El presente eterno

Si nos guiamos por la banda sonora (saturada de canciones de entre fines de los setenta y mediados de los ochenta ) de la tercera temporada de la serie “Stranger Things”, disponible en Netflix desde este mes, sólo podemos esperar que el reciclaje del reciclaje termine por tornarse insoportable.

Por J.C. Maraddón
[email protected]

Desde mediados del siglo pasado, los ciclos de la cultura que antes tomaban siglos en repetirse, se volvieron mucho más dinámicos, como para adecuar su reloj al vértigo que empezaba a tener la renovación de las tendencias. Fue así como lo que antes se mensuraba en centurias, pasó a desarrollar patrones que se reiteraban década de por medio, con una regularidad que hasta ahora se había mantenido constante. Sin embargo, como tantas otras cosas, esa pauta también pareciera estar modificándose, en el contexto de un mundo que experimenta cambios fundamentales y que siente nostalgia por una meseta de estabilidad que hoy parece imposible.
En los años setenta, la utopía del eterno progreso que animaba a la generación anterior sufrió su primer revés. Algo tendrá que ver la crisis económica global de 1973, desatada tras un aumento inaudito en el precio del petróleo. La cuestión es que se esparció un sentimiento de desazón por la pérdida de la inocencia rockera que existía en los principios de ese movimiento artístico. Y se postuló un retorno a las raíces, notorio a través de síntomas diversos, que van desde el disco de covers publicado por John Lennon bajo el título de “Rock ‘n’ Roll”, hasta el ansia del punk por volver al punto cero.
En los ochenta, las agujas retrocedieron veinte años y se produjo un redescubrimiento de la simpleza del pop que había tenido su origen en los dorados años sesenta. Tras haber apostado por acercarse a las composiciones más complejas de la música culta, algunas de las grandes figuras del rock progresivo, como Queen, Phil Collins o Peter Gabriel, suavizaron su apuesta y concretaron un suceso comercial a partir de esa concesión. Un proceso similar atravesaron referentes del glam, como David Bowie, y del punk, como Billy Idol, que atestaron con sus hits al planeta entero.
El grunge impuso a comienzos de los noventa una reparación del modelo sonoro de los setenta, con una fijación por las guitarras bien al frente, al tiempo que la electrónica recurría al archivo de experimentos tecno que se habían verificado dos décadas antes. Pero esta recurrencia que saltaba los años de 20 en 20, mostró una alteración llamativa al arrancar el nuevo siglo. El retro-rock atrasó cuatro décadas para replicar la aspereza y los matices valvulares de las viejas bandas de garaje, mientras que el electro pop no tuvo empacho en asimilar influencias de la más fina estirpe ochentosa.
Si bien la nostalgia siguió siendo el motor de la música de moda, comenzó a escenificarse una especie de revival del revival que confundió todo. En la década actual, el pop tuvo su momento esplendoroso, pero el hip hop retomó la furia innovadora y renovó su onda expansiva a través de derivados como el trap. Y el boom latino de fines del siglo pasado inspiró el reflujo actual de la música de ese origen, que predomina hoy en los charts y que parece haber llegado para quedarse. Pero, como nos encontramos en los albores de un nuevo decenio, ya cunde la intriga ante lo que vendrá.
Si nos guiamos por la banda sonora de la tercera temporada de la serie “Stranger Things”, disponible en Netflix desde este mes, sólo podemos esperar que el reciclaje del reciclaje (del reciclaje) se torne insoportable. Canciones de entre fines de los setenta y mediados de los ochenta suenan y resuenan a lo largo de los episodios, como un recurso omnipresente al que se apela aunque no haya otra justificación que la de ambientarnos en la época. Que un producto focalizado en la audiencia adolescente se apropie de un repertorio ya caduca, abona la teoría del filósofo Franco Berardi: el futuro es una mentira, detrás de la cual se esconde un eterno presente.



Dejar respuesta