El efecto de la literatura

El miércoles pasado, en la clase inaugural de la Cátedra Libre Héctor Schmucler, organizada por la Facultad de Ciencias Sociales de la UNC a través del Centro de Estudios Avanzados, el crítico literario Noé Jitrik se refirió al “poder de los libros” y a su función como promotores del cambio.



Por J.C. Maraddón
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Así como ha venido sucediendo con otros géneros artísticos, como la música y el cine, es lógico que la literatura se vea inmersa en el maremágnum de novedades tecnológicas que se está desarrollando por lo menos desde el inicio de este tercer milenio. Es un terremoto que no sólo sacude los cimientos de las expresiones culturales, sino que además cambia por completo tradiciones que llevaban siglos de vigencia. Y, para colmo, deja en posición fuera de juego a los que no son nativos digitales, quienes se aferran con uñas y dientes a una cosmovisión que empieza a parecer un testimonio de historia antigua.
En ese sentido, existen conductas colectivas de resistencia que han forzado un reflujo en el avance constante de la innovación científica. El cine proyectado en salas, por ejemplo, lucha a brazo partido contra el streaming para sobrevivir, aunque en esa batalla deba muchas veces recurrir a golpes bajos. Y el consumo de música, para cuya satisfacción hoy ofrecen sus servicios las diversas plataformas online, ha recuperado el valor simbólico de los discos de vinilo, más allá de que se trate de un capricho minoritario que no basta para compensar la brutal caída de las ventas de álbumes en soporte físico.
En el caso de la industria editorial, el asunto tiene sus particularidades, porque para cierto sector de la sociedad parece que este fuera el último bastión frente a la barbarie del fundamentalismo de la tecnología, al que se juzga como promotor del embrutecimiento general. Desde la trinchera de las librerías y las bibliotecas, se fortalece la creencia de que de los libros depende la salvación de la humanidad, en una clara alusión a la clásica novela de Ray Bradbury “Fahrenheit 451”. Y en ese respaldo fervoroso se asienta la vigencia del hábito de la lectura, como si de su defensa dependiera el futuro de la raza humana.
Y es probable que así sea. Pero también podría ser que esa hipótesis estuviera equivocada. En realidad, lo ancestral es el rito de contar historias ante un auditorio dispuesto a escucharlas. Pasaron siglos hasta que esas narraciones se pusieron por escrito y hasta que los autores eligieron plasmar sus palabras en prosa, en poesía o en clave de representación teatral. Y mucho tiempo más transcurrió hasta que esos textos se produjeron en serie y alimentaron listas de best-sellers. Es ese universo literario contemporáneo el que estaría en peligro de extinción, quizá para ser reemplazado por otras formas de hilar un relato.
El miércoles pasado, en la clase inaugural de la Cátedra Libre Héctor Schmucler, organizada por la Facultad de Ciencias Sociales de la UNC a través del Centro de Estudios Avanzados, el crítico literario Noé Jitrik se refirió entre muchas otras cosas al “poder de los libros” y a su función como promotores del cambio. Jitrik le adjudicó ese carácter a la bibliografía a la que tuvo acceso Héctor Schmucler en su juventud, porque esos textos habrían sido los que lo llevaron a alejarse de la ortodoxia del estalinismo, para encabezar una reflexión sobre el marxismo a través de la revista “Pasado y presente”.
A los 91 años, Noé Jitrik expuso su perspectiva con una lucidez asombrosa, que lo confirma como exponente de una generación extraordinaria de intelectuales, cuya sabiduría tuvo su fundamento en la lectura, justamente por ese valor superlativo que le otorga a los libros como agentes indispensables del cambio. Para las nuevas generaciones queda entonces resolver la encrucijada: o buscar la manera de que los lectores no se extingan o encontrar otra vía de transmisión de conocimientos y emociones, que sea capaz de producir el mismo efecto.



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