Paolo Mantegazza cruza la monótona pampa (Primera Parte)

Paolo Mantegazza conoció muy bien la Argentina, país donde residió durante cuatro años, entre 1854 y 1858, en épocas de la Confederación, y con el que estableció una honda relación antes de ser consagrado como padre de la antropología italiana.

Por Víctor Ramés
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Paolo Mantegazza había nacido en Monza, Italia, y llegó a Buenos Aires en 1854 cuando tenía 23 años y y acababa de recibirse de médico. Vivió en Entre Ríos y en Salta, ciudad la última donde se casó con una joven de la sociedad salteña, Jacoba Tejada, quien fue su compañera durante 34 años. Mantegazza se interesó por promover la inmigración italiana hacia Salta, pero el proyecto no llegó a concretarse. En 1858 regresó a Italia, donde adquirió su primer renombre científico, y regresó en 1861 y en 1863 a recorrereste territorio y a completarel conocimiento obtenido de haber, como él mismo escribe en 1867, “atravesado América cuatro veces, del oeste al este y del este al oeste.”
Capítulos de su libro Viajes por el Río de la Plata y el Interior de la Confederación Argentina, traducido por Juan Heller y publicado por la Universidad Nacional de Tucumán en 1916, dan cuenta de esas experiencias viajeras de quien llegaría a ser reconocido como el “padre de la antropología italiana” y uno de los precursores de esa ciencia social.
Recorriendo las pampas, desiertos, montañas y lagos sudamericanos, Mantegazzamasticó algunas ideas que fructificarían en sus estudios posteriores sobre la fisiología del dolor y del amor, entre los aportes de quien también sería autor de una utopía científica futurista titulada L’Anno 3000 -precursora de la ciencia ficción- publicada en Milán en 1897.
Parte de esa cualidad reflexiva y de ese espíritu analítico, expresados con fuerte subjetividad.se puede recoger en ricos apuntes de viaje que reúnen susexperiencias de una década en contactos con la Argentina. Llegando al territorio cordobés, Mantegazza se vio evidentemente conmocionado por la vastedad alucinante de la pampa y la pequeñez del viajero:
“La Pampa os aterroriza y conmueve por la idea sensible del infinito, pero de modo muy distinto que el mar. En éste tenéis siempre ante los ojos una masa infinita de agua, ante la cual os parece como si quedarais reducido a arista de paja, pero siempre veis el agua que se mueve, agitada y espumosa, o lenta y perezosa; sentís el viento que aúlla entre las antenas de la nave e hincha sus velas; camináis sobre un terreno que se mueve y aunque vuestras relaciones con él sean de una monotonía inexorable, veis, sin embargo, un cuadro de vida del cual sois parte activa, reactiva y batalladora. En la Pampa, en cambio, tocáis un infinito que no se mueve, y aquel terreno nivelado como por un matemático, que inmóvil, eternamente igual a sí mismo, holláis con el casco de vuestro caballo, impacienta y abruma. Nace el sol, rojizo y fuliginoso, en medio de las hierbas como si saliese de una rasgadura del suelo, y después de acompañaros en las largas horas de un larguísimo día, sin un minuto de sombra, se hunde por la tarde en el extremo opuesto, sepultándose también en la tierra. Ni una mimosa, ni el más miserable arbusto que recorte y desmenuce un rayo de sol y repose la atención un momento. Siempre la misma luz, siempre la misma hierba, la misma tierra, el mismo círculo infinito que abarca la vista.”
Anonadado por la inmutable llanura el viajero intenta refugiarse en su interior:
Después de galopar muchas leguas, cansada la vista de buscar inútilmente un objeto diferente para reposar, siéntese la verdadera necesidad de reconcentrarse en el mundo de los recuerdos, y, taciturno, olvidáis el camino y la naturaleza circundante, siguiendo ciegamente los pasos del guía que os acompaña. También éste siente la misma influencia de plomo y os precede sin un canto, ni una palabra.”
Pero en algún momento el viajero vuelve de esas ensoñaciones y allí continúa aquel paisaje inalterable:
“Si perdido en vuestros pensamientos largo tiempo, miráis de pronto en torno para variar de ocupación mental, sufrís un doloroso espanto al ver que después de tanto galopar os rodea la misma Pampa, con la misma infinita inexorable monotonía. Sentís entonces todo el peso del silencio circundante. Es necesario haber sufrido esa angustiosa sensación para imaginarla. Ese silencio continuo de la naturaleza y del hombre, es una imagen palpable de la muerte eterna y parece un íncubo que os estrangula y corta el aliento. Si miráis al vaqueano, como invitándole a hablar, él también os mira, y dominado por la misma tiranía del silencio, calla y sigue adelante. Después de muchas horas pasadas de este modo, una palabra cuesta mucho y el argentino sabe además por experiencia, que el hablar galopando cansa y hace mal.”
La lucidez del viajero italiano se remonta a no menos venerables exploradores al describir sensaciones del paisaje:
“El hombre, frente a la naturaleza y a su contacto con toda la parte sensible de su Yo, será siempre uno de los fastos más grandiosos de nuestra existencia, porque es verdadero, porque es natural. Muchos geógrafos han hecho viajes más extensos y descubrimientos más importantes que Humboldt; muchos naturalistas y físicos le sobrepasan en la profundidad de sus hallazgos científicos; pero ninguno como el autor del Cosmos ha sentido la naturaleza y con la amplitud de su intelecto ha definido y descripto aquel sentimiento vago que todos los hombres experimentan al contacto de su propia mente con los objetos físicos que la circundan. El hombre nacido en países quebrados por colinas y montañas, forma parte viva, integrante de aquel ambiente, de ese suelo, de los productos naturales de aquella zona del mundo. Obligado a vivir largo tiempo en las llanuras arcillosas de la pampa, apenas ve una piedra, siente despertar la memoria entera de todo aquel mundo para el cual había nacido, y consecutivamente a sus sensaciones visuales, todos los poderes sensibles e inteligentes que lo componen se exaltan, para enlazar con una alegría única a la naturaleza amorosa que lo invita a un abrazo casi materno. La tierra en que encontró la piedra, en la que presintió desde lejos una cortina de montañas, no es su madre, pero siempre ha oído allí un grito de vísceras maternas que lo llamaba hacia ella.”



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