Aquella ortodoxia musical

Asoma como insólita la polémica que se ha encendido en los Estados Unidos alrededor del hit “Old Town Road”, que originalmente había sido encasillado dentro del género country, pero cuya pertenencia a ese estilo fue puesta en duda porque lo interpreta el rapero afroamericano Lil Nas X.

Por J.C. Maraddón
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La hibridez de la música actual torna difícil la clasificación de las canciones según su género, excepto en los casos de aquellos estilos tradicionales que son respetados a rajatabla por algunos de sus cultores. En el folklore argentino, por ejemplo, existen artistas que se emponchan, se calzan un sombrero y arremeten con un cancionero nativo que no se mueve un milímetro de los clásicos que sabemos todos. Y también están los que, dentro de sus posibilidades, experimentan con fusiones que van enriqueciendo aquellas raíces y que ayudan a que las nuevas generaciones no se sientan ninguneadas por esa propuesta sonora. Por supuesto, estos innovadores suelen despertar el rechazo del público más conservador, que considera que someter al folklore a ese tipo de procedimientos de renovación equivale a traicionar su esencia. En ese mismo sentido, habitualmente se verifica una corriente de opinión que promueve expulsar a los audaces fuera del panorama folklórico, para acomodarlos dentro de alguna otra categoría estilística (pop, rock, reggae) que les quepa mejor a sus deslices creativos. Se produce así una tensión entre fuerzas centrífugas y centrípetas que alimenta un debate a todas luces enriquecedor, siempre y cuando no se caiga en los exabruptos. Durante los años sesenta y setenta se escenificaron contiendas feroces entre tradicionalistas y heterodoxos, en especial cuando un sector de la crema rockera local se lanzó de lleno a embeberse de sones autóctonos. Quizás haya sido Mercedes Sosa, en su regreso del exilio, la prenda de unidad entre estas dos posturas en pugna, que finalmente achicaron distancias y dieron lugar a la aparición de mixturas soberbias. Y el llamado Folklore Joven, que se consolidó como fenómeno popular en la segunda mitad de la década del noventa, señaló un camino por el que todavía transitan algunas de las figuras del momento en la canción nacional. Voces como las de Soledad Pastorutti, Abel Pintos o Luciano Pereyra, tal vez no hubieran alcanzado el reconocimiento masivo, de no exhibir en su origen esa tonalidad folklórica que después se abrió hacia otras sendas. Por eso, asoma como una noticia insólita la polémica que se ha encendido en los Estados Unidos alrededor del tema “Old Town Road”, que originalmente había sido encasillado dentro del género country, algo así como un equivalente estadounidense de nuestro género nativo. Ocurre que este hit le pertenece al rapero afroamericano Lil Nas X y cuenta con pasajes sonoros de trap, dos detalles que no han pasado desapercibidos para los fundamentalistas. En marzo, “Old Town Road” fue quitado del ranking de éxitos del country de la revista Billboard, por considerarse que no debía ser incluida dentro de ese estilo, lo que alentó acusaciones de discriminación y racismo. Más allá de ese incidente, la canción acaba de superar el récord de “Despacito”, al sostenerse 17 semanas en la cima del Hot 100 de la misma publicación, lo que deja en claro que el público cada vez atiende menos a los antiguos encasillamientos. Y que, a esta altura de la historia, los prejuicios deberían sería los únicos condenados al destierro. Entre nosotros, en la actualidad sería inconcebible que se impidiera que Abel Pintos cante en el festival de Jesús María, bajo la excusa de que está más cerca del pop que del folklore. O que León Gieco fuese retirado de la grilla de un encuentro rockero, con el pretexto de que su repertorio está sazonado por temas folklóricos. Si hasta en este lejano sur hemos avanzado mucho en la abolición de esas barreras tajantes, parece mentira que en los países centrales haya quienes se sigan aferrando a cánones que ya han prescripto, en vez de promover un recambio que garantice la supervivencia.



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