Híper polarización acortaría el calendario electoral

Asumir es posibilidad no es una temeridad del análisis periodístico. Con la intención de voto concentrada en un 80% en torno al Frente de Todos y Juntos por el Cambio poco es el margen para que se verifique una segunda vuelta.

Por Pablo Esteban Dávila

Las PASO se han transformado en una impensada guerra de nervios. Originalmente diseñadas para zanjar internas partidarias mediante el voto popular, la ausencia de competencia dentro de las principales alianzas electorales las ha vaciado de todo sentido, reduciéndolas a una costosa encuesta a escala nacional. Pero esto no significa que no tengan importancia. Las tienen, y mucha, pese a haber perdido su esencia original. Se han transformado, por fuerza, en la verdadera primera vuelta electoral.

Repasemos. Hasta mayo, la crisis económica y el revulsivo de la segura candidatura de Cristina Fernández todavía hacían pensar en la posibilidad de una tercera alternativa, que irrumpiese en la grieta entre kirchnerismo y antikirchnerismo. La contundente victoria de Juan Schiaretti en Córdoba pareció marcar un clivaje en la coyuntura política, anunciando la creación de un vigoroso polo peronista distante por igual de la expresidenta y de Mauricio Macri. Mientras el cordobés festejaba su reelección todo se imaginaba posible; la Argentina parecía alumbrar un espacio de síntesis para una dialéctica sin final.



Sin embargo, Cristina sorprendió a propios y extraños con la candidatura de Alberto Fernández, su exjefe de gabinete que, en los últimos años, se había distanciado irremediablemente de ella. Con esta nominación inversa (no es en absoluto común que la candidata a vicepresidente nomine a su cabeza de fórmula), supo desactivar prematuramente los esfuerzos de Schiaretti por alinear a los gobernadores peronistas detrás de Alternativa Federal y, a un tiempo, lanzar un guiño al electorado anunciando, lateralmente, sus intenciones de moderar los aspectos más conflictivos de su estilo político.

Fue una jugada maestra que, no obstante, fue pronto obliterada con otra de igual calibre, esta vez, originada desde el reactivo gobierno nacional. En efecto, la nominación de Miguel Ángel Pichetto como vicepresidente de Mauricio Macri cayó como un baldazo de agua fría dentro de la estrategia del Frente de Todos y dotó de una impensada densidad política a la oferta política del oficialismo.

El fichaje de Pichetto y una economía que, a partir de junio, comenzó a dar señales de vida, hizo que el presidente comenzar a salir del freezer electoral en el que la crisis lo había condenado. No sólo pudo enterrar sin necesidad de sangre el denominado “Plan V” (su liso reemplazo por María Eugenia Vidal propiciado por sectores afines), sino que comenzó a crecer en las encuestas a despecho de las presentes dificultades. Toda una rareza, considerando la historia contemporánea argentina.

Este contexto hizo que la polarización se volviera inevitable. Roberto Lavagna, el político con mayor porcentaje de yerros estratégicos que registre el proceso electoral, quedó reducido a una especie de anécdota dentro de este enfrentamiento global. Si, el próximo domingo, resultara con un porcentaje apenas superior a los dos dígitos, debería darse por satisfecho. Hasta allí podría llegar su suerte.

La dualidad sin atenuantes entre el gobierno y la oposición kirchnerista no sólo destruye el espíritu de las actuales PASO sino que también las tornan incomparables con lo sucedido en 2015. Cuatro años atrás la victoria de Macri era una hipótesis remota y la de Sergio Massa una alternativa realista. Aún más, el exintendente de Tigre logró el 20% con su alianza UNA, sólo diez puntos por debajo del actual presidente. En las generales de octubre de aquel año incluso superó aquella marca, logrando el 21% y generando una enorme expectativa sobre lo que terminaría sucediendo en el balotaje de noviembre.

Esto no volverá a repetirse. De hecho, las PASO venideras transformarán las presidenciales de octubre en un balotaje anticipado. Asumir es posibilidad no es una temeridad del análisis periodístico. Con la intención de voto concentrada en un 80% en torno al Frente de Todos y Juntos por el Cambio poco es el margen para que se verifique una segunda vuelta. Siempre debe recordarse que la Constitución exige superar el 45% de los sufragios (y no la tradicional mitad más uno) para consagrar el presidente. La matemática acorta prematuramente el calendario electoral.

En modo profético, es posible especular que Fernández se impondrá sobre Macri, del mismo modo que lo hizo Daniel Scioli en 2015. El dilema es por cuanto lo hará. Si su ventaja resulta inferior al 5% será una victoria táctica de Juntos por el Cambio. Es un porcentaje que podría ser remontado con alguna facilidad apelando al terror que produciría entre los votantes de Lavagna o de José Luis Espert el regreso de los K. Si, en cambio, la diferencia estuviera en el orden de los seis o siete puntos, la incomodidad para el presidente será inocultable. Más allá de estas diferencias el oficialismo entraría en zona de preocupación reforzándose, de paso, la crisis económica ante los previsibles temores del mercado.

No es casual, teniendo estas posibilidades en mente, que los estrategas de la Casa Rosada se encuentren, por estas horas, apelando a la necesidad de concurrir a votar. La sociología del electorado macrista es, por definición, menos disciplinada que la del colectivo opositor al momento de cumplir los pasos sacramentales que exige el poder. Marcos Peña intuye que muchos de sus votantes no honrarán las PASO porque, bien informados como lo están, asumen que es una pérdida de tiempo y que el compromiso empalidece respecto a la importancia de las de octubre. Si esta porción del electorado efectivamente hace pito catalán con las urnas puede que la cantidad efectiva de quienes sufraguen por el presidente sea artificialmente menor de la que potencialmente lo apoya. Las connotaciones políticas de la abstinencia serían complicadas de explicar y de alegar simbólicamente.

La imposibilidad de homologar lo que suceda el 11 de agosto con las del pasado también es extensible a Córdoba. En este sentido, no puede soslayarse que el ganador en 2015 fue José Manuel de la Sota, precandidato por UNA, el espacio de Massa. El fallecido exgobernador venció tanto a su competidor interno como a Macri y a Scioli, agregando un toque de complejidad al escenario nacional. Posteriormente -y a tono con su talante político- el distrito apoyó masivamente a Macri, asegurándole el poder en el decisivo balotaje de noviembre.

Es improbable que esto vuelva a ocurrir, al menos en relación con las magnitudes de entonces. También en Córdoba la imagen presidencial está dañada. Aunque se descuenta que Macri se impondrá localmente, la duda campea sobre si la diferencia será lo suficientemente amplia como para compensar los apoyos que perderá en el conurbano bonaerense, en donde no la tiene fácil.

Es en aquella jurisdicción, precisamente, en donde la gobernadora se encuentra pagando un alto precio por su lealtad para con el presidente. No obstante que las encuestas la señalan como favorita, el peso político de Cristina hace que se reduzca al corte de boleta. Si los bonaerenses no hacen uso de las tijeras en la proporción que se requiere, Juntos por el Cambio podría perder su principal bastión por un voto a manos de Axel Kicillof, completamente extraño a aquella geografía electoral. Ningún analista serio se atreve a apostar por la reelección de la señora Vidal porque ya no depende de sí misma, utilizando el argot futbolero.

A escala menor, es esta también la situación de Schiaretti. Fenecido el sueño de armador del tercer gran tercio político nacional, su rol se circunscribe al de valedor comarcal de una lista corta con pronóstico reservado. Pese a que buena parte de quienes habrán de votar por Macri en siete días más lo hicieron por él en mayo, no está claro si sabrán racionalizar la oferta de Hacemos por Córdoba en el cuarto oscuro. En la polaridad en que se encuentra la política argentina los talibanes a ambos lados del espectro tienden a menospreciar como secundaria cualquier sutileza que la oferta electoral proponga, más allá de sus méritos o ventajas aparentes. Las PASO venideras son, precisamente, esto: una apuesta a todo o nada, las primarias de la segunda vuelta de octubre. Una situación que nunca si ha visto y, acorde a su denominación institucional, abiertas a cualquier resultado.



1 Comentario

  1. Lo cierto es que estamos ante dos FRACASADOS, la diferencia es que «el Macrismo» se termina con Macri yendose en 2023, y nadie saldrà a las calles a gritar «Si lo tocan a Mau que quilombo se va a armar» y menos aún la indigna expresión de….: «La vida por Mau». Pero en cambio el KIRCHNERISMO, con su relato inventaron, insustancialmente, una «doctrina» a la que llaman «MODELO» y tiene referentes en Máximo Kirchner y La Campora. Además hay otros adoradores de Cristina que engatusan a la gente como si estuvieran ante una «lider imprescindible». Hay fanatismo y eso es USADO para generar cuadros politicos de VIVIDORES DE LA POLITICA, tal como lo hemos visto en Córdoba con el caso de la Bonaerense Gabriela Estevez, que vino becada por CFK al ANSES y luego fué ungida como diputada Nacional y ahora renueva, tan solo por la PERTENENCIA a La Campora. Esas remoras van a ser mas dificil sacar a medida de que continuen con la MANIJA DEL PÒDER. Macri en 2023…¡Fué!, pero los K….¡N OOOOO!

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