Policandidatos del cambio

Los policandidatos por el cambio garantizan, paradójicamente, que nada cambie dentro de la entente oficialista. Son Parménides disfrazados de Heráclito.

Por Pablo Esteban Dávila

El apasionado debate sobre el “poliamor” pasó raudamente de largo. Duró lo que duran los temas en las redes sociales. Tuvo el mérito (si es que el sustantivo cabe para este tipo de polémicas) de presentar abiertamente un asunto que, a lo largo de los tiempos, perteneció a la esfera de la vida privada. Es característico de la época asumir que este tipo de banalidades merecen el escrutinio universal.
Pero, al menos, el neologismo hizo pública una vieja presunción: que una persona puede tener más de un amor genuino y compartir tal cosa con cada uno de sus amores. No hay rubores ni reproches; felices los cuatro (o los que sean). Los que asumen la práctica con convicción y apego sostienen que su vida sexual es muchísimo más rica de la que gozan las aburridísimas parejas hetero – monogámicas, auténtica rémora de los neandertales.
Idéntica cosa sucede con los dirigentes políticos que pueden coquetear todo el tiempo con las candidaturas más disímiles sin sufrir ningún tipo de culpa ni complejo moral. Son los policandidatos. Al igual que el poliamor, esta práctica es antigua pero, a diferencia de aquél, nadie reclama abiertamente virtud alguna por su praxis. Simplemente sucede y, si pasa, mejor.
Hay policandidatos en todos los partidos -no hace falta aclararlo- pero, en ciertas fuerzas políticas, su existencia resulta, en alguna medida, contradictoria con sus postulados fundacionales. Esto es lo que diferencia, por ejemplo, a Martín Llaryora de Mario Negri o de Luis Juez. Mientras que el intendente electo no exige ninguna pretensión de pureza, éstos pertenecen a una coalición cuyo nombre evoca el cambio, es decir, lo nuevo, la renovación.
No resulta complejo analizar estas policandidaturas. Comencemos por Negri. El actual diputado disputó, recientemente, la gobernación de Córdoba con los resultados conocidos. Lo hizo en dos etapas: la primera, contra Ramón Javier Mestre; la segunda, contra Juan Schiaretti. En el interregno sostuvo solemnemente que, si no derrotaba al peronista, no postularía a ninguna otra cosa. Ahora es el cabeza de lista de Juntos por el Cambio. ¿El pretexto? La necesidad y la urgencia.
El paso de su fallida candidatura a gobernador a la actual para diputado nacional se explica con facilidad. El presidente lo quiere en el Congreso y, en rigor, Negri es una espada legislativa de fuste. Sería un desperdicio para el oficialismo no contar con sus servicios en esta coyuntura. Pero lo que justifica su actual postulación desmerece, simétricamente, la porfía puesta en la anterior. ¿Para qué se llegó a un cisma partidario cuando resultaba razonablemente clara la especialización del trabajo dentro de la coalición? ¿Porqué poner contra la espada y la pared al intendente de Córdoba si, en realidad, lo que Mauricio Macri necesitaba era que Negri fuera reelecto a despecho de las ambiciones que propio entrerriano tenía por hacerse de la gobernación de Córdoba?
Cuesta entenderlo, toda vez que el asunto derivó en las consecuencias conocidas. Se supone que una fuerza que postula el cambio busca, precisamente, la mudanza, la innovación. Pero no es lo que ocurrió en este caso. Negri asumió una candidatura con una deriva fatalista, cantada, para luego lanzarse a otra con mejor pronóstico. En el medio quedó el grotesco de dos listas enfrentadas reclamando idéntica adhesión al presidente y su reelección. No se entiende que cambio es el que se proclama. Al menos Mestre tuvo la hidalguía de excluirse de nuevas aventuras ante lo ineficaz de sus pretensiones recientes.
El caso de Juez es todavía más disonante. El exembajador en Ecuador reúne múltiples títulos en su persona, a la usanza de un noble europeo: es concejal en uso de licencia, funcionario del Ministerio de Interior, concejal electo y, ahora, candidato a diputado por el macrismo tras haberse postulado, un par de meses atrás, como candidato a intendente sin mayor fortuna. En un país en donde hay mucha gente sin trabajo, al hombre le sobran conchabos.
Lo sorprendente, en su caso, es que todavía enarbola banderas de rectitud, probidad y tantas otras linduras como si nada hubiese sucedido. Todavía resuena su sentencia tras las elecciones del 12 de mayo: “claro que voy a asumir como concejal. Es un honor para mí. Somos la fuerza que va a encargarse de controlar a Martín Llaryora. Es lo que la gente eligió”. Todo indica que ha cambiado de opinión, como tantas otras veces. Su adicción a la policandidatura es tan natural como el poliamor que dice profesar abiertamente Florencia Peña. Y, aparentemente, sus partenaires -Marcos Peña y demás valedores- parecen gozar sinceramente con el hecho de tenerlo en listas diferentes todo el tiempo a pesar de lo controversial que resulta el personaje.
¿Es que Juntos por el Cambio no tiene más gente en una provincia en la que sobran los macristas? Las evidencias invitan a pensar por la negativa. Además, sorprende también este conservadurismo cuando, como lo es el caso de Juez, tal persistencia sólo ha deparado derrotas y desasosiegos. Baste recordar el triste conflicto diplomático que supo generar con Ecuador para dimensionar la obstinación masoquista con que la Casa Rosada mantiene a su cordobés preferido, aun a costa de otros que, como es el caso de Javier Pretto, garantizan previsibilidad y lealtad sin fisuras.
Los policandidatos por el cambio garantizan, paradójicamente, que nada cambie dentro de la entente oficialista. Son Parménides disfrazados de Heráclito. Confiesan, con mayor o menor vehemencia, las dificultades del macrismo por generar dirigentes alternativos, o su incapacidad por consolidar a emergentes que, en las últimas elecciones, han demostrado ser merecedores de mayores atenciones que las dispensadas, hasta el momento, por la nomenclatura cambiemita con asiento en Buenos Aires.



Dejar respuesta