Denuncian fraude los que temen defraudar

Algunos sectores de la oposición han empezado a circular rumores de posible fraude, algo que suena verosímil aunque esté lejos de ser cierto.

Por Javier Boher
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Todos nos hemos visto involucrados alguna vez en una repartija compleja. La herramienta fundamental para hacerlo siempre ha sido la de ver quién saca el palito más largo. Invariablemente, los derrotados no reconocen el dictado del azar, buscando manejos oscuros entre el árbitro y el ganador.
Aunque todos seamos adultos, con las elecciones pasa lo mismo: siempre va a haber algún desencantado que vea un fraude en una derrota. Ojo, que esto no significa que no haya fiscales que arreglen resultados, robo o cambio de boletas, voto en cadena y tantas cosas más. Una cosa es robarse una mesa y otra muy distinta es robarse toda una elección completa (y que además no sea evidente).
Justo algo de eso está pasando ahora con las fallas en los simulacros de transferencia de telegramas. Algunos (quizás abriendo el paraguas) están aprovechando para poner un manto de sospechas sobre el proceso. Prefieren matar la democracia que morir en una elección.
Nuestro sistema electoral, aunque perfectible, tiene elementos bastante sólidos. Que la voluntad se exprese en papel y que cualquier ciudadano que sepa contar pueda ser fiscal son dos de ellos, garantías fundamentales que le dan transparencia al mecanismo por el que la voluntad popular se transforma en cargos.
La reticencia a modernizarlo (que no es votar a través de computadoras como pretende el gobierno) sigue afectando el desarrollo de las jornadas y el recuento una vez que pasaron las 18. Por eso es que todo el grueso del trámite sigue invariablemente igual: la gente vota con boleta partidaria en un sobre que firma el presidente de mesa y va a la urna. Una vez que termina el día, se abre y se cuentan los votos; se llenan las actas, los certificados de escrutinio que llevan los fiscales y el telegrama.
Es en ese último punto en el que se ve el cambio que intentó implementar el gobierno contratando a la empresa responsable del voto electrónico en la fuerte democracia venezolana. El cambio es, básicamente, en la transmisión de telegramas: lo que antes se hacía desde algunos pocos centros de transferencia de datos ahora se hará directamente desde las escuelas, para que personas en otra ubicación tipeen a mano la información digitalizada previamente, todo bajo la premisa de agilizar el recuento provisorio y no envejecer esperando los datos temporarios.
Todo esto no tiene nada que ver con lo que se anuncia por los agoreros de la chanchada, porque el recuento en la mesa y el escrutinio definitivo siguen siendo exactamente iguales. Solo se espera tener información más temprano el mismo domingo, algo que probablemente seguirá sin suceder.
La voluntad de instalar en la agenda el tema del fraude es una muestra de debilidad absoluta por parte de los actores de la oposición, que no encuentran mejor opción que hablar de proscripciones y manipulaciones antes que concentrarse en propuestas o programas. La chatura misma de la campaña alienta todo tipo de explicaciones mágicas y paranormales para el posible desenlace de las PASO, unas elecciones en las que tampoco tendría mucho sentido ensuciarse para imponerse.
La historia cordobesa nos remonta a 2007, cuando un Luis Juez derrotado por un mínimo puñado de votos salió a denunciar que le habían robado la chance de ser gobernador. Hubo marchas, enojos, cobertura mediática nacional y amenazas de renuncia. Lo que nunca hubo fueron pruebas que se presenten en la justicia.
El tiempo hizo que el vencedor de esa contienda, Juan Schiaretti, tuviera este año la posibilidad de ir por su tercer mandato, pasando de ser el gobernador menos votado de la historia en 2007, al otro extremo en este mayo próximo pasado.
El perdedor de entonces fue senador dos años después, y desde allí continuó en descenso, hilvanando amargura tras amargura. Visto en el tiempo, tal vez aquel fraude (nunca comprobado) fue tan irreal como el que ya anuncian algunos para estas elecciones. Quizás se parecen tanto porque los que hoy denuncian temen volver a defraudar en las urnas, porque llevan cuatro derrotas en las últimas cinco elecciones, demasiadas para creer que a esta altura puedan revertir la tendencia.



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