Las PASO, una cuestión de minorías

Estas primarias son, inesperadamente, la instancia para identificar las minorías definitorias antes que las mayorías populares.

Por Pablo Esteban Dávila

En las PASO no se elige nada. En realidad, deberían seleccionarse por el voto popular los candidatos que habrán de disputar las generales del próximo 27 de octubre, aunque, por problemas estructurales de la política argentina, ningún cargo de importancia se decidirá en esta instancia. Todas las fuerzas que participarán de estas primarias van con un único presidenciable, un dato que las priva de su sentido originario y las transforma en una enorme encuesta de alcance nacional. Esto parece un sinsentido (y en cierta forma lo es), excepto porque, en este particular momento histórico, las PASO fungirán como una auténtica primera vuelta electoral.
No es aventurado suponer esto. Existe una certeza que señala que estas elecciones estarán marcadas por la polarización y que más del 70% de los votos se concentrarán entre Alberto Fernández y Mauricio Macri. Si esto finalmente se verifica no habrá lugar para los terceros en octubre; el fenómeno, simplemente, se profundizará, privando a Roberto Lavagna o a José Luis Espert de cualquier posibilidad de batacazo o, peor aún, de la propia supervivencia electoral.
La polarización es hija dilecta de las dificultades de gestión por las que hubo de atravesar el gobierno nacional en los últimos tiempos. Sin la crisis de 2018 el kirchnerismo difícilmente tendría chances en el presente. El triunfo de Cambiemos en las legislativas de 2017 hacían suponer que la reelección del presidente sería un trámite sencillo y que sólo se requería mantener las principales variables macroeconómicas bajo control. Casi un trámite.
Pero esta condición no fue cumplida, por lo que el originario optimismo de la Casa Rosada migró hacia algo parecido a la desesperación. Para colmo de males, la audaz maniobra de Cristina Fernández de nominar a su exjefe de gabinete como cabeza de la fórmula que ella misma integraría fue una jugada que nadie esperaba, mucho menos el macrismo. En medio de la crisis y, ahora, sin la señora de Kirchner como adversaria, el pronóstico político viraba hacia los tonos oscuros. El famoso “Plan V”, que prescribía la conveniencia de postular a María Eugenia Vidal en reemplazo de Macri, intentó ser una alternativa de realpolitik ante la inminencia de la catástrofe.
Fue entonces que, quizá en la peor coyuntura del oficialismo, emergió la figura de Miguel Ángel Pichetto, otro de los emergentes (y también factótum) de la polarización. El senador aportó densidad ideológica y pragmatismo peronista a un armado con dificultades para sumar adhesiones de peso y, a un tiempo, potenció un mensaje transversal al sistema de partidos: esto es a todo o nada.
Este fue el punto de quiebre en la carrera electoral. Luego de Pichetto ya no hubo dudas sobre que las actuales alternativas superan ampliamente las viejas categorías políticas. La división que existe entre, digamos, el campo nacional – populista y el republicano – institucional es la tensión que distingue la actual coyuntura de cualquier otra en el pasado reciente. La tensión es tan fuerte, tan basal, que buena parte del electorado está dispuesta a disculpar las impericias del gobierno a condición de que el kirchnerismo y sus aliados no regresen al poder.
Quizá no haya mejor imagen para resumir esta realidad que el asumir que Macri tiene chances de lograr la reelección a pesar de la crisis y de su condición de no peronista (en 1995 Carlos Menem lo logró en medio del efecto tequila, pero el antecedente no califica por su filiación justicialista). Esto muestra a las claras de cómo el voto se ha reconfigurado desde la tradicional aspiración a superar dificultades económicas básicas hacia la actual demanda por valores políticos de mayor calidad y largo plazo, al menos, en sectores importantes de la sociedad. Es, suceda lo que suceda, una perspectiva fascinante, revolucionaria.
La certidumbre, no obstante, llega hasta el punto de advertir una fuerte paridad, lo cual tampoco ayuda a entender que sucederá el día después de las PASO. Habrá un ganador provisional -es inevitable- y, con él, una serie de especulaciones. Algunas ya se han adelantado desde esta columna. Un triunfo de los Fernández por menos de cinco puntos será festejado en el comando de Juntos por el Cambio como una victoria pírrica de su adversario, en tanto que una distancia mayor podría dislocar las variables financieras y, con ello, profundizar las actuales dificultades presidenciales. Es lógico suponer que, cuanto más lejos resultase Alberto de Macri, mayor sería el impacto sobre los mercados y el humor de casi la mitad del país.
¿Ayudaría o perjudicaría esto al presidente? Podría sugerirse que sí debido al efecto temor, pero todo dependería de las matemáticas. Si la diferencia a favor del Frente de Todos fuera de, por ejemplo, 7 puntos, habría que analizar cuanto podrían aportar los votantes de Lavagna y de Espert en octubre, quienes seguramente renunciarían a continuar apoyándolos ante la perspectiva de un retorno K. Este sería un escenario probable si entre ambos reuniesen un 10% o algo más, pero un porcentaje menor pondría en entredicho la hipótesis. Como fuere, debe asumirse que el electorado que se reparte entre Macri y aquéllos es de suma negativa, en donde cada voto que gana uno se los quita a los demás. No es tan claro que la izquierda funcione del mismo modo con Alberto y Cristina.
En consecuencia, resultará clave examinar la integración e intensidad de cada uno de los dos hemisferios en los que quedará estructurado el planeta electoral. Si el integrado por Macri, Lavagna y Espert supera el 45% la reelección puede que esté al alcance de la mano, aunque el presidente efectivamente pierda en las PASO. La hipótesis contraria, esto es, que no reúnan o que apenas superen este porcentaje, dejaría a los Fernández en la antesala de la Casa Rosada. Estas primarias son, inesperadamente, la instancia para identificar las minorías definitorias antes que las mayorías populares. El análisis es bastante simple, pero las consecuencias son bien complejas de cara al futuro inmediato.
Es aquí donde se ingresa a otro tipo de refriega, en el que la batalla por dos o tres puntos será digna de estudio. El próximo lunes existirá la plena convicción de que no habrá ballotage y que, por ello, todas las armas disponibles deberán ser utilizadas para convencer a muy poca gente. Big Data, publicidad negativa y redes sociales serán los instrumentos a lo que apelarán los contendientes. Y, si los mercados escoran por la incertidumbre, tanto Fernández como Macri deberán convencer a las víctimas de aquellas turbulencias de que la culpa es del otro.
El nuevo presidente, quienquiera sea, será producto, en términos estrictos, de una oligarquía electoral todavía no definida, cuyos contornos sociológicos son ignaros y caprichosos. Es inevitable alterar el tiempo verbal de la originaria sentencia de Winston Churchill: “nunca tantos deberán tanto a tan pocos”. Quiénes serán los grandes deudores de este puñado de votantes es la gran pregunta que comenzará a desvelarse el domingo venidero.



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