La Bancaria quiere regular el Mercado (Libre)

Los cruces entre el gremio y Mercado Libre dejan en claro que hay un choque de modelos y visiones de país que confluyen en -y quedan evidenciados por- el proceso electoral.

Por Javier Boher
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La campaña está en llamas, donde todos quieren dejar mal parados a sus competidores. En un contexto de hiperpolitización de unos cuantos e indiferencia de la mayoría, lo que se sienta en el bolsillo y lo que se hable entre los grupos más cercanos van a determinar hacia dónde se oriente el voto.
Las cartas que juegan los principales competidores son claras. Por el lado del oficialismo, el antes y el después de la gestión pública. Un salto de tres años calendario que significó ponernos al día con los cambios económicos y tecnológicos de la última década. Por el lado del kirchnerismo, la recesión económica y el supuesto achicamiento del Estado.
Como no podía ser de otra forma, ambas visiones colisionan en algunos puntos muy precisos, que dejan en evidencia lo que se encuentra por detrás de los discursos. Sin lugar a dudas el trabajo es uno de esos puntos más conflictivos.
Hace apenas unos días Sergio Palazzo (titular de La Bancaria y uno de los más firmes defensores del proyecto Fernández bis) salió a enfrentarse de manera directa con Mercado Libre, una de las mayores empresas del país y fetiche de la gestión “modernizadora” de Mauricio Macri.
El gremialista aseguró que iría por la afiliación de los empleados de la empresa de Marcos Galperín, ya que en su crecimiento y expansión ha empezado a ofrecer servicios financieros que quedan encuadrados -según la normativa actual- en lo que Palazzo entiende que es su área.
Por supuesto que la respuesta de Mercado Libre no se hizo esperar, y aunque su interés de dejar fuera a dicho gremio es absolutamente lógico, jugó una gastada pero efectiva carta de victimización, básicamente apelando a los aprietes, las mafias y los intereses personales de los que comandan toda la movida.
El debate más profundo es sobre la viabilidad de una organización sindical inspirada en el fascismo de los ‘40, con trabajadores menos productivos que en los ‘50 y con convenios laborales de los ‘70. Con la misma voluntad extorsiva de los ‘80, pero con cada vez menos afiliados desde los ‘90, los sindicatos no pueden adaptarse a los cambios del tercer milenio.
La pelea de Galperín es, en cierto modo, la pelea que quieren dar todos los empresarios (aunque algunas veces les falte la determinación para hacerlo). No se trata de flexibilizar las normativas para perjudicar a los trabajadores o reducir los salarios, pero sí para reducir los costos laborales o de financiamiento que encuentran los que deben generar el empleo.
El kirchnerismo ve en Mercado Libre todo lo que está mal en el sistema capitalista, aunque entiende que el verdadero motivo para odiarlo es que contribuye a eliminar las barreras de entrada de la gente a la tecnología, a la comercialización de sus productos o al consumo a precios razonables. Básicamente elimina los intermediarios, eso de lo que ellos pretenden vivir cuando hacen política.
Galperín ya ganó su primera pelea contra Hugo Moyano al lograr dejar fuera del convenio de camioneros al grueso de los empleados del área de logística. Ahora tratará de hacer lo mismo con el resto, pero para evitar que queden bajo el manto de Palazzo.
Tal vez entre el gobierno y Mercado Libre esperen definir un acuerdo nuevo, por fuera de los límites actuales (como ocurrió con las low cost o con Vaca Muerta) que ayude a generar las condiciones para que prosperen estas nuevas iniciativas y vayan dejando atrás todos esos andamiajes primitivos de mediados del siglo XX, cuando la computadora era una excentricidad universitaria y al grueso del empleo lo generaba la industria manufacturera.
El sindicato como herramienta de negociación colectiva fue fundamental para alcanzar y defender el cumplimiento de los derechos laborales a lo largo de la historia, una función que sigue vigente en todo el mundo. Entre eso y lo que hay en la Argentina actual existe una brecha gigante: dirigentes ricos, trabajadores pobres, manejo opaco del dinero de las obras sociales y la violencia como el camino de resolución de disputas (como casualmente ocurrió ayer en un frigorífico de Buenos Aires).
Las transformaciones tecnológicas son acompañadas por profundos cambios sociales. Prohibir o regular desde el marco actual iniciativas del mundo virtual como Uber, Rappi o Mercado Libre, o condicionar la radicación o conformación de nuevas empresas como las low cost, sólo dejan en claro que no hay voluntad de llevar bienestar a la gente: sólo quieren hacer ruido que les ayude en la campaña, esperando para llevarse su tajada si todo sale como ambicionan.



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