Hezbollá, otra trinchera electoral

La decisión del presidente de definir a la organización Hezbollá como grupo terrorista puede ser analizada a nivel internacional, pero en verdad sólo busca influir en las próximas elecciones.

Por Javier Boher
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La previa a las PASO sigue escalando y se cavan nuevas trincheras para esperar la batalla. Esta vez fue la decisión del gobierno argentino de incluir a la organización libanesa Hezbollá en la lista de grupos terroristas.
Aunque afecte a la dimensión internacional de nuestro país, la medida sigue la línea de los anuncios electoralistas de esta semana, que fueron lanzados como globos meteorológicos para sondear el ánimo de los votantes. El servicio cívico voluntario a cargo de Gendarmería o el respaldo estatal a los afectados por créditos UVA se inscriben -junto a la decisión de ayer- en una pensada estrategia de demarcación y profundización de la grieta.
No es casual el endurecimiento de la postura del gobierno respecto a lo que durante tanto tiempo exhibió el kirchnerismo. Con la intención de visibilizar aún más la distancia entre ambos polos, la decisión del presidente Macri apunta pura y exclusivamente al frente interno, aunque pueda también tener efectos en la relación de nuestro país con actores internacionales.
La idea de los estrategas de la campaña macrista está clara: de un lado, los que defienden a Maduro, se sacaron fotos con Khadafi, rindieron culto a Castro y firmaron el Memorándum con Irán; del otro, los que recibieron a los líderes mundiales del G-20, los que respaldan al presidente interino Juan Guaidó o resolvieron el acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea.
Por supuesto que hay una cuestión valorativa que corresponde a cada ciudadano respecto a lo que considera que está bien o mal, pero eso no impide que cada espacio defina de qué manera se posicionará respecto a las cuestiones internacionales para tratar de seducir a los votantes indecisos, que en última instancia elegirán al que les plantee menor disonancia cognitiva.
Tal vez con la decisión de definir a todo Hezbollá como terrorista, el gobierno esté incurriendo en un error. Adoptar la posición más extrema (la de Israel y Estados Unidos) en detrimento de la moderada (la europea, de condenar sólo a la rama militar y no a la política) no parece a priori muy acertada, por ser Hezbollá parte de la coalición de gobierno de El Líbano.
Sin embargo, la historia argentina señala a esa organización como la responsable de los dos atentados internacionales que sufrió nuestro país en la década del ‘90. El financiamiento iraní a Hezbollá está absolutamente probado, lo que le sirve de vehículo para su proyección internacional solapada. Quizás esos antecedentes hayan simplificado la determinación que se tomó ayer.
La decisión del gobierno no es inocente y pretende demarcar una línea clara entre un “nosotros”, integrado al mundo occidental y un “ellos”, alineado con gobiernos autoritarios o dictatoriales, situación que el Frente de Todos no quiere dejar pasar.
Aunque pese en sus espaldas todo un andar errante en el plano internacional (alineado con el eje bolivariano en búsqueda de financiamiento y mercados) su candidato a presidente eligió condenar esta decisión, apelando a cierto paralelismo con la política exterior menemista.
En esa estrategia compartida de pronunciarse respecto al escenario internacional, Alberto decidió no permanecer indiferente al informe de Naciones Unidas respecto a las violaciones de Derechos Humanos en Venezuela.
Sabiendo que no es gratis alinearse con los responsables de la mayor oleada inmigratoria que recibió nuestro país en el último lustro, optó por la fórmula vacía de pedir diálogo, una forma elegante de decir que hay que esperar a que pase el tiempo para que nada cambie.
Las consecuencias de la decisión del presidente se verán en un tiempo, cuando se acomoden las distintas variables en un plano internacional condicionado por un pésimo presidente norteamericano como lo es Donald Trump, una Rusia decidida a atentar contra la democracia global y una China en fase de maduración, decidida a disputarle la hegemonía mundial a Estados Unidos.
Aunque en última instancia la definición de esas posiciones sea ideológica, probablemente no sea gratis ponerse del lado de tiranos, terroristas y opresores, o al menos eso inferirán de los estudios previos los responsables de la decisión de ayer. La misma apunta a reafirmar esa diferencia entre uno y otro bando, para que en esa batalla que se va a librar en tan sólo 24 días las posiciones que se hayan tomado en cada trinchera los ayuden a acercarse a la victoria.



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