Macri, el obligado regreso a las fuentes

Con un pronóstico tan cerrado cada voto cuenta. La teoría marginalista afirmaría que, en adelante, cada voto que el presidente logre consolidar vale más, mucho más, de los que ya contaba como seguros.

Por Pablo Esteban Dávila

Aunque Mauricio Macri siempre ha rehuido los encasillamientos programáticos, no hay dudas de que es un liberal. No al estilo de Carlos Menem, un auténtico conservador popular, sino un liberal institucional, en el sentido más cabal del término. Esto no quiere decir que sus políticas efectivamente lo hayan sido (en muchos casos todo lo contrario, especialmente en el área económica), pero no puede negársele este linaje. Su propio origen personal, relacionado con el mundo empresario y la alta burguesía nacional, así también lo sugiere.
En la Argentina, un país tradicionalmente rehén de las deformaciones progresistas, liberal es percibido como alguien de derecha antes que de centro. Y, ya se sabe, “la derecha” es anatema para muchos sectores. Sin embargo, Macri se las ha arreglado para surfear este prejuicio en forma exitosa. Sus dos períodos al frente de la ciudad de Buenos Aires y la presidencia de la Nación son pruebas suficientes de que este mote no lo ha afectado en demasía. Puede que su estilo cercano a la gente y su pasión por Boca Juniors hayan contribuido a tornar porosos los tabiques ideológicos que, a priori, pudieran haberlo limitado.
Esto no quiere decir que sus votantes duros provengan de todos los sectores sociales. Dejando de lado el ballotage de 2015, es innegable que la mayoría de sus apoyos provienen de clases medias urbanas y rurales y que, entre ellos, hay tantos que se piensan a sí mismos como liberales como otros que se consideran lisa y llanamente de derecha. Podría especularse sobre qué tipo de valores, representaciones de país o perspectivas económicas pudiera tener cada uno de estos sectores, pero tal cosa sería objeto de otro examen. Lo importante es subrayar que, por los motivos que fueran, fueron los factótums de que Macri llegase a la Casa Rosada.
Así como existe esta certeza, debe también aceptarse que Macri hizo todo lo posible, en sus primeros años de mandato, para ampliar su base de sustentación política. El mantenimiento de los planes sociales heredados del kirchnerismo, la reparación histórica para los jubilados y el inicial gradualismo económico fueron los intentos más claros de mostrarse como un presidente sensible a las necesidades de los menos favorecidos. No obstante, la crisis financiera desatada en abril de 2018 lo alejó fatalmente de ellos y, de paso, también de los tradicionalmente afectos a sus políticas, visiblemente desencantados de su gobierno.
A inicios del actual proceso electoral esta lejanía gemela amenazó con fungir como una suerte de “doble Nelson” para sus ambiciones de reelección. Pero el factor Pichetto, la incipiente estabilización monetaria y los dislates de la campaña de los Fernández lograron el efecto de reinstalarlo. Hoy las encuestas señalan que el final está abierto. Es la primera vez en la historia que un candidato no peronista y al mando de un país en crisis se encuentra con chances ciertas de permanecer en el poder. Dicho objetivamente, es lo más cercano a una hazaña política que se ha visto desde 1946 hasta la fecha.
Esta certidumbre, sin embargo, remite a una previa cuestión: cuando se trata de la presidencia (o de una gobernación) el haber estado a punto de triunfar no se compara con el hecho de triunfar a secas. No hay ganadores morales en política, ni le alcanza a Macri el estar cerca de Alberto Fernández contra todos los pronósticos. Debe derrotarlo; de lo contrario, el relato épico de correrla desde atrás quedará sin la epopeya correspondiente.
Con un pronóstico tan cerrado cada voto cuenta. La teoría marginalista afirmaría que, en adelante, cada voto que el presidente logre consolidar vale más, mucho más, de los que ya contaba como seguros. Y, rota la ilusión de forjar una alianza de clases en torno a su figura, los electores a los cuales dirige ahora todo su arsenal son aquellos que, habiéndolo apoyado cuatro años atrás, se muestran como decepcionados de sus políticas.
La recreación del Ministerio de Agroindustria debe ser leída en esta clave. La performance del sector agropecuario es central en la actual pax económica. Sin su cosecha récord, fruto del buen clima y de la extendida tecnologización del campo, otro sería el panorama. Macri sabe que, luego de haber reimplantado las retenciones a las exportaciones, muchos colonos se habían desentendido de su suerte. El nuevo Ministerio es un anzuelo para regresarlos a su redil.
Otro aspecto de la estrategia es su relación con los militares y las fuerzas de seguridad. Patricia Bullrich supo identificar al gobierno con los valores del orden y de la lucha contra el narcotráfico, pero a Oscar Aguad no le fue tan bien con la cartera de defensa. El hundimiento del ARA San Juan dejó a la vista el estado de los medios militares y, pese a que no podría imputársele responsabilidades por este desgraciado acontecimiento, pegó fuerte en la moral de los hombres de armas. Los recientes halagos proferidos por el presidente en la cena de camaradería de la Fuerzas Armadas y el anuncio de la adquisición de una decena de modernos cazas FA50 Golden Eagle coreanos se inscriben en la línea de restañar los daños que se hubieren producido en su previa relación de confianza con la familia militar (y con sus votos).
Tampoco es casual que, recientemente, Macri enfatizara que se encuentra a favor de la vida en el candente tema del aborto. Aunque nunca renegó de esta posición habilitó, no obstante, el tratamiento del tema en el Congreso, algo que ciertos sectores tradicionalmente macristas no le perdonaron. En forma sutil, sin desdecirse pero sin vanagloriarse de aquella decisión, su campaña se aleja ostensiblemente de esta problemática, dando a entender que su silencio es una garantía de que, en adelante, no hará gran cosa para reinstalar la discusión.
La tarea de concentrarse, en esta fase, sobre los electorados que había perdido encuentra una síntesis en la reciente expresión atribuida a Marcos Peña, su máximo estratega: “puteame pero votame”. El apotegma, correctamente soez, lo resume todo. El gobierno hizo muchas cosas mal, se equivocó, mucha gente está mal, pero lo que podría venir es peor de lo que ha sido el presidente. Es una estrategia de catarsis colectiva para los que siguen teniendo miedo del kirchnerismo, una forma de anticipar el ballotage y restar apoyos a las fórmulas encabezadas por Roberto Lavagna, José Luis Espert o Juan José Gómez Centurión. Liberales, conservadores o de derechas, son todos bienvenidos a la causa. Macri está obligado a regresar a sus fuentes.



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