Córdoba en una crónica de 1847 (Segunda Parte)

Como centauros criollos, William Mc Cann y sus acompañantes recorren al trote la pampa cordobesa y llegan a la capital de la provincia. Lo relató en su libro “Dos mil millas a caballo a través de las Provincias Argentinas”.

Por Víctor Ramés
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Gaucho Federal vestido de domingo, por Carlos Morel, 1841.

Mc Cann y su pequeño grupo han entrado a la ciudad de Córdoba en diciembre del 1847 y el comerciante inglés mira y pregunta, como lo hicieron tantos viajeros antes de él y lo harán los que le sigan. Se interesa por esta ciudad construida en un pozo rodeado de barrancas, junto al río.
“En tiempos de grandes lluvias un inmenso caudal de agua se derrama sobre la población desde las laderas vecinas. Para defender la ciudad, ha sido necesario construir un recio muro que detiene las aguas, desviándolas hacia un canal apropiado”.
Menciona que la población de la ciudad, “se calcula en quince mil”. Y sus ojos, previsiblemente, se detienen por fuerza en las religiosas torres y las cruces que le dan identidad a Córdoba:
“A juzgar por la cantidad de iglesias, como por el lujo y magnitud de las mismas, podría creerse que Córdoba haya sido en otro tiempo ciudad de considerable importancia. Diez de sus templos pertenecen a comunidades religiosas y acaba de erigirse uno, muy espléndido, costeado por las monjas. Hay dos conventos de religiosas y dos de frailes: uno de franciscanos y otro de dominicos. En arquitectura prevalece el estilo morisco: la iglesia Matriz, situada en la plaza y construida en 1580, es un bello edificio que revela mucha habilidad arquitectónica y contiene bastantes riquezas.”
Se nota un recorrido propio de Mac Cann en algunas de sus anotaciones, entretejidas con información obtenida directamente. Y no se priva de toques de imaginación medieval que le sugieren los muros coloniales.
“Algunos templos tienen buenas pinturas, aunque debo decir que la iglesia de los franciscanos ostenta muchos metros cuadrados de pésimas telas pintarrajeadas. La universidad ocupa cuatro acres de terreno y es edificio de grandes proporciones, bien conservado, pero su tesoro se halla tan exhausto que los profesores apenas si pueden vivir con el estipendio que reciben de los estudiantes. No tienen otra fuente de recursos. El plan de estudios es muy semejante al de España. Junto a la residencia de los jesuitas, se alza una hermosa iglesia: el techo abovedado tiene maderas ricamente doradas y pinturas al fresco. El número de eclesiásticos en la ciudad, entre seculares y regulares, llegará a una centena. Mientras recorríamos, por espacio de algunas horas, estos edificios religiosos, pensábamos, sin quererlo, en los tiempos medievales: los viejos monjes de cogulla y capucha, con sus rosarios y crucifijos, la devoción silenciosa de algunos, las preces murmuradas por otros, los claustros sombríos, el confesonario secreto, las bien provistas cocinas, los limpios refectorios, todo nos transportaba a los tiempos de la teocracia, en que se consideraba un crimen el adorar a Dios con la ayuda de la única luz que él ha concedido a los hombres.”
En cuanto a apreciar lo bello y destacable de un espacio hoy algo subvalorado -nuestro actual paseo para perros- he aquí una estampa que enaltece al Paseo Sobremonte de entonces:
“Lo más notable que tiene la ciudad es el paseo público; abarca una buena extensión de terreno,
con un estanque en forma cuadrangular, alimentado por un arroyo cristalino. Le circundan senderos provistos de bancos a la sombra de sauces y álamos. En el centro hay un templete en forma de linterna con una cúpula, rodeado por un pretil de ladrillo y una verja de hierro forjado. Algunas personas del bello sexo –muy pocas, dada la estación en que yo visitaba la ciudad– paseaban por aquel deleitoso retiro: es que la privanza de las órdenes monásticas y la influencia clerical, hacen a las gentes muy retraídas en sus costumbres.”
Los viajeros europeos que visitaron Córdoba en distintas décadas, de algún modo insisten en señalar el aseo que presentaba la pequeña urbe de la primera mitad del siglo diecinueve. Hay que decir que esas sí son estampas viejas para nosotros, que no recordamos haber visto limpia a la superpoblada Córdoba a caballo de dos siglos.
“La ciudad es muy limpia y en apariencia muy ordenada. Las calles, que se cruzan en ángulo recto, están bien mantenidas y con buen alumbrado. La única industria es la del cuero. No existe ningún periódico, aunque en otro tiempo se han publicado dos semanarios. últimamente, ha sido fundada una casa de moneda para acuñar piezas de plata, pero éstas son tan impuras, por el exceso de aleación, que no circulan fuera de los límites de la provincia. El clima es saludable aunque no llueve suficientemente.”
Como es fácil de comprender, Mc Cann se interesa por saber sobre los otros europeos radicados en la capital:
“Puede decirse que no hay extranjeros en la ciudad, ni siquiera en la provincia, si se exceptúan algunos pocos franceses y dos o tres ingleses. El arquitecto del gobierno es un francés muy rico e influyente.”
En un paseo suburbano agrega vistas desde los alrededores de Córdoba:
“Si se hace un paseo a caballo por las afueras, pueden verse paisajes interesantes: desde un altozano se ofrece una vista de la ciudad a vuelo de pájaro; desde otra altura dominase un extenso y hermoso panorama de la campiña circundante: en primer plano una pendiente arbolada, sobre la cual se dibujan claramente las torres y cruces de la ciudad; a la derecha, un arroyo tortuoso contornea los suburbios; desde allí arranca un terreno que asciende hasta perderse en el horizonte lejano; allende la ciudad, la vista se detiene sobre una extensa llanura que va elevándose hasta confundirse con las primeras estribaciones de otras montañas escalonadas que alcanzan una altura de dos mil pies.”
Antes de regresar a Santa Fe, Mc Cann se despide de sus nuevos amigos: “Estuve a visitar a don C. M. González (…) No puedo dejar de agradecer al doctor Hawling, estadounidense (…) a los señores don Juan Campillo y don B. Ocampo: estos últimos me proporcionaron valiosas informaciones”.
Y entonces el foco de mira próximo de hace más de un siglo se aleja junto con el comerciante inglés: “Partimos de la ciudad ya muy entrada la tarde y después de cabalgar unas ocho leguas, nos acostamos bajo un árbol del camino.”



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