Los riesgos de un ballotage corregido

Dicen quienes lo conocen que Mauricio Macri es un optimista empedernido, que siempre confía en salirse con la suya.

Por Pablo Esteban Dávila

Dicen quienes lo conocen que Mauricio Macri es un optimista empedernido, que siempre confía en salirse con la suya. Su historia política es, en general, consistente con esta actitud. Incluso por estas horas, cuando lo peor de la crisis que ha azotado la segunda mitad de su gobierno parece estar cediendo puede, contrariando pronósticos recientes, reclamar que, pese a todo, logrará su reelección.
Sin embargo, las buenas noticas que trae la incipiente estabilidad financiera están generando alguna preocupación entre sus lugartenientes, especialmente en Marcos Peña. Hasta el presente, todos suponían que habría dos vueltas electorales inexorables y que, aunque se perdiese en la primera, el ballotage pondría las cosas en su lugar. Confiaban en que en tal instancia, jugado a todo o nada, el electorado terminaría apoyando al presidente más allá de los desaguisados cometidos y ante el riesgo de que Cristina regrese al poder.
No obstante, ahora no está claro que esto vaya a ocurrir. Hay probabilidades ciertas de que todo se resuelva en la primera vuelta. ¿Cómo se llegó a esta situación? Es simple pero, a la vez, contraintuitivo: porque los dos contendientes en pugna han acertado en sus definiciones políticas, acentuando prematuramente la polarización que se aguardaba en etapas más avanzadas del proceso electoral.
Vale la pena recordar dos hitos. El primero, la decisión de la expresidenta de postular a Alberto Fernández a la cabeza de su fórmula y reservar para ella la vicepresidencia. El segundo, el fichaje de Miguel Ángel Pichetto como compañero (nunca mejor expresado) de Mauricio Macri. Ambos acontecimientos destruyeron, en apenas quince días, las expectativas que se habían forjado en torno a la tercera posición del Peronismo Federal luego de la aplastante victoria de Juan Schiaretti en la provincia de Córdoba.

A esto debe sumarse el comentado rebote económico que, desde luego, beneficia las chances presidenciales. Tras el lanzamiento de los Fernández, las encuestas mostraron que la maniobra de Cristina había rendido sus frutos. Alberto resultaba potable a los peronistas que desconfían de ella y la respuesta de gobernadores antes reacios fue inmediata y positiva. El gobierno no pudo hacer otra cosa que observar la reconfiguración del escenario con la ñata contra el vidrio, hasta que Pichetto y la economía vinieron en su ayuda y le devolvieron buena parte de iniciativa perdida.
El hecho de que muchos expertos hayan sentenciado el fin de la recesión tiene un efecto paradojal, toda vez que, efectivamente, mejora las chances de Macri pero que, a modo de efecto colateral, desinfla también las posibilidades de ballotage.

De la misma manera que muchos sectores desencantados con el presidente están regresando al redil por lo que interpretan como aciertos en su política económica y por el temor que les producen los Fernández, tampoco es menor la tensión opuesta que esto genera entre quienes se denominan progresistas, para quienes la perspectiva de cuatro años más de Macri los encoleriza sinceramente. Ambos fenómenos aspiran votos desde Ricardo Lavagna y José Luis Espert hacia el presidente y desde la izquierda hacia la expresidenta. Esto equivale a decir que, en octubre, hasta un 90% de los sufragios podrían repartirse sólo entre dos candidatos. Un sencillo cociente señala que, detrás de este número, puede surgir un ganador sin necesidad de más trámite.
Y esta es la madre del borrego. En la Constitución argentina, el ballotage es sui generis. Sólo tiene lugar cuando ningún candidato logra superar el 45% de los sufragios o cuando, habiendo superado el 40%, el primero no aventaja por más de diez puntos al segundo más votado. Es una solución acordada por Raul Alfonsín y Carlos Menem en el pacto de Olivos y, pese a ser criticada por algunos constitucionalistas con mucha academia y poco sentido común, tiene el mérito de evitar (o al menos de no incentivar) las coaliciones negativas que, las más de las veces, se conforman en torno a los ballotages de corte clásico. Con esta premisa en mente, no es aventurado suponer que Macri o Alberto puedan quebrar la marca que les dé el triunfo en primera vuelta.

En 2015, el mecanismo funcionó porque Sergio Massa obtuvo el 20% y porque el electorado antikirchnerista supo esperar hasta octubre para decidir cual candidato era el más adecuado para detener a Daniel Scioli, el ungido por los K. Ya con las cartas sobre la mesa, Macri supo que la oportunidad de llegar a la Casa Rosada se encontraba a tiro de cañón y actuó en consecuencia con particular oficio. Esto ha cambiado, toda vez que ya no quedan dudas de quién es quién a ambos lados del meridiano que divide los hemisferios políticos argentinos, y anula en parte la certeza basal de Juntos por el Cambio.
Aquí emerge el riesgo Lavagna, una incógnita que las PASO pueden llegar tanto a profundizar como a despejar. Es fácil inferir que raspa votos de Macri y no de los Fernández.

Desde esta perspectiva, resulta una piedra en el zapato de la reelección. Si el 11 de agosto el economista obtuviera una cifra cercana al 6% el riesgo del oficialismo desaparecería, toda vez que sería harto difícil que los electores de Lavagna insistieran con votarlo, aunque tal cosa no sería tan segura si se acercara al 10%. En todo caso, y ante la perspectiva de la polarización extrema para octubre, el presidente debería montar un operativo para proporcionarle alguna salida por la puerta grande y, de paso, sumar otro éxito táctico a su campaña. Para ello, el auxilio de Pichetto (otra vez) podría ser determinante.
Parafraseando la famosa expresión de Eduardo Duhalde sobre la convertibilidad, es posible que el ballotage de Marcos Peña se haya agotado por exitoso, especialmente en uno del tipo corregido como prevé la Constitución. Tanto insistir con la polarización y el miedo a Cristina como el pretexto para forzar la segunda vuelta, que el asunto tal vez termine decidiéndose en la primera. Y este es, precisamente, el dilema. Porque es correcto asumir, probabilísticamente hablando, de que en noviembre Macri se alzaría con el triunfo, pero esto no de ninguna manera evidente en octubre, en donde son los Fernández quienes tienen las mejores cartas.

El gobierno ha adelantado el escenario de un ballotage sin un plan alternativo, al menos uno que se conozca, por lo que está obligado, más que nunca, a tratar de forzar la sensación de que es Macri o el diluvio y rogar para que los datos que se insinúan en materia económica sean algo más que espejitos de colores para quienes todavía dudan en votarlo.