Miradas y peripecias de Schmidtmeyer (Segunda Parte)

Cómo tantos viajeros que pasaron por este territorio casi despoblado en los años veinte del siglo XIX, Peter Schmidtmeyer vivió su cuota de sustos en el sur de Córdoba, la parte más accidentada de su viaje a Chile.

Por Víctor Ramés
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La posta de Desaguadero según ilustración del libro de Peter Schmidtmeyer, 1824.

Al pasar por el sur de Córdoba rumbo a Chile, Peter Schmidtmeyer realizó observaciones naturales: se refirió al espinillo, árbol pequeño que vio en abundancia desde las regiones secas de la pampa hasta el pie de los Andes. Alabó sus cualidades esenciales como leña tanto de uso doméstico como para las quemas en las minas.
También hizo mención a la poca cantidad de rebaños de ovejas que se veían, señalando que de Corrientes y Córdoba eran las lanas de mayor calidad que había visto. Y aseguró que los habitantes de “las pampas” no eran afectos a comer ese tipo de carne, que no hallaban sabrosa.
Schmidtmeyer y sus compañeros de viaje, entre ellos criollos y extranjeros, transitaron buena parte del accidentado camino cordobés con el aliento retenido,debido a los signos de presencia de pueblos aborígenes que atacaban y saqueaban en cercanías de las postas por las que iban pasando. Los comandaba el militar chileno José Miguel Carrera. Su relato se explaya en ese tipo de episodios en la cercanía de la posta de Fraile Muerto: “Los habitantes de unas pequeñas cabañas que estaban a la vista salieron agitando las manos, indicándonos que nos regresáramos. Cabalgamos hacia ellos y nos dijeron que Carrera y su tropa estaba en aquel pueblo; que algunos cientos de indios se le habían unido y que algunos rezagados andaban saqueando donde y a quienes podían. Que si nos hallaban podían quemarnos, o despellejarnos, o tomarnos como esclavos”.
Las novedades no detuvieron a los viandantes, quienesquedaron muy preocupados. Decidieron llegar a Fraile Muerto y hacer noche. Sin embargo, allí las noticias no eran más alentadoras:
“Carrera había estado allí mismo el día anterior y al parecer su intención era cortar todas las rutas de comunicación. A la noche llegaron dos chasquis de Buenos Aires que iban a Chile y contaron que habían debido recorrer circuitos más largos para evitar varias postas donde habían estado los merodeadores, en particular la de Fraile Muerto. No obstante, un peón enviado a recabar información reportó a su regreso que no había visto a ninguno de ellos, de manera que procedimos, sin oír las muchas advertencias de regresar a Mendoza, recorriendouna distancia de quinientas treinta millas.”
En la siguiente parada decidieron hablar con el Alcalde y le pidieron que intercediese ante Carrera para poder continuar su viaje.
“El Alcalde y quienes le rodeaban no mostraron una buena predisposición y, con un exceso de reserva que no era muy alentador, dijo que se empeñaría en hacer llegar nuestro pedido al General Carrera. Esperamos dos días, pero este no pudo ser hallado. El oficial que viajaba conmigo y que pertenecía a un bando diferente, se convirtió en motivo de sospecha. El guía, muy asustado y abatido, nos dijo que estaba seguro de que tramaban contra nosotros, y una persona respetable del pueblo pensaba de la misma forma, que podía haber alguna trampa en aquella demora.”
Tras descartar la posibilidad de ir a Santa Fe “por el campo”, es decir por fuera del camino de postas, los viajeros decidieron tomar otro rumbo:
“A la mañana siguiente pensamos que lo menos peligroso era dirigirse al sur. En un comienzo se nos negaron caballos por orden del Alcalde, pero luego este los autorizó y partimos, con el peón convencido de que seríamos asesinados.”
Tras recorrer dos o tres kilómetros, fueron alcanzados por un soldado armado con un mosquete, enviado por el Alcalde:
“Dijo que el juez ordenaba que el oficial regresara a Fraile Muerto, pero que los extranjeros podíamos seguir. Contra su mosquete, contábamos con tres pares de buenas pistolas, y le dijimos que la orden debería haber sido transmitida por escrito, que de ninguna manera podíamos abandonar al oficial que viajaba con nosotros y de quienes nos hacíamos cargo. Que volveríamos todos, o ninguno.El soldado galopó de vuelta con nuestra respuesta, y nosotros continuamos tan rápido como las espuelas y la fusta podían transmitir a los caballos nuestra prisa. Pero para galopar las pampas, los hombres requerían más previsiones que las que teníamos nosotros, con nuestro equipaje que no podíamos dejar salvo en caso de fuerza mayor.”
El soldado volvió a presentarse ante ellos en la siguiente posta, con la orden escrita y firmada por el alcalde, pero en vista de que el maestro de postas les proveyó de buenos caballos, decidieron no acatarla. Convencieron al soldado de esperarlos en un punto cercano y huyeron de él, dirigiéndose a toda prisa a la siguiente posta, la de Barrancas, que hallaron abandonada por sus habitantes. Siguieron las huellas de los caballos hasta el río Tercero, y allídieron con unos hombres armados.
“En la orilla opuesta, aparecieron dos hombres a caballo, con mosquetes cruzados a la espalda. Al ver que éramos viajeros, nos dijeron que esperásemos y cruzaron el río hasta nosotros. Sus caballos parecían nadar y cuando llegaron supimos que uno de los hombres era el maestro de postas. Contaron que muy poco antes de nuestra llegada, un hombre a caballo había pasado a toda velocidad gritando ‘¡los indios! ¡los indios!’, tras lo cual abandonaron rápidamente la casa y galoparon hasta cruzar el río. Las mujeres permanecían escondidas en algún bosque del otro lado del río, y no regresaron. Luego de mucha demora, algunos caballos fueron preparados para nosotros. Partimos y en la siguiente posta, Saladillo, oímos que algunos indios y rezagados la habían visitado. Había habido encontronazos y saqueos y se suponía que aún estaban en las proximidades. Sin embargo, no nos encontramos con ninguno.”
Finalmente, acompañados por dos diligentes escoltas, a quienes retribuyeron con yerba, cigarros, brandy y una cena, hicieron el tramo final, como si saliesen de una pesadilla.
“En dos ocasiones esa noche el oficial creyó oír cascos de caballos y a los hombres del alcalde que venían a atraparlo. Temprano al día siguiente abandonamos el territorio de Córdoba y todas nuestras remotas aprensiones, respirando otra vez y comiendo libremente, tras una penosa cabalgata de las últimas doscientas cuarenta millas.”