Negri, un liderazgo siempre incómodo

En cierto sentido, Negri fue siempre un líder cordobés con sede en la Capital Federal y con dificultades operativas para imponerse en su propio territorio.



Por Pablo Esteban Dávila

No hay dudas que Mario Negri viene pisando fuerte dentro de la coalición oficialista. Los amantes de las estadísticas pueden afirmar, sin equivocarse, que el diputado nacional se quedó con los dos premios mayores que el año político puso en juego, esto es, la candidatura a gobernador y, ahora, la cabeza de lista de los diputados del macrismo. Una efectividad del ciento por ciento.
Este logro descansa, fundamentalmente, en la confianza absoluta que el presidente deposita en él, una cercanía también homologable al jefe de gabinete de ministros, Marcos Peña. A ninguno de los dos les tembló el pulso para señalarlo como el preferido, incluso a sabiendas que su unción podría molestar a otros sectores, tanto del PRO como del radicalismo mediterráneo. Ni siquiera la modesta elección lograda por Negri el 12 de mayo pasado ha logrado resquebrajar la lealtad que se le profesa desde la Casa Rosada.
Contar con semejante apoyo sería, para cualquier dirigente, la certificación de que es el hombre indicado para llevar las riendas de una fuerza política. Hay muchos antecedentes en la historia política nacional que avalan tal certeza. Pero, en su caso, esto no se ha traducido en un claro liderazgo interno, ni en el incremento de la pasión que amarillos y radicales pudieran sentir por él. Por el contrario y lejos de los elogios, Negri parece suscitar crecientes resistencias entre quienes deberían apoyarlo a pies juntillas.
Ayer, por ejemplo, los intendentes del COMUPRO (la franquicia municipal del PRO) se reunieron con Peña para analizar el escenario electoral y, de paso, aprovecharon para pegarle. Las quejas se centraron en que Negri no los tiene en cuenta y que maneja una agenda disociada de sus consejos políticos, una perífrasis que esconde, en realidad, el enojo por no haber logrado puestos expectables en la lista de Juntos por el Cambio. Aunque es poco factible que el jefe de gabinete haya concluido que estas conductas son censurables -él hace exactamente lo mismo que los intendentes le reprochan al candidato- debe haber tomado nota, sin embargo, de que su delfín no es universalmente amado.
Probablemente ratificaría esta impresión de conocer de primera mano lo que ocurre dentro del propio radicalismo, en donde tampoco funge como el líder indiscutido. Dejando al margen su reciente disputa con Ramón Mestre, debe hacerse notar que Negri nunca ostentó una buena relación con los oficialismos partidarios, lo que equivale a decir que tampoco la tuvo con los grandes referentes de la fuerza.
Con sólo repasar la historia se concluye tal cosa. En 1987 fue vicegobernador de Eduardo Angeloz por una demanda del entonces presidente Raul Alfonsín, pero la relación con el titular del ejecutivo provincial no fue de intimidad ni particular confianza; de hecho, Angeloz nunca lo consideró seriamente como uno de sus posibles sucesores. Tampoco Ramón Bautista Mestre se entendía bien con él (antipatía que se extendía a varios más), una distancia que Rubén Américo Martí también sostuvo cuando le tocó en suerte conducir el partido por breve tiempo.
Esta condición de partisano no le impidió, por supuesto, prosperar políticamente, aunque probablemente deba hablarse más de emprendimiento unipersonal que de un estricto movimiento de masas. No hubo un negrismo de la forma en que sí hubo un angelocismo o un mestrismo, una carestía que condicionó de forma permanente sus aspiraciones de gran conductor. El suyo fue siempre un liderazgo incómodo.
Pero debe decirse que la lejanía prodigada por sus correligionarios locales fue debidamente compensada por la fama que supo ganar en Buenos Aires como parlamentario eficaz e inteligente. Fernando de la Rúa lo consideró uno de sus favoritos y, durante los temibles años del kirchnerismo, se las arregló para mantener su prestigio nacional pese a los sinsabores por los que atravesó la oposición.
En cierto sentido, Negri fue siempre un líder cordobés con sede en la Capital Federal y con dificultades operativas para imponerse en su propio territorio. Esto no es, necesariamente, un demérito: tal vez Miguel Ángel Pichetto sea su alter ego peronista, con toda la carga política que esto supone.
Esta característica, que tan bien funciona en el Congreso, en los grandes medios y en las inmediaciones de la Casa Rosada, suele descompasarse cuando es necesario sumergirse en el lodazal de las listas, las lealtades efímeras y los cargos. Puede que, en sus épocas, bastara una definición de Angeloz o aun de Mestre padre para liquidar este tipo de complejidades, pero con Negri esto no sucede. La prueba más concreta es que se encuentra atrapado en una disputa judicial con Miguel Nicolás y Javier Fabre sobre si pueden o no llevar el tramo presidencial en las boletas de diputados de Fuerza Renovadora y de Línea Córdoba, sus rivales internos. Superada su cuita con el intendente Mestre, enfrenta ahora otro problema radical.
Es un embarazo si se quiere menor (nadie cree que los díscolos puedan imponerse en las PASO) que, sin embargo, desvela a Negri. Consciente de los caprichos del cuarto oscuro, su preocupación reside en que, fruto de los equívocos o de las revanchas internas, estas listas saquen una cantidad de votos que empañen su propia performance o que puedan lograr un escaño por la minoría -el antecedente de Dante Rossi versus Baldassi en 2017 es antecedente de cuidado- que, a la postre, termine complicando todavía más el frágil entramado que sostiene sus aspiraciones.
La baja tolerancia a los riesgos contingentes es lo que mueve al diputado a batallar incansablemente, por estas horas, en contra de las minorías que pretenden utilizar las PASO para sus propios intereses. Ya no hay líderes indiscutidos que lo ayuden a hacerse cargo de estas minucias antes de que se tornen inmanejables. Tampoco Peña ni Macri pueden inmiscuirse abiertamente en la trifulca, toda vez que las PASO están precisamente para dirimir este tipo de cuestiones y que su propia ascendencia sobre el radicalismo cordobés está cuestionada severamente desde enero. Negri está solo y debe lidiar como mejor pueda contra la amenaza, judicializando un asunto que, en rigor, es estrictamente político y que debiera ser tratado de tal forma. Es la medida de su verdadera ascendencia sobre un partido que se niega a entregarle los atributos del mando.



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