Alberto y sus descamisados pardos

La amenaza en tono de burla que deslizó Alberto Fernández confirma que la oposición aceptó el convite del gobierno a enfrentarse desde el eje autoritarismo/democracia.

Por Javier Boher
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Carlos Fara es un reconocido consultor que destaca como analista e intérprete de la realidad política (cualidad necesaria para formular y dirigir campañas exitosas). Con una visión bastante imparcial para los momentos que corren, su opinión sirve para entender mejor las particularidades de la acción de los candidatos.
En una nota reciente pone en boca de supuestos militantes una duda central: ¿está Fernández Bis haciendo todo lo posible para perder las elecciones?. Sustenta la pregunta en el amateurismo de la campaña, la falta de protagonismo de Alberto, los roces Máximo-Kicillof o la concentración de esfuerzos en provincia de Buenos Aires.
La duda, por supuesto, sirve para señalar un triunfalismo exagerado en las filas kirchneristas, que se sustenta en la mala gestión económica del gobierno. Descuentan un triunfo, lo que termina por jugarles en contra. Cierra con la idea-fuerza que ha copado los análisis de los últimos diez días: ¿qué pesa más, la aversión al modelo político del kirchnerismo o el hartazgo por la ineficiencia económica cambiemita?.
La polémica de la semana arrancó con una solicitada a favor del gobierno, no como gobierno en sí, sino como expresión de rechazo al autoritarismo constitutivo de la idiosincrasia de su principal rival político. Aquella decisión de la usina estratégica de Peña y compañía de concentrar el debate en el eje autoritarismo/democracia parece estar dando frutos.
Aunque suene descabellado, ambas cuestiones se fueron uniendo para configurar la situación que se vivió esta semana. El oficialismo logró orientar el debate, mientras que la oposición se plantó en el lugar del que se sabe ganando. Confiados en los números, quizás hablaron de más y refrescaron algunos recuerdos que permanecían reprimidos en el olvido.
El debate sobre la inversión en ciencia fue la excusa. La gestión macrista recortó fondos e impuso controles a un espacio que supo ser usufructuado por el kirchnerismo, desde donde -además de investigaciones serias- se hizo política con el conocimiento.
Aquí vale la aclaración: la inversión en investigación es fundamental para lograr el desarrollo, por lo que si se pretende lo segundo hay que garantizar lo primero. Sin embargo, invertir no sólo es poner plata, sino hacerlo de manera eficiente e inteligente, algo que muchos no tienen bien claro.
Hecha la salvedad, queda tomarse el tiempo para tratar de entender lo que pasó el miércoles a la noche, cuando Alberto Fernández se reunió en el edificio de una universidad pública para recibir el apoyo de gran parte de la comunidad científica.
Allí, en un templo del saber laico, rodeado de las mentes más brillantes del país y cerca de la fecha de aniversario de la Noche de los Bastones Largos (un mojón de oscurantismo autoritario) el candidato del Frente de Todos se puso la pilcha de guapo para escrachar públicamente a una de las firmantes de la solicitada oficialista.
Alberto Fernández habló desde la desigualdad de poder que existe entre un precandidato a presidente que se postula para un cuarto mandato de un espacio y una científica que expresó su temor a la persecución ideológica por adherir mínimamente a un proyecto político (del que ha sido crítica por su política para el CONICET).
Lo peor fue la risa generalizada, acompañada por decenas de conformistas que carecieron del coraje para señalar la aberración fascista del ex Jefe de Gabinete. Puede parecer exagerado, pero al poner todo en la balanza prefirieron los recursos para investigar antes que la defensa de un ideal republicano de respeto por la disidencia. En eso de sentirse ganando, todos llevan las cosas más allá, hablándole a los forajidos adoradores de la irracionalidad masificada.
Hay una obra de teatro titulada Good (“bueno”, en inglés) que fue llevada al cine con protagónico de Viggo Mortensen. Allí se relata la historia de un intelectual alemán de los ‘30 que minimiza el riesgo de un nazismo embrionario, obnubilado por los recursos que se le destinan para su labor académica.
Mientras descree de las advertencias de su íntimo amigo judío, sigue escalando posiciones en la jerarquía del partido, distanciándose cada vez más de aquél. Cuando llega la Noche de los Cristales Rotos trata de avisarle, pero ya es tarde. Enceguecido por la vida fácil y el poder acumulado, pierde a su amigo, al que encuentra en un campo de concentración una vez que se decreta la solución final.
Las comparaciones siempre suenan exageradas, minimizadas por los que no sufren la amenaza del garrote. De cara a las elecciones, sólo resta esperar para comprobar la tesis de Fara. Aunque las comparaciones parezcan excesivas, cómo se muevan una y otra fuerza política terminará inclinando la balanza contra aquello a lo que la gente más le tema.



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