Fanatismo por escrito

En la Biblioteca Nacional de Buenos Aires se está desarrollando en estos días un congreso sobre el escritor polaco Vitold Gombrowiz, de cuya muerte se acaba de cumplir medio siglo. Residente accidental en la Argentina entre 1939 y 1963, se ha consolidado como un autor de culto, que cuenta con lectores incondicionales.

Por J.C. Maraddón
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Se suelen detectar fenómenos lindantes con el fanatismo en el ámbito de la cultura; pero si hablamos más específicamente de la industria musical, podríamos decir que desde los sellos discográficos se ha promovido siempre la aparición de clubes de fans y de seguidores incondicionales dispuestos a comprar todo lo que se les ponga delante. Y esa dinámica que gira en torno a los admiradores, ha resultado más que provechosa para un negocio multimillonario que consigue así generar alguna certeza de ganancia, en un mercado en el que resulta muy difícil garantizar que un artista o un tema se convertirán sí o sí en un éxito.
En ese contexto, nos hemos acostumbrado a manifestaciones de histeria colectiva ante la aparición de un ídolo de la canción, como si fuera una consecuencia natural cuando un intérprete se vuelve famoso. Los autógrafos, las fotos, los abrazos, los gritos, toda esa liturgia tan propia del fanatismo, se ha transformado en una práctica reiterada en la puerta de los hoteles donde se alojan estas estrellas. Y ni qué hablar sobre lo que ocurre en las primeras filas de sus conciertos, donde todo vale con tal de estar lo más cerca posible del escenario y, por ende, del astro digno de adoración.
Por supuesto, también sucede algo parecido con los cracks deportivos, sobre todo desde que la televisión propició el ingreso de esta práctica dentro del mundo del espectáculo y, como consecuencia, asimiló a los atletas al mismo estatus de las celebridades de la música. Así fue como los jugadores de fútbol famosos, que a su vez son objeto de entrevistas permanentes y cuya vida privada es seguida de cerca por los paparazzi, revistan hoy como miembros del jet set internacional y cosechan la admiración de miles de personas que darían lo que no tienen por conocerlos personalmente.
En el cine, se verifica un culto similar alrededor de la casta hollywoodense, como parte de un encanto masivo que se ha extendido a la colonia artística en general, incluidos aquellos cuyos rostros aparecen con regularidad en la pantalla chica. De hecho, hay nombres que incursionan en varios de estos dominios (música, cine, televisión) de forma simultánea y que ofrecen así opciones múltiples de productos para ser consumidos por las legiones de fans que arrastran. Para el negocio del entretenimiento, son estas las figuras ideales, que reúnen condiciones para recaudar a través de distintos mostradores.
Por supuesto, hay otros géneros artísticos menos permeables a estas manifestaciones, aunque de a poco empiezan a experimentarse prodigios que nadie se esperaba. Por ejemplo, de la literatura, donde nadie podría presuponer que exista el fanatismo, proviene el furor por Harry Potter, aquella saga de J. K. Rowling que apasionó a varias generaciones de adolescentes. Tras la estela del joven mago surgido de la imaginación de la best seller británica, se encadenó un suceso editorial que tuvo su correlato en la cinematografía y que derivó luego en la venta del merchandising y hasta en la apertura de parques temáticos.
Sin embargo, cuando pensábamos que ya lo habíamos visto todo, se difunde la noticia de que en Buenos Aires se está desarrollando en estos días en la Biblioteca Nacional un congreso sobre el escritor polaco Witold Gombrowiz, de cuya muerte se acaba de cumplir medio siglo. Residente accidental en la Argentina entre 1939 y 1963, Gombrowiz se ha consolidado como un autor de culto, con una obra que recolecta admiradores en el mundo entero. Además de charlas, exposiciones y paneles, en el encuentro están a la venta objetos vinculados al universo de ficción del escritor, que tiñen a este encuentro del mismo color de esas convenciones de fans que tanto abundan en el comic y el animé.



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