe, un incendio que ocupaba nueve millas de largo, y que al llegar a los bosques de mimosas, trepaba por las lianas, formando enormes columnas de humo enrojecido, entre las cuales aparecían como grandes globos encendidos los nidos de loro. Otra vez, en mi viaje a Córdoba, al caer la tarde, nuestra diligencia corría por entre dos líneas de fuego, y una de ellas llegaba a tan pocos metros de distancia, que veíamos las lenguas recortadas de las llamas rojas y fuliginosas, lamer como una navaja los mechones de las hierbas secas y oíamos el estallido de las combustiones y el aventamiento de las llamas.”
Páginas adelante, el viajero considera útil dejar una serie de consejos a quienes se aprestasen a recorrer ese mismo camino de la pampa que penetra en Córdoba. Son interesantes:
“…Si entre los libros de vuestro baúl habéis dado cortés hospitalidad al mío, quiero agradeceros con algunos consejos prácticos que os daré de buena gana como fruto de mi experiencia, habiendo atravesado América cuatro veces, del oeste al este y del este al oeste. Llevad una hamaca y agregad dos gruesos clavos con dos argollas. De este modo, vuestro lecho aéreo os defenderá de los insectos terrestres. En cuanto a los aéreos, y especialmente las terribles vinchucas, que chupan tanta sangre que adquieren el tamaño de una avellana, huid de las casas, buscad albergue bajo las plantas, y recomendaos por el resto a la providencia. Cargad también buena provisión de bizcocho americano, de vino, y otros alimentos, escogiendo especialmente el mate, porque el postillón que elegiréis para vuestro servicio, lo preparará excelentemente y podréis ser cortés con vuestros compañeros de desventura, invitándoles a sorber con vuestra cañita la infusión paraguaya. Con estos consejos prácticos a los viajeros, sigo el camino.”
Dicho camino conduce a Paolo Mantegazza a la capital de Córdoba, ciudad que le inspira algunos apuntes.
“…Es una bella ciudad, situada sobre la orilla derecha del río Primero, que a una latitud de 3i°2 4’ S. y una longitud de 6/i°09’ O. se alza sobre una llanura que se encuentra a 12/io pies sobre el nivel del Paraná, en el Rosario. (…) Tiene muchos ríos, y la agricultura naciente espera que la industria vuelva provechosas sus aguas fertilizantes: tienen los poco poéticos nombres de Primero, Segundo, Tercero, Cuarto y Quinto, y se pierden en las llanuras arenosas del Mar Chico. El Tercero, solamente, desemboca en el Paraná con el nombre de Carcarañá. La provincia entera cuenta hoy 210.508 habitantes, de los que 34.458 pueblan la capital. En la parte llana, con sus ricos pastos, ofrece manutención copiosa a innumerables rebaños de bueyes y caballos, pareciéndose en el aspecto del paisaje como por la naturaleza de sus productos, a las provincias platinas, mientras que la región montañosa ofrece sus colinas onduladas a las manadas de ovejas, y muestra robustos filones de cobre.”
Y con una última reflexión cordobesa suya, se cierra este capítulo sobre Mantegazza.
“La primera gloria municipal de Córdoba es su alameda, lago cuadrado con una isla y un bote, rodeado de un vial y de muchas plantas, pero todo de tales proporciones, que tierra y agua podrían caber en nuestra plaza de la Scala, en Milán. Allí se reúnen por la tarde los cordobeses, para descansar de los ocios del día.
En esta ciudad se habla el español con un acento que parece un verdadero canto vocal, y que es célebre en América con el nombre de tonada cordobesa. Los habitantes son gentilísimos y renombrados por su gazmoñería. No sabría deciros si las iglesias volvieron santurrones a los cordobeses, o si son éstos los que fabricaron muchos templos, precisamente porque nacieron en olor de santidad. Cuestión etiológica, muy delicada y demasiado difícil para que intente resolverla dogmáticamente.”



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