Una fusión de ida y vuelta

A cuatro décadas del concierto de Stan Getz en Córdoba, frente al panorama de este siglo veintiuno pleno de sones latinos, corresponde poner en valor la gesta en la que el saxofonista estadounidense revindicó la bossa nova de João Gilberto, el músico bahiano fallecido el viernes pasado.

Por J.C. Maraddón
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El 18 de septiembre de 1979, en el estadio de lo que se llamaba Asociación Redes Cordobesas, se presentaba el músico estadounidense de jazz Stan Getz, al frente de su conjunto, que en ese entonces estaba integrado por intérpretes muy jóvenes. El guitarrista Jack Loeb, el pianista Andy La Verne y el baterista Victor Jons, acompañaron en esa ocasión al saxo tenor de Getz, que a los 53 años ya llevaba varias décadas codeándose con los mejores de un género al que nunca le faltaron figuras. Los jazzeros de Córdoba estaban felices por disfrutar de este espectáculo, organizado por la Fundación Pro Arte.
En esos finales de la década del setenta, aquel viejo estilo derivado del blues, que había ganado el centro de la escena en las ciudades de los Estados Unidos, alimentaba una nueva utopía que le brindaba la posibilidad de mantenerse vigente. Porque eran esos los tiempos en que el jazz rock reinaba entre los melómanos más exquisitos, gracias a los esfuerzos creativos de una camada de bandas y solistas que habían llevado a lo más alto esa fusión. En la Argentina, hubo una particular fascinación por esa tendencia sonora, que en Córdoba iba a traducirse en la aparición de formaciones locales cuya antena se orientaba en esa dirección.
Como el periodo dorado de Stan Getz se remonta a los años cincuenta, en los que el jazz ingresó de lleno al terreno experimental, para el momento de su concierto cordobés ya se había convertido en un veterano del que sólo se podía esperar una cuota de nostalgia. Sin embargo, con un repertorio basado en composiciones de los propios miembros de su conjunto, el saxofonista dio muestras de que todavía estaba en forma, aunque se mantuviera ajeno a esa epidemia jazzrockera que contagiaba a muchos instrumentistas de talento.
Y es que Getz ya había participado en los inicios de la década del sesenta de una experiencia colosal, en la que había fusionado su caudal jazzístico con una música popular que había surgido en Brasil y había atravesado las fronteras con su ritmo: la bossa nova. Promovida desde unos años antes por autores e intérpretes como Tom Jobim, João Gilberto y Vinicius de Moraes, esta reelaboración del samba brasileño contaba con influencias jazzeras inocultables y, tan pronto como se esparció por todo el continente, llegó al hemisferio norte y cautivó a quienes, como Stan Getz, buscaban renovar su sonido.
A través del rescate provisto por una estrella del jazz como Stan Getz, la bossa nova adquirió prestigio mundial, yalgunas de sus canciones más emblemáticas, como “Garota de Ipanema”, entraron en la categoría de himnos. En 1964, esta mixtura se materializó en el disco “Getz / Gilberto”, donde el saxofonista comparte cartel con el bahianoJoão Gilberto, con su esposa Astrud Gilberto y con el piano de Tom Jobim. El álbum tuvo ventas millonarias, ganó premios a granel y consagró a la bossa nova como un estilo musical de gran predicamento, que logró hacerse escuchar incluso en pleno ascenso y apogeo del roncanrol.
En ese contexto, resulta más sencillo comprender la magnitud artística de la figura de João Gilberto, quien falleció el viernes pasado a los 88 años en Río de Janeiro. Y también se explica así la fama que cargaba Stan Getz al momento de aquella visita a Córdoba, apenas 15 años después de haber colaborado en la difusión de la bossa nova a escala global.Transcurridas cuatro décadas desde ese concierto en Redes Cordobesas, frente a l panorama de este siglo veintiuno cargado de sones latinos, corresponde poner en valor aquella gesta que tuvo no poca influencia sobre los jóvenes que tocaban música beat en el Río de la Plata.



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