Votar sin emociones, ¡ya no existe más!

La política de las emociones no es nueva, pero en el mundo de los mensajes audiovisuales es impensado que la mayoría de la gente vote por una opción que no movilice sus fibras.

Por Javier Boher
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La recta final antes de las elecciones del domingo siguen al pie de la letra los modernos cánones de la comunicación política, dejando atrás aquellos masivos actos como los de las recordadas elecciones de 1983. Las banderas, los bombos, los colores partidarios, todo cedió ante las modernas técnicas del marketing electoral.
En ese aspecto, las campañas de los distintos candidatos han mostrado cuál es el mensaje -y la plataforma- que pretenden comunicar a los ciudadanos, aunque las propuestas (entendidas como posibles acciones de gobierno en el caso de que se logre el triunfo) han estado bastante lejos de destacarse.
Si pensamos en los candidatos con menos chances -por no decir nulas- todos han sabido encontrar algún nicho en el que armar su rancho para concentrar sus votos. Con mayor o menor éxito según el caso, todos pudieron destacar algún elemento que les sirva para posicionarse.
Desde la izquierda más dura, el Frente de Izquierda renueva el clásico “que a la crisis la paguen los capitalistas” mientras que el Nuevo MAS incluyó un pañuelo verde en su boleta, todo para tratar de canalizar la rabia juvenil como oposición a los adultos para disputarse los habituales 5 puntos que cosecha el trotskismo.
Desde el otro extremo, el Frente NOS pide salvar a las dos vidas, aunque no dice nada más sobre cómo se podría ayudar a los otros 45 millones que ya están vivos y también tienen algunos problemas.
Desde una derecha más concentrada en el libre mercado y menos en la moralina antiabortista, el Frente Despertar se concentra en bajar los impuestos y atacar a la clase política como un todo amorfo, inútil y presupuestófago. En este caso también hay una apelación a la rabia juvenil, pero de aquellos que resisten al mandato de adultos progresistas.
Tal vez por esa polarización que llevó el voto a los extremos el espacio que más se ha reducido es el de Roberto Lavagna y Juan Manuel Urtubey, que según distintos sondeos hoy estaría cediendo el tercer lugar a la fórmula de José Luis Espert. Sin emociones ni épica, ha dejado en claro que otra vez la ancha avenida del medio no quiere ser recorrida por los ciudadanos, que no encuentran nada tentador en poner allí su voto.
Finalmente, las dos fórmulas que se disputan el primer lugar han decidido jugar a lo mismo, aunque con conducción y contenidos distintos. La que parece triunfar, independientemente de quién la ejerza, es la política de las emociones que han abrazado el ecuatoriano Jaime Durán Barba y el Jefe de Gabinete, Marcos Peña.
Cada campaña trató de tocar las fibras sensibles a su modo. El Frente de Todos intentó por todos los medios instalar la sensación de agotamiento, la insostenibilidad de un gobierno que en cuatro años no logró ninguno de los objetivos económicos más gruesos que se planteó: no bajó la inflación ni recuperó salarios, lo que impactó de lleno en las mediciones de pobreza.
Además construyó entre los propios la imagen de un candidato sensible, echando mano al estereotipo de padre progre que toca la guitarra en un fogón con amigos mientras reciben a la pachamama tomando caña con ruda. Vestirá de traje, pero es un tipo común que mantiene latiendo un corazón que sufre por las desigualdades sociales.
Desde el otro lado, Macri tiene la difícil tarea de transmitir la satisfacción por la tarea empezada, aunque no sin problemas ni reveses. Por eso la referencia que tuvo en su cierre en Ferro, recordando aquella vez que le dijo a los periodistas que se seguirían inundando mientras duraran las obras, hasta que después del cuarto año, la gente ya “¡no se inunda más!”.
El trabajo profesional del equipo de comunicación presidencial estuvo impecable, logrando todos los objetivos que se propuso: logró acercar a los propios, que reafirmaron la voluntad de soportar el cadenazo y aguantarse las malas esperando que en algún momento llegue lo bueno; enojar a sus opositores, que consideraron que todo era sobreactuado; y emocionar a todos, que compartieron los más diversos memes, esparciendo el mensaje por todos los rincones de las redes sociales.
La política del siglo XXI es la política de las emociones. Con las ideologías haciendo agua en cuanto todo unívoco, los partidos tradicionales decepcionando sistemáticamente a sus votantes y una lógica mucho más materialista de los problemas, las elecciones deben entenderse como una renovación permanente.
Aunque haya una cierta propensión a votar tal o cual propuesta o conjunto de valores políticos, la forma en la que se plantee cada campaña y se toquen las fibras más elementales de la sensibilidad del votante terminará por determinar quién se imponga en las urnas, porque no pensar en candidatos que emocionen ¡ya no existe más!



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