Política al plato

Como si se tratara de bocadillos de alguna de esas ferias de moda, los eventos de combinación político-gastronómica nos vienen dando de comer desde hace un par de días.

Por Javier Boher
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No hay dudas de que en los últimos años la gastronomía se ha convertido en un furor. Desde aquella biblia que significa el libro de Doña Petrona hasta la actualidad muchas cosas han cambiado. Internet ha transformado la cocina y la alimentación: como dice Gusteau, el cocinero de la película infantil Ratatouille, “cualquiera puede cocinar”.
Este furor por los condimentos exóticos, las técnicas más novedosas o los implementos más modernos ha llevado a que la difusión del arte culinario se multiplique exponencialmente, saliendo del pequeño lugar en algunos programas del cable a ocupar horas y horas en la televisión de aire.
Esto es tan así que algunas de las noticias de la última semana están involuntariamente vinculadas a la moda de la gastronomía, con el periodismo cronicando estos episodios como esos cazadores de tendencias que hacen difusión en las redes bajo el nombre de “foodies”.
Todo arrancó hace diez días, cuando Cristina Kirchner utilizó los nombres ficticios de Cuchuflito y Pindonga como genéricos para denominar a las nuevas marcas que han copado el mercado como forma de capear la crisis y sostener de alguna manera el consumo.
Toda la semana que le siguió fue de conocer la historia de decenas de Pymes que se han ido ganando la confianza de los consumidores en base a la buena calidad. Sin demora, todos aprovecharon para subirse a la publicidad gratis de lo que parecía algún tipo de reto viral, “mi foto con una marca pindonga”.
El lunes arrancó con el duelo Gauchos vs. Veganos, una historia que parece sacada de algún subsuelo de cine de bajo presupuesto, con los defensores de la proteína animal enfrentándose sin armas letales a los adoradores de la fibra vegetal, en la arena de un coliseo improvisado para reeditar la grieta entre la oligarquía y el pueblo.
Miles de tuits y posteos sentando posición sobre la decisión de alimentarse a base de semillas y leche de almendras, sobre cómo se puede reemplazar un buen bife por una hamburguesa de lentejas o cuál es el punto ideal para saborear la mejor carne del mundo. Todo se expresó con referencias a la Campaña al Desierto, la 125 o el monocultivo de soja, en una mezcla con reminiscencias a olla popular.
En esa línea gastronómica de batalla, ayer le llegó el turno a lo que algunas organizaciones sociales dieron en llamar “el polentazo”, una jornada de protesta en la que se convocaron para ofrecer un plato de polenta a la gente. Se vio algo de queso rallado, queso fresco y salsa de tomate con carne molida, acaso la forma en la que hay que prepararla en invierno. La idea era demostrar que la gente pasa hambre, en el mismo tono de lo que dijo la ex presidenta el fin de semana, aunque la preparación desmiente la lógica de la carencia.
El debate gastronómico seguramente continuará en la semana, porque los paladares no dejan de ser inquietos y porque también circuló un supuesto vale para un acto de Cambiemos que se podía canjear por dos tortitas, un mate cocido, una remera de Macri-Pichetto y $800. Respecto a eso hay que ser claros: si con todo el aparato estatal son incapaces de pagarse un locro o unos choripanes, definitivamente no van a poder hacer pie en los sectores populares.
Quizás la afirmación anterior suene a clasista o exagerada, pero la realidad se encargará de medirlo. Es que mientras circulaba la imagen del vale oficialista, también se conoció otra de un vale del Movimiento Evita que podía canjearse por un chori y una coca, algo un poco más tradicional y litúrgico.
Lo bueno sería que pudieran olvidarse de las diferencias, cerrar la grieta por un rato y ponerse de acuerdo sobre el lugar y el horario. Ya que todo eso sale del dinero que los ciudadanos generan por otros medios, quizás harían bien en retribuirles con una especie de media pensión proselitista.
Si tuviesen la grandeza de acomodar los cronogramas y no pisarse, el chori podría ser almuerzo y las tortitas la merienda. Ese orden no es caprichoso, porque ¿quién estaría dispuesto a ir a desayunar a un acto político? ¿y a cenar con este frío sólo por un choripán (que seguro ni siquiera tiene chimichurri)? Si prefieren esos horarios, quizás deberían coordinar con los muchachos que se movilizaron hoy y pedirles una mano, porque por una buena polenta con salsa, seguro la cosa sería distinta.



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