Córdoba en el archivo del cónsul inglés (Segunda parte)

En el libro “Buenos Aires y las provincias del Rio de la Plata” Woodbine Parish -quien vivió en el país entre 1824 y 1832-, transcribe aspectos geográficos y económicos de Córdoba, y hace mención a la religiosidad supersticiosa de sus habitantes.

Por Víctor Ramés
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Se lee en los párrafos que le dedica José María Rosa en su libro Rivadavia y el imperialismo Financiero, que el viajero, comerciante y diplomático británico en Buenos Aires Woodbine Parish “no se encontró a gusto en Buenos Aires, un ‘lugar desagradable y desalentador (disagreable and dishearting place)’. Sin embargo, por patriotismo y sentido del deber se quedó nueve años, como Cónsul General primero, Encargado de Negocios después, Secretario de la Legación de Lord Ponsonby entre 1826 y 1828, y nuevamente Encargado de Negocios hasta su retiro en 1833”. En cuanto a la ciudad de Córdoba, a la que le dedica unas páginas en su libro, Woodbine no se manifiesta con palabras nacidas de la proximidad ni del contacto personal. Su metodología se basaba en reunir datos. En esa especie de enciclopedia que le dedicó a estas Provincias Unidas, nacida de informes que reunía en primera instancia, para el Foreign Office, Córdoba es retratada en un intento de entender su papel en el contexto argentino, en base a una serie de datos geográficos, económicos y culturales.
Respecto a las buenas condiciones de riego natural en la provincia, escribía Parish:
“El riego perpetuo de tantos arroyos dá lugar á una constante provisión de exelentes pastos para ganados vacuno y lanar, lo que facilitando la cría de ellos puede en cierto modo esplicar la preferencia que dan los naturales á los trabajos pastoriles sobre los agricultores. Estas costumbres contribuyen á que la gente de campo esté muy desparramada, reuniéndose muy poco en poblados; y la Concepción, Ranchos, y Carlota, que son los principales lugares después de la capital, son cuando más, unas miserables aldeas. Se cosecha el trigo y el maíz, pero los cueros forman el principal artículo de cambio con Buenos Aires.”
La baja densidad poblacional de la zona se debía seguramente a la actividad ganadera, que precisaba de unas pocas personas para trasladar cientos de animales en largas extensiones. En lo que hace a aspectos de la vegetación, comentaba el autor:
“El viajero se complace al fin en la vista de arboledas y bosques, que se van haciendo más densos cuanto más se aproxima á las sierras de Córdoba. En su mayor parte los árboles son variedades de la familia de las mimosas, en extremo cubiertos de espinas. Es esta peculiaridad tan notable en aquellos parages, que recuerdo á un caballero nativo de Córdoba que habiendo venido á Buenos Aires mientras yo residía en esta ciudad, se manifestó sobremanera sorprendido al notar que la mayor parte de los árboles que encontraba en las quintas alrededor de la ciudad, y que casi todos serian probablemente de origen europeo, no estaban cubiertos de espinas, como los de su provincia.”
Entre otros comentarios del cónsul sobre Córdoba se recoge el siguiente: “Como se obtiene fácilmente en los alrededores la piedra de donde se saca la cal, lo mismo que la madera de construcción, generalmente las casas son mejor edificadas que en otras ciudades del interior.” Y este otro: “Allí es muy barata la mantención, siendo abundantes toda clase de víveres; las necesidades de la gente son muy pocas, y su hospitalidad para con los extranjeros ilimitada”.
De interés sobre las costumbres de los habitantes y su visión del mundo, no sorprende que un inglés, como otros viajeros británicos que pasaron por Córdoba, haya señalado la fuerte mentalidad religiosa de la población. Más allá de la típica descripción de sus templos y ceremonias, una postal infaltable de esta ciudad, Woodbine hacía apuntes interesantes relativos al peso de la iglesia en la conformación profunda de los modos de vida. Se lee en su libro:
“Aún son visibles en las costumbres de la generalidad del pueblo los efectos de la influencia preponderante de los establecimientos monásticos; y aunque no todas las señoras sean monjas, son sin embargo en sus modales mucho más reservadas que las de la capital, ó las otras ciudades principales de las provincias. Dando implícita fé á todas las fábulas y leyendas que les han transmitido los sacerdotes, no se encuentra fin á los milagros que aquellas gentes creen se han hecho, no solo para la conversión de los indios, sino también para la mejora moral de sus mismos antepasados. Creen que se han visto algunos santos y ángeles en toda su gloria, peleando á favor de los cristianos contra Ios indios; mientras que sus mismos pecados no han que dado sin recibir su castigo, á fin de que no los echasen en olvido. Creen, por ejemplo, que la inobservancia del ayuno de los viernes por sus antecesores, prefiriendo la carne al pescado, quebrantando así lo dispuesto por la iglesia, ha sido la causa de la desaparición desde entonces de una gran abundancia de sabrosos peces que en un tiempo se pescaban en un arroyo inmediato.”
El cuadro se completa con la consideración de Parish sobre la mentalidad más abierta de los porteños debido a su posición en el mapa, lo que representa una enorme ventaja en comparación con las arcaicas ideas provincianas:
“Enemigos de todo lo que se paresca á tolerancia religiosa, están convencidos de que todas las desgracias que les sobrevienen á los habitantes de Buenos Aires, son en castigo de que allí se permitió el culto de los ingleses y otros herejes. No debe sin embargo estrañarse la ignorancia y sencillez de los habitantes de aquellas remotas regiones, si se recuerda cuan pocas son las oportunidades que se les presentan de instruirse en algo más allá de lo que pasa en la esfera limitada en que viven. Apartados cerca de 300 leguas de Buenos Aires, no debe juzgárseles tomando por modelo aquella ciudad, cuyos habitantes manteniendo una comunicación diaria con las gentes de estos países, les llevan en la realidad algunos siglos de adelanto. Algunos Cordobeses pueden haber hecho una que otra vez una visita á la capital; pero en cuanto á las señoras, les es casi del todo imposible verificarlo á causa de las pocas comodidades que hay para viajar en aquellos países. De este modo, ¿cómo es posible que no sean limitados en sus ideas, y primitivos en sus usos y costumbres?”



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