De regreso a la U.R.S.S.

A casi 30 años de su desaparición, la ausencia de la Unión Soviética como oponente despierta hoy cierta nostalgia dentro del imaginario estadounidense, sobre todo si nos guiamos por los datos que surgen de algunas series que, como “Stranger Things”, han batido récords de audiencia.

Por J.C. Maraddón
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El próximo sábado se cumplirá medio siglo desde el arribo del hombre a la Luna y ya desde hace varios días se vienen difundiendo informes especiales que recuerdan ese acontecimiento. No es posible disociar aquel alunizaje con la Guerra Fría, ese enfrentamiento que marcó a fuego la segunda mitad del siglo veinte y que fue el resultado de la emergencia, tras la Segunda Guerra Mundial, de dos grandes potencias cuyo poderío parecía ser equivalente. Los Estados Unidos, como adalides del capitalismo, y la Unión Soviética, como abanderada del comunismo, compitieron durante décadas por una hegemonia planetaria que respondiera a sus postulados ideológicos.
La disputa se escenificó en campos de batalla del Tercer Mundo, pero también tuvo lugar en los más diversos ámbitos, como la carrera armamentista, los avances tecnológicos, el deporte y la cultura, entre muchos otros. Por supuesto, la conquista del espacio fue uno de los aspectos centrales de esta medición de fuerzas, en una escalada furiosa que se precipitó entre los años sesenta y setenta. Las misiones enviadas por unos y otros tomaban los riesgos que fuesen necesarios con tal de superar al enemigo; y quienes concretaban las hazañas eran saludados con los honores de los héroes nacionales.
Tal vez el arribo de la Apolo 11 estadounidense al codiciado satélite de la Tierra no se hubiera producido nunca, de no ser por el incentivo que significaba para el país norteamericano posar su bandera en la superficie lunar, antes de que lo hiciera su principal adversario. Al igual que en muchas otras áreas del conocimiento y del desarrollo, el acicate más importante provenía de esa compulsa que mantenía azorada a la humanidad, bajo la amenaza de que alguien pulsara un botón y desatara el holocausto atómico, un terror que afectó a varias generaciones y que fomentó las peores fantasías apocalípticas.
Finalmente, a mediados de la década del ochenta el régimen soviético se sometió a un ensayo de transparencia y apertura que resultó ser incompatible con la política de estado que se había establecido tras la Revolución de Octubre. Ciudadanos de países situados tras la Cortina de Hierro iniciaron una cadena de reclamos que culminó con la caída de los gobiernos que funcionaban dentro de la órbita la URSS, hasta que fue la propia potencia la que sucumbió, para subdividirse en las naciones que la componían. En pocos años, la Guerra Fría colapsó por la ausencia de uno de los miembros de la dupla fatal.
Desde entonces, es notorio cómo los Estados Unidos han buscado con denuedo construir un contrincante a su medida para que, al igual que la Unión Soviética, estimulara sus ansias de expansión en todos los terrenos. Creyó encontrarlo en el fundamentalismo islámico, aunque ese adversario ponía lo religioso por encima de lo ideológico. Y ahora que asoma China como la peor pesadilla, todo indica que las diferencias comerciales serán resueltas en la mesa de negociaciones, tal como podría suceder con los desacuerdos sobre armas atómicas con Irán o Corea del Norte.
Tal vez, a casi 30 años de su desaparición, la falta de la Unión Soviética como oponente despierte hoy cierta nostalgia dentro del imaginario estadounidense, sobre todo si nos guiamos por los datos que surgen de algunas series que han batido récords de audiencia. Porque tras el repaso de HBO sobre el accidente nuclear de Chernobyl que permitió reflotar el recuerdo de lo peor del aparato comunista, también la tercera temporada de “Stranger Things” en Netflix reabre esa llaga de manera caricaturesca. Los rusos parecen haber sido el enemigo ideal y los guionistas de la ficción vuelven a recurrir a ellos con un entusiasmo desmedido.



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