Entre grandes masas de granito

Un viajero europeo que tradujo el paisaje cordobés a sus rasgos geológicos, mediante apuntes hechos con autoridad científica, fue el geominero alemán Anton Helms, que pasó hacia el Potosí en 1788.



Por Víctor Ramés
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Portada de la edición inglesa del libro de Anton Zachariah Helms, 1807.

Al describir el paso de viajeros cronistas de diversas nacionalidades por este territorio sudamericano en el siglo XIX, se destaca claramente la recurrencia de los intereses mineros que pusieron en marcha diversas excursiones, las que generalizadamente comenzaban por el desembarco en Buenos Aires y continuaban con el recorrido por el interior, hacia el oeste por las postas, en dirección a ese deslumbrante foco de riquezas que eran las minas de Potosí. Como un precursor, a finales del antiguo régimen y del siglo XVIII, sobresale el paso y el diario escrito entre 1788 y 1789 por Anton Zachariah Helms, geominero hamburgués que llegó a América del Sur como parte de una expedición comisionada por la corona española para aplicar el método de toneles de amalgación, experimentado por el vienés Ignazvon Born a partir de 1786. El propósito era mejorar la explotación y aumentar la producción de plata en las minas hispanoamericanas.
El jefe de la misión era el barón de Nordenflycht, mineralogista sueco, y Helms, que había trabajado en las minas de Cracovia durante varios años, venía como especialista en fundición y ensayador. Helms contaba 31 años y -aunque su diario estrictamente científico no lo menciona- su esposa viajaba con él. Se habían casado precisamente antes de embarcarse en La Coruña.
La travesía desde Buenos Aires hacia el noroeste sudamericano se inició el 29 de octubre de 1788. Partieron en el servicio de carruajes que conducía por el camino de las postas hasta Salta, y en ese trayecto realizó el alemán valiosas observaciones geológicas, que volcó cuidadosamente en su diario de viajes. Anton Helms publicaría el resultado de esos apuntesen Alemania, en 1798: su libro De Buenos Aires por Potosí a Lima. Las citas que compartimos aquí proceden de la versión inglesa, publicada en 1807.
En su relato predominan claramente las observaciones de un paisaje visto con particular atención a la topografía y a su composición mineralógica. Las sierras de Córdoba aparecen a sus ojos como “formaciones de granitos rojos y verdes”, y señala también que en las montañas de las afueras de la ciudad “se encuentran vetas de plomo y cobre las cuales son argentíferas”. Asimismo, en el norte de Córdoba, entre San Pedro y Durazno menciona que “las montañas contienen vetas de menas de plata córnea”.
En el diario de su viaje, Helms toma nota de su paso a medida que recorrían una sucesión de postas, tras ingresar a la provincia de Córdoba: “De Esquina de la Guardia a Cabeza de Tigre veintiún millas. Cabeza de Tigre está junto al río Tercero. El lecho de este río consiste en granitos descompuestos. De Cabeza de Tigre a Saladillo, veinticuatro millas. La mayor parte de las alturas onduladas de los alrededores están por completo cubiertas con un salitre blanco, como si fuera escarcha. de Saladillo a Barranca hay nueve millas. De Barrancas a Zanjón, doce millas. El río corre sobre margas endurecidas, estratificadas con capas de conchas calcáreas. De Zanjón a Fraile Muerto hay doce millas. Aquí comienza un bosque continuo en un suave ascenso en dirección a Córdoba. En este bosque solo se encontraron dos tipos de árboles; se parecían a los olivos españoles, aunque sin frutos; sus hojas son de un hermoso color verde.” Escribe también que “las casas de posta y algunas chozas de criollos se levantan a campo abierto, sin fosos ni muros, debido a que los indios nunca llegan tan lejos en sus incursiones predatorias.”
Menciona el viajero su recorrido por Esquina de Medrano, Paso Ferreira, Tío Pujio, Impira, sin anotaciones particulares, y luego llega el grupo hasta el Río Segundo, “continuación del río Tercero, que recibe sus aguas del promontorio peruano que comienza cerca de este lugar.”
Al arribar a Córdoba toma nota el viajero de la capital provincial: “Una ciudad muy limpia, situada agradablemente al pie de una estribación de Los Andes. Es sede de un obispado y está habitada por unos 1500 españoles y criollos, y 4000 negros esclavos. Sostiene un comercio de tránsito entre Buenos Aire y Potosí. La catedral es un bello edificio, y el espacioso mercado (posiblemente se refiera a la plaza mayor) está adornado por edificaciones de considerable magnitud. Asimismo, las calles son mucho más limpias que las de Buenos Aires, pavimentadas, un adelanto todavía esperado en la capital. Fuimos amablemente alojados en el colegio que fuera de los Jesuitas. Es un edificio muy grande y sólido, residencia habitual del obispo, cuya sede se encuentra vacante. El calor es más intenso aquí que en Buenos Aires, ciudad que, por su situación sobre el gran Río de la Plata y su proximidad al mar, goza de una temperatura más templada.”
En otras menciones posteriores, agrega Helms que “en las inmediaciones de Córdoba hay una gran escasez de agua para las minas y la purificación de las menas”, y luego narra su alejamiento de la ciudad con rumbo noroeste. Se limita a consignar las monótonas distancias entre postas, haciendo claro que no encuentra nada para describir a su paso. “A lo largo del pie de la cresta anterior de los Andes, a Noria, veintiún millas, de allí a Sinsacate, quince millas. De Sinsacate a Totoral, dieciocho millas. De Totoral a San Antonio, quince millas. De San Antonio a Corral de Barranca, quince millas.” Y así.
Sobre Córdoba, dirá también que es “la mejor ciudad de la provincia” y recuerda que “los padres de la Compañía de Jesús tenían una celebrada universidad en Córdoba, adonde eran enviados los jóvenes españoles de Sudamérica, para ser instruidos en las ciencias. Hay otras varias colonias de españoles dispersas entre la inmensa planicie del Tucumán, que toman el nombre de ciudades, aunque sus habitantes no son numerosos”.
Luego de su paso por Córdoba, prosiguió Helms su viaje, describiendo el paisaje con el sesgo de un profesional de la geología y la minería. Su libro se mantuvo años sin traducción al castellano. Anton Zachariah Helms había nacido en Hamburgo el 31 de agosto de 1750, y murió a los 51 años, en Viena, el 27 de diciembre de 1801.



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