Pocos datos y muchas redes

La abstinencia de datos oficiales fue diametralmente opuesto a la sobreinformación de las redes sociales, que cada vez son más importantes en los procesos electorales.

Por Javier Boher
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¡Qué domingo, amigo lector! Con un cielo despejado y un sol radiante, el día fue una hermosa jornada para que la gente pueda ejercer el sagrado derecho (y la pesada obligación) de ir a votar. Aunque por ahí uno lo naturaliza, nunca hay que dejar de agradecer que todavía aceptamos dirimir los problemas por los votos y no a los tiros, algo bastante menos letal.
Hay una cosa que ha cambiado nuestras vidas para siempre: las redes sociales. No se habían terminado de sentar los fiscales en las mesas que ya había resultados de boca de urna girando por todos lados, un poco por la curiosidad de los votantes y otro poco para tratar de operar con la misma delicadeza que un médico de la Clínica Berazategui.
Indudablemente que la posibilidad de llevar encima ese aparatito todopoderoso que es el celular ha transformado la forma en que se vota o vive la política. Hacer la cola en la escuela es más entretenido, sacar fotos del cuarto oscuro con los frascos de las germinaciones que hacen los chicos de 1° B para subirlas a Instagram es casi una obligación, y mantenerse al tanto de lo que se rumorea es un placer extraño, como arrancarse las cascaritas.
Las redes han cambiado todas las dinámicas electorales, básicamente por la sobreinformación y la rapidez de propagación. Antes (cuando la tele pasaba Ben Hur como si fuese pascua, la radio aturdía con tango o programas deportivos y los diarios salían si o si al otro día) sólo sobre el cierre del horario de votación algún medio podía llegar a violar la veda con algún bocadillo que no podía torcer ninguna elección.
La cosa hoy es distinta. Se arranca a la mañana revisando los grupos de guasap esperando para ver si alguno ya fue a votar y no lo embocaron para presidente de mesa. Se ve alguna foto, algún meme, historias de gente que va a fiscalizar o alguno que cayó borracho y lo metieron preso. Una vez que se constata que la cosa está en marcha, se habilita realmente el proceso electoral.
Con el asado comprado, no importa si se vota antes o después de comerlo, porque la vigilia se hace siguiendo los rumores que se riegan por el mundo virtual. Ya no se usa hacerla en una sobremesa opinando sobre el futuro del país, aventurando resultados y haciendo apuestas con los que no votaron como nosotros.
Por estas cosas de las nuevas tecnologías a veces nos olvidamos que la fiesta de la democracia es mucho más divertida cuando se baila con desenfado, no cuando se está pendiente de que no te roben la campera que dejaste en la barra.
Mientras esperábamos a que termine el día pudimos ver a la Aforada de Recoleta votando en Santa Cruz cuando es senadora por provincia de Buenos Aires, escapándose de los periodistas con una maniobra distractiva que nos hizo recordar sus años en la Casa Rosada. Se pudo ver al monarca Gildo I de Formosa justificando algo de violencia a una fiscal que tuvo la ocurrencia de querer hacer valer la ley. Vimos a políticos como Cornejo olvidarse el DNI, lo único que hay que llevar en una elección desde que existe la democracia representativa en el mundo. Todo normal, básicamente.
Una vez que cerraron los comicios y las puertas de las escuelas, empezó la fase dos: fotos de actas más sospechosas que el relato del mapuche de los binoculares, números que parecían salidos del puño del ex secretario de comercio interior William Brown o supuestos mensajes de fiscales por los que Gatricio y Capitán Beto habían ganado por paliza la misma mesa (quizás se trataba de dos dimensiones paralelas, vaya uno a saber).
Salieron a hablar de uno y otro espacio y la cosa fue quedando más o menos clara: nadie entendía nada, no había ningún dato y todos estaban tirando fruta por redes por no poder aguantar eso de tener que esperar hasta las 21. Se multiplicaron los análisis de las caras de los voceros a medida que pasaban las horas, todo para llenar ese bache informativo que desató una crisis de abstinencia a los que se pasaron el día pegados a twitter.
Usted lo sabe bien, amigo lector. Más allá de cómo jugaron las redes, la gente aprovechó esta instancia electoral para demostrar sus dudas o su bronca contra el gobierno, que hace dos años viene pifiando más que Palermo en aquel partido en el que erró los tres penales y le desearon el destierro. Después nos hizo clasificar al mundial con un gol sobre la hora, pero esa es otra historia que seguro no tiene nada que ver con esto.
Con todo lo que vivimos ayer, sólo podemos confirmar una certeza: en octubre vamos a tener primera vuelta, y los dos meses que nos separan hasta entonces van a ser más largos que ver toda la saga de Star Wars doblada y de corrido. Siendo así, no queda otra que elegir bien lo que se lee para tomársela con tranquilidad, que a aquella cita tenemos que llegar enteros para aguantarnos una sobreinformación que nos puede volver locos.



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