Los Fernández y la Pindonga

¿Cómo se sentirá este otro señor Fernández frente a las despectivas referencias que su máxima líder ha realizado de los productos que comercializan las empresas que él dice representar?



Por Pablo Esteban Dávila

Para agregar una cuota de surrealismo al discurso kirchnerista, Cristina Fernández acaba de confesar su fe capitalista en una de las presentaciones de su libro, “Sinceramente”, esta vez, en Mar del Plata. Para acreditarla contrapuso la supuesta abundancia en el consumo durante sus dos períodos presidenciales a las actuales restricciones en la demanda popular, fruto de la inflación, los altos precios y salarios deprimidos.

Olvidándose de los absurdos controles de precios de Guillermo Moreno y compañía -que, en realidad, tuvieron el mérito de liquidar los stocks ganaderos, generar desabastecimiento en los supermercados, reducir al mínimo la siembra de trigo en el país y liquidar las reservas energéticas- la expresidenta aseguró que, mientras ella estuvo en el gobierno, los argentinos nos habíamos habituado a gastar en primeras marcas, mientras que en la actualidad debemos recurrir a otras sucedáneas, tales como “La pindonga” o “El cuchuflito”.

Estos “genéricos”, en su relato, no son otros que la hipérbole de mala calidad que ella asocia con las segundas y terceras marcas a las que muchos sectores de la población deben recurrir para satisfacer sus necesidades y que, a fuerza de la crisis económica, han ganado lugares en góndolas y hogares. La anomalía capitalista que Cristina señala consiste, precisamente, en la degradación del consumo que señalaría la transferencia de recursos populares desde aquellas premium hacia estas de reciente fama y dudosa procedencia.

En realidad, este no es un problema del capitalismo sino de los precios relativos. Es obvio (e incluso es sano que así suceda) que la demanda de ciertos bienes y servicios se retraiga si sus precios se incrementan; es la base de la economía libre. Si, por las razones que fueran, existen sectores que ya no pueden pagar por determinadas marcas que antes consumían o intentaban consumir, el propio sistema de mercado genera productos alternativos con precios más asequibles, presionando a la baja los precios de las líderes o generando nuevos nichos de consumo y negocios.

Esto significa que la aparición de segundas o terceras marcas debería, desde la teoría económica, ser celebrada como una manifestación de que el sistema funciona. La principal amenaza para el capitalismo no es la irrupción de nuevos jugadores (de la calidad que fueren) sino los monopolios y las regulaciones arbitrarias de los funcionarios que aspiran a reemplazar las fuerzas del mercado. En este punto, pindonga y cuchuflito son los símbolos más perfectos de que la oferta siempre se las ingenia para satisfacer a consumidores que, de otra forma, quedarían a la intemperie.

Esto, por supuesto, no es parte del dominio académico de la actual candidata a la vicepresidencia, pero bien vale la pena recordarlo. Durante sus gestiones la economía argentina, lejos de cualquier comportamiento capitalista, fue un distrito cerrado al mundo, pletórico de arbitrariedades, teorías absurdas y restricciones autoritarias a la actividad privada. Todavía estamos pagando las paparruchadas de aquella kirchneromics.

Sin embargo no es sólo esto lo que Cristina no entiende, sino la propia dinámica de los jugadores subyacentes a las marcas de menor prestigio. Detrás de pindonga o cuchuflito se atrincheran centenares de PyMES dispuestas a vender más barato que los grandes jugadores gracias a sus menores costos. Esto lo sabe cualquiera, excepto ella que, para más datos, desea regresar al poder de la mano de Alberto Fernández a efectos de reimplantar su exótica visión del capitalismo.

Además, existe dentro de la farmacopea de los K todo un discurso favorable a las PyMES que, al parecer, la expresidenta ha olvidado. A tal punto llega esta predilección que, en Córdoba, el primer candidato a diputado nacional por el Frente de Todos es el referente de la Asamblea de Pequeños y Medianos Empresarios (Apyme), el exjuecista Eduardo Fernández. ¿Cómo se sentirá este otro señor Fernández frente a las despectivas referencias que su máxima líder ha realizado de los productos que comercializan las empresas que él dice representar?

Es una situación, por de pronto, incómoda, tan incómoda como las que protagoniza, frecuentemente, el propio Alberto en su relación con la prensa, explicando que demonios hace con los que, hasta hace poco, destrozaba por todos los medios a su alcance. Eduardo, dentro del dominio local, tal vez deba comenzar a ensayar coloridos descargos respecto a que pindonga y cuchuflito no pertenecen al campo nacional y popular sino que, en realidad, son entidades infiltradas por las multinacionales para llevarse los recursos de los argentinos a cambio de productos con sabores rancios y cualidades no verificadas.

De optar por la vía de la justificación -podría hacerlo también por la del repudio, pero se duda que lo haga- el candidato ingresaría en la tupida legión de los hermenéuticos de Cristina, esto es, de quienes deben interpretar lo que en realidad ella quiso decir cuando dijo lo que todo el mundo entendió que dijo. Es una tarea para un filólogo, no para un pequeño empresario del cuño de Fernández. “Con Juez era mucho más fácil” -bien podría pensar. El exintendente decía barbaridades aunque hacía lo que siempre le convenía a él (aun hoy cultiva el estilo), pero la señora de Kirchner parece estar disociada de este oportunismo, tan inmanente a la política.

Esto remite a la pregunta que, por estas horas, debe perturbar al cordobés. ¿Alguien sabe que quiere Cristina, independientemente de gobernar el país a través de Alberto, su vicario? Porque, de momento, ella parece tener una agenda sin conexión con la de su compañero de fórmula ni, mucho menos, con la de sus candidatos en cada uno de los distritos del país. Tras el cartabón de hablar de su libro dispara las fruslerías más inquietantes, para dolor de cabeza de sus referentes y para desesperación de los estrategas de una campaña electoral que, a veinte días de las PASO y más allá de la intención de voto, ya puede ser calificada en propiedad como una de segundo orden. Igual que sus denostadas pindonga y cuchuflito.



Dejar respuesta