Otra cara de la nueva izquierda en la Rural

Un grupo de militantes veganos interrumpió el fin de semana en la Rural, en una clara demostración de que la nueva izquierda mantiene muchos vicios de la de antaño.

Por Javier Boher
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Hay una vieja frase sobre la inclinación juvenil por las distintas variantes del progresismo que dice algo así: “si de joven no sos de izquierda, no tenés corazón; si de viejo lo seguís siendo, no tenés cerebro”. Quizás en su estado más puro sea exagerada, pero eso tampoco la invalida por completo.
El domingo un grupo de militantes veganos decidió que era buena idea copar el campo de la Sociedad Rural con proclamas en defensa de los animales, todo en la semana más importante del año para esa organización y gran parte de los productores ganaderos del país.
Las imágenes de los manifestantes siendo desplazados a rebencazos del predio de la Sociedad Rural se viralizaron en cuestión de horas, quizás porque un grupo de jinetes enojados puso manos a la obra en la defensa de sus derechos y contra un colectivo que despierta poco más que burlas (y al que se lo asocia a otros grupos que provocan rechazo en amplios sectores, especialmente los más tradicionalistas).
Las imágenes dejaron en evidencia viejas diferencias de un país tan complejo y heterogéneo como el nuestro. La militancia vegana (que sigue reclutando gente para sus filas) es de origen eminentemente urbano, lejos de los campos tapizados por cultivos o en los que pastan los animales, pero a donde se concentran y disfrutan gran parte de los frutos de ese esfuerzo agropecuario. Son, al menos en parte, la expresión de una izquierda que se resiste a morir y -en el mientras tanto- copula con las filosofías espirituales new age.
La reacción de los locales fue violenta, pero es difícil catalogarla como desmedida. La ocupación por parte de los anti-bife de un espacio que no les pertenece también fue violento, y aunque no físicamente, sí lo fue simbólicamente. Los dogmas de las nuevas generaciones son urgentes y deben ser atendidos, tal como pasaba con los dogmas de las generaciones anteriores que tanto sufrimiento generaron.
Poco se habla de que durante estos días pudieron expresar su disconformidad con la reunión en los alrededores del predio, en una muestra de civilidad pocas veces vista en estas latitudes. No abundan los ejemplos en los que distintos colectivos puedan estar cara a cara sin llegar al choque. Todo estuvo bien hasta que decidieron ir un poco más allá, avasallando los derechos de los asistentes al evento.
Imagine por un momento que quiere prepararse para ver el partido de la selección con sus amigos. Cuando va al asador a preparar todo para después del cotejo, se encuentra con cinco personas con pancartas que le gritan que es un asesino: ¿intenta dialogar con ellos o los corre con el atizador y la palita? Ahí está la explicación a la reacción.
Progresivamente vamos encontrando que las viejas y nuevas formas coexisten en una relación tensa, con avances, retrocesos, demandas y ofensas del más diverso pelaje.
Los militantes veganos (“ecoterroristas” diría un amigo que le tiene poca paciencia a estos nuevos vecinos que lo increpan cuando poda los árboles del patio de su casa en las sierras) son la reafirmación de aquel dicho del corazón joven, pero con todo el ardor y determinación puestos en la defensa de la integridad animal.
En los últimos años la izquierda se ha desdibujado en todo tipo de propuestas que la han alejado de la lucha de clases y la dictadura del proletariado. Sin caer en en el infame libelo que se vende como la verdad revelada sobre la nueva izquierda, esa atomización ha generado nuevos colectivos difusos, algunos incluso más sectarios que la vieja izquierda clasista y revolucionaria.
El colectivo de veganos podría ser el colectivo feminista, el de los anarquistas mapuches, los grupos de campesinos del monte santiagueño o cualquier otro. Hoy todos creen estar en una posición de exigir el respeto de sus derechos y sus creencias por encima de los del resto de la sociedad con la que están obligados a convivir: algunos reclaman por los privilegios o tradiciones que se van erosionando con la modernización, mientras que otros se quejan de que los procesos no son tan rápidos.
Quizás el corazón de los veganos es lo suficientemente grande para impulsarlos en la defensa de la vida animal, con espacio para cobijar a todas las bellas criaturas de la tierra en su seno. Si el dicho del principio de la columna tiene algo de cierto, tal vez la supuesta falta de cerebro sea lo único que pueda explicar el terrible error de cálculo de meterse a un campo en el que la caballería presente los podía correr -con mucha determinación- a latigazo limpio.