Dibujar el mito

La semana pasada, como parte del ciclo Flashbook, el dibujante Rocambole estuvo en Córdoba para presentar el libro “Solos y de Noche, Crónicas de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota”. Allí, junto a textos sobre la leyenda ricotera, se recopilan trabajos que realizó el artista para ese grupo.

Por J.C. Maraddón
[email protected]

El premio Nobel de Literatura que se le otorgó a Bob Dylan en 2016 introdujo una cuña fenomenal en una cuestión que hasta ese momento era polémica y después… lo fue mucho más. Porque no cabe pensar que el mayor mérito literario del cantautor hayan sido su novela experimental “Tarantula” ni sus volúmenes de crónicas, sino más bien las letras que escribió y cantó a lo largo de su extensa carrera. Está claro que ha sido ese el motivo de su trascendencia y así lo reconocieron sus padrinos culturales, los escritores de la beat generation, que encontraron en él alguien que podía decantar sus ideas en canciones.
El punto es que esa construcción lírica de Bob Dylan está indefectiblemente ligada a un repertorio musical, del que resulta muy peligroso extraerla. Esas imágenes poéticas, esas narraciones y esos personajes han trascendido a través de la entonación vocal del artista y como parte de una pieza creativa que va mucho más allá de las palabras. Vienen a nosotros con su magia cada vez que él las interpreta en vivo y en cada escucha que practiquemos de su discografía, en un ritual que –lo sabemos- no puede ser equiparado con la lectura de esos textos en un papel impreso.
Que no produzcan el mismo efecto fuera del contexto para el que fueron creadas, no les resta mérito ni mucho menos, porque ese detalle enaltece sus virtudes como componente esencial de una obra que llega al público como un todo. Por eso su disección es desaconsejable, ante la posibilidad de que en ese proceso pierdan la fuerza que tienen cuando suenan dentro de un envase musical, que es el que en definitiva les insufla la vida. Así fueron concebidas y, al aislarlas, las estamos envolviendo en una atmósfera artificial que generalmente no las beneficia.
Cuando el rock entró en su fase expansiva y se apropió de contenidos propios de la literatura, del teatro, del cine o de las artes visuales, muchos artistas externos se plegaron al convite, por más que no supiesen cantar ni tocar un instrumento. Notables creadores han sido cómplices de bandas y solistas en sus aventuras discográficas y en sus conciertos, al aportar producciones (portadas de discos, videoclips, escenografías) que hoy están consideradas como elementos fundamentales en la historia de la cultura rock. Y que difícilmente podrían ser apreciadas fuera de ese entorno en el que consiguieron la aceptación del público masivo.
La obra del artista plástico Ricardo Cohen, más conocido por su seudónimo de Rocambole, está imbricada de facto con la trayectoria de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, el grupo para el cual él aportó la gráfica de discos, conciertos y volantes, además de la animación en videoclips. Sus logros en ese terreno han sido enormes, como que la estética de la banda prendió entre cientos de miles de seguidores, que portan remeras y tatuajes donde se reproduce la simbología nacida de la imaginación de Rocambole. De hecho, el dibujante es objeto de veneración por parte de los fans, a la altura de los músicos que integraron los Redondos.
La semana pasada, como parte del ciclo Flashbook, Ricardo Cohen estuvo en Córdoba para presentar el libro “Solos y de Noche, Crónicas de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota”. Allí, junto a textos que se refieren al mito ricotero, se recopilan trabajos de Rocambole para el grupo, incluyendo varios que luego no salieron a luz o que fueron modificados. Y aunque el despliegue del artista platense cuenta con una solidez que tiene cariz propio, inscripta a fuego en la leyenda de los Redondos, su figura se agiganta hasta alcanzar la posteridad.



Dejar respuesta