El Fernandazo abre un camino de incertidumbres

El resultado del domingo deja al gobierno debilitado frente a un ganador que aún no se ha hecho con el poder formal. Las raras formas institucionales argentinas profundizan las dudas.



Por Javier Boher
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Demoledor. El resultado del domingo terminó convirtiéndose en un evento absolutamente inesperado, con un vencedor que legalmente no ganó más que una interna, pero que por el hecho de encabezar la tabla de posiciones en los votos ya puede condicionar a un gobierno que está prácticamente despedido.
Los números no mienten: aunque deben compararse elecciones similares, entre las del domingo y las del ballotage de 2015 el gobierno perdió cinco millones de votos, dos de ellos solo en provincia de Buenos Aires. La eterna pertenencia peronista tuvo allí más peso que el antikirchnerismo que afloró hace cuatro años.
Repasando los resultados de la región pampeana (que concentra el 60% del padrón) respecto a la segunda vuelta de 2015 el kirchnerismo solo superó los números obtenidos en Córdoba. En Santa Fe, Buenos Aires y CABA estuvo por debajo de las cantidades obtenidas entonces, lo que indica que -si todo se mantiene como parece- el ciclo de Cambiemos está terminado.
Tal abrumador triunfo dejó en claro que el gobierno tuvo dificultades para seducir a los ciudadanos que, desde afuera de su núcleo duro, pudieron sentir cómo se licuaban sus ingresos cada vez que subía la inflación o se devaluaba la moneda. Ese segmento que más debió aguantar el peso del ajuste es el responsable del resultado, una forma de evitar decir que esa responsabilidad es en realidad de un gobierno que nunca encontró la forma de poner plata en los bolsillos de la gente. Aunque el pueblo consagre gobiernos, nunca es responsable de los resultados cuando no hay dudas del fracaso de la conducción.
Lo que viene, además de la casi segura renovación del gobierno, es una gran incógnita. Consagrar virtualmente un cambio de signo político dos meses antes de las elecciones generales hacen replantear los tiempos y pasos electorales de un sistema que en la previa nos iba a ver desfilar tres veces, aunque en la práctica parece ser innecesario todo lo que nos espera a futuro.
La contundencia de la derrota dejó a un gobierno sin capacidad de reacción, pero también dejó a un kirchnerismo que debe anunciar un hipotético futuro equipo económico y posibles medidas en el mismo campo. Las declaraciones de intención vacías de contenido propias de la campaña son insuficientes para los mercados, que ayer reaccionaron con temor ante lo que puede ser el casi seguro regreso del kirchnerismo.
El discurso populista de la previa encendió las alarmas en los actores externos, que van a necesitar algo mejor que un candidato tocando los Beatles en la guitarra para confiar en lo que viene. La gente eligió sin elegir nada formal, vaciando de poder al gobierno y dejando el futuro económico del país en manos de un candidato que probablemente no había trabajado para pulir el detalle de las cuestiones internas de equilibrio de poder de su espacio si se hacía con el triunfo. Eso que se pensaba hacer entre octubre y diciembre, desde la elección a la transición, debe hacerse antes de haber ganado. Incomprensible.
Quizás en medio de la incertidumbre sobre el posible rumbo económico tras un regreso del kirchnerismo (entre la pata liberal cavallista de Alberto Fernández y el brazo marxista académico e ineficiente de Kicillof) la principal duda sea respecto a qué espacio podría ejercer el rol de oposición a ese nuevo oficialismo, sabiendo que el actual gobierno es una coalición endeble que sobrevive con algunas dificultades.
Todos los cañones deberán apuntar ahora a sostener la economía para evitar el desmadre, una disyuntiva que empezará a preocupar a Fernández bis: ¿se sostiene el compromiso republicano para garantizar una transición en paz o se conspira contra el bienestar institucional de los argentinos para que el shock del ajuste se haga rápido y las culpas políticas puedan endilgarse a los que llevan cuatro años conduciendo?.
Como todo en este país, no falta nada para sumarle más atractivo a lo que se inició el domingo. Pensemos, por ejemplo, que en dos meses los candidatos a presidente deberán confrontar en un debate. ¿Asistirá Fernández o -en este dèja vu de 1989- veremos a Macri dialogando con una silla vacía? Más dudas producto de nuestra incomprensible excepcionalidad institucional.



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